La nube y el síndrome de Diógenes digital

IMAGE: Alexander Bedrin - 123RFEl síndrome de Diógenes es un trastorno del comportamiento que afecta generalmente a personas de edad avanzada que viven solas, uno de cuyos síntomas consiste en la acumulación de grandes cantidades de basura y desperdicios domésticos, la llamada disposofobia, acumulación compulsiva o silogomanía

Hace más de nueve años, escribí una entrada en tono simpático sobre el comportamiento de los usuarios con respecto al correo electrónico, en el que clasificaba perfiles de conducta en función de las pautas de almacenamiento, entre una serie de categorías inventadas:

  • El “auditor“: Todo aquello que le envían debe ser guardado y clasificado con mimo… nunca se sabe cuando va a venir Peláez a decirle que él le pidió nosequé con fecha nosecuantos, o cuando se caerá el servidor corporativo y habrá que reconstruir la memoria colectiva a partir tan sólo de sus archivos, convirtiéndole así en héroe nacional… Su bandeja de entrada aparece limpia y ordenada, tan sólo permanecen en ella los correos sin procesar, que requieren acción por su parte o esperan contestación. Como un ordenadísimo Ministerio. Todo lo demás, pasa a ser cuidadosamente clasificado en carpetas. Periódicamente, como sabe que los archivos .pst del Outlook tienden a inestabilizarse cuando superan un tamaño determinado, los archiva cuidadosamente, los pasa a un CD, y vuelve a empezar sólo con los últimos tres meses… En realidad, jamás ha tenido la necesidad de consultar uno de esos correos que se almacenan en los CDROMs de su estantería, pero todas las tardes, al quitarse los manguitos, se siente fenomenal sabiendo que están ahí…
  • El “Síndrome de Diógenes“: como esos durísimos casos que aparecen de vez en cuando en las noticias… “hallado muerto en su domicilio un anciano entre toneladas de basura”. Lo guarda todo, pero todo, todo, todo. Desde el primer correo que le envió su novia, ahora madre de sus hijos, hasta los mensajes basura que le persiguen todos los días ofreciéndole alargamientos descomunales de determinadas partes de su anatomía. Algún problema en su cerebro le impide discernir lo que es verdaderamente importante de lo que no lo es, pero quien sabe, a lo mejor algún día puede ser útil para algo… Su bandeja de entrada almacena miles de correos, sin clasificar, pero sabe o cree que están allí, al menos los que ha recibido desde la última vez que se cayó el ordenador o se cambió de trabajo…
  • La “memoria selectiva“: variante atenuada del síndrome de Diógenes o del auditor. Probablemente empezó igual, pero en algún momento, su ordenador explotó y le dejó amnésico, sin memoria histórica. Vagó desorientado durante algunos días, pidió a todos sus conocidos que le reenviasen sus correos, y al comprobar la futilidad de su intento de reconstrucción memorística, empezó a hacerse selectivo. Ahora guarda sólo las cosas que son importantes, pero no tiene ni idea de que ocurrirá si algún día su archivo vuelve a explotar. Vagará otra vez desorientado durante algunos días, y poco más.
  • El “sentimental“: guarda sólo lo que tiene “de verdad importancia”, el correo con su evaluación del desempeño, el e-mail de una ex-novia que le encontró en Google, la carta de aceptación de su artículo, el correo de despedida a toda la organización de aquel tío tan majo que trabajaba en el despacho de al lado… nunca los ha vuelto a consultar, pero ahí los tiene, en una carpetita que cuelga de su bandeja de entrada, como fotos amarillas en un álbum…
  • La “entropía total“: no sabe lo que tiene, ni donde lo tiene. De vez en cuando agrupa su enorme bandeja de entrada, en la que se acumulan spam, newsletters de todo tipo, correos de amigos y temas profesionales de todo tipo, y realiza operaciones que pueden calificarse en algún lugar entre la “pira purificadora” y la “limpieza étnica”. Tienen diferentes cuentas que se forwardean correo entre sí, e intuye que en algún lugar siempre puede encontrarse aquel correo, pero la última vez que lo intentó pasó tanto tiempo intentando encontrarlo, que se le olvidó lo que estaba buscando…
  • El “vivalavirgen“: ¿Para qué vamos a guardar nada, si la vida es un sinvivir? Total, las cosas se clasifican entre las que no son importantes, y por tanto hicimos bien en borrar, y las que sí lo son, y por tanto ya nos volverán a enviar… De vez en cuando nos abroncan por eso de “¿qué pasó con aquel correo pidiéndote nosequé que te envié el día tantos del tantos… “, pero total, siempre se le puede echar la culpa a la tecnología… En su bandeja de entrada, sólo unos pocos mensajes recientes. Después nada. Nada anterior a quince días. Nada en los elementos enviados. Vive en el éter, pero vive bien, despreocupado, feliz… Se ríe con el chiste que le envían, tal vez lo reenvía a algunos amigos, pero después nada, ni copia de lo que recibió, ni de lo que envió. De vez en cuando alguien le retira el saludo, pero él nunca llega a enterarse ni entiende porqué será que ese tío que le suena tanto le mira tan mal…

Obviamente, eran otros tiempos: los ecosistemas Microsoft dominaban el panorama del ordenador personal con cuotas de mercado superiores al 90%, la movilidad no existía, y la idea del almacenamiento en la nube solo empezaba a vislumbrarse tras un año escaso de funcionamiento de una herramienta como Gmail.

Casi una década después, todo está en la nube. Tanto, que muchas cosas las almacenamos ahí prácticamente sin darnos cuenta, simplemente activando una opción en un dispositivo o en un servicio nuevos. El incremento del ancho de banda disponible posibilita ya que almacenemos en la nube prácticamente cualquier cosa, incluidos archivos cuyo tamaño habría convertido la idea en absolutamente impracticable entonces. Al tiempo, el coste del almacenamiento ha descendido hasta extremos que rozan el ridículo: en 1956, el disco duro de cinco megabytes de IBM tenía un precio de cincuenta mil dólares… hoy, un Seagate de tres terabytes puede costar en torno a cien.

¿El resultado? Tendemos a disponer de lo que hace diez años calificaríamos como “espacios ilimitados en la nube”, y a ser sumamente laxos en su utilización. El caso del robo de información de las celebridades norteamericanas responde precisamente a eso: muchas de ellas ni siquiera sabían que sus fotografías se estaban copiando automáticamente en la nube cada vez que apretaban el botón del disparador. Cuando algo casi ni se sabe que se tiene o se interpreta como algo que “just works” sin la intervención del usuario, es perfectamente normal que caiga en malas prácticas de uso, cuando no directamente en desuso.

Y ahí es donde surge lo interesante de la cuestión: realmente, ¿cuántas veces hemos recurrido a una copia de respaldo en la nube de algo? Dejando aparte el caso del cambio de terminal, momento en que disponer de una copia de seguridad en la red podría resultar práctico (y ni siquiera así lo tengo completamente claro)… ¿vale realmente la pena tener almacenado en un repositorio externo toda la información que tenemos en nuestros dispositivos? En mi caso, mantengo una copia de seguridad de mi ordenador portátil en un disco duro externo mantenido con Time Machine, y almaceno temporalmente en la nube las presentaciones que voy a utilizar en un plazo inmediato, para evitar el posible efecto de un fallo en el dispositivo que llevo encima. Obviamente, las cosas que escribo están en esta página, que vive en un servidor del que se hace copia de seguridad. Pero más allá de eso… nada. A pesar de ser una persona cuyo conocimiento acerca de las opciones de almacenamiento en red excede sensiblemente las de la media de la población, tiendo a utilizarlas más bien poco.

¿A dónde nos lleva la hiperabundancia de ancho de banda y espacio de almacenamiento? A almacenar en la nube ya no la foto que hemos hecho, sino las siete tentativas previas que hicimos hasta que finalmente quedó bien. A mantener copias de cosas a las que, más que posiblemente, no vamos a volver en la vida, ni por necesidad, ni por interés, ni por nada. A un gigantesco “por si acaso” que, en realidad, nunca llega a pasar de la muy remota posibilidad. Entre todas las categorías que enumeré en mi artículo del año 2005, nos hemos lanzado como posesos al síndrome de Diógenes, a convertirnos en poseedores de enormes espacios llenos de basura que no sirve para nada. A almacenarlo TODO, sea lo que sea, en una rutina absurda que prácticamente nunca llega a tener ninguna utilidad práctica. Salvo, por supuesto, el poner a disposición del simpático cracker de turno – y digo cracker por no decir hijo de p**a, que suena muy mal – unos materiales que, posiblemente, estaban reservados para un uso íntimo o, cuando menos, restringido.

¿Qué sentido tiene almacenar en la nube copias de seguridad de las fotografías que un día le enviaste a tu pareja? Ninguno. Por supuesto, el culpable de un problema como el que hemos visto no es el que almacenó esos archivos, sino el que decide violar una serie de sistemas para sacarlos fuera de su ámbito de circulación previsto, sobre el que esperemos que termine cayendo el peso de la ley. A nadie en su sano juicio se le ocurriría, en caso de robo en un banco, pensar que la culpa es de los que tenían sus ahorros en él, o decir que lo que hay que hacer es cerrar los bancos. Pero a lo mejor sería conveniente que nos replanteásemos esa idea de que, como el ancho de banda y el espacio de almacenamiento son recursos inmensos y baratos, tenemos forzosamente que hacer copia de seguridad de todo.

Fundamentalmente porque, bien mirado, no sirve para nada. Nunca, jamás, en los días de mi vida, he necesitado volver a ninguno de esos CD-ROM en los que almaceno los archivos .pst con los correos electrónicos que envié como pate de mi actividad profesional entre los años 1990 y 1996. Para nada. Es más: no se me ocurre prácticamente ningún caso en los que podría haberlos necesitado.

Que exista la posibilidad de almacenarlo TODO no significa que debamos o que sea conveniente almacenarlo TODO. Es más: posiblemente, almacenarlo TODO conlleve riesgos y vulnerabilidades a los que, seguramente, preferiríamos no estar expuestos.

 

This article is also available in English in my Medium page, “The cloud and the Diogenes syndrome

13 comentarios

  • #001
    Antonio Castro - 4 septiembre 2014 - 19:12

    No me identifico con ninguno de esos perfiles y he llegado a recuperar información importante con más de 5 años de antigüedad y que he tenía olvidada entre mi información histórica. A pesar de ello también me ha pasado que he buscado entre información histórica (colecciones de copias de seguridad) algún documento que no he podido recuperar.

    Lo que yo procuro es clasificar la información que manejo en mi PC con ciertos criterios relativos a su naturaleza, y su valor. Soy poco dado a hacer grandes limpiezas pero sí a hacer limpiezas selectivas. Procuro hacer especial limpieza con aquello que ocupa mucho espacio. No soy demasiado ordenado.

    Los contenidos y trabajos que yo hago: (artículos, libros, programación, fotografía y vídeo) de un tiempo a esta parte, procuro organizarlos en carpetas por años es lo mejor.

    Hay muchos contenidos que se quedan obsoletos con el paso de los años y hay otros que nunca se quedan obsoletos.

    El problema es que los sistemas operativos no están pensados para gestionar grandes colecciones de ficheros antiguos. Se necesitaría para ello poder dotar a los ficheros atributos de palabras claves que faciliten su localización. Con el tiempo te ves obligado a pasar la información de un lado a otro. La estructura de directorios se convierte en un laberinto imposible y lo que antes estaba medianamente bien organizado se desorganiza cada vez más.

    Es mucho más fácil localizar una información histórica bastante antigua en un Blog que en un disco duro donde los nombres de los ficheros no te van a ayudar mucho si no los recuerdas o si ese nombre aparece en carpetas o en ficheros por todas partes.

    Estamos arrastrando las consecuencias de un estándar de organización de ficheros, basado en arboles de directorios que ya no responde a las necesidades actuales. Como mínimo los ficheros deberían poder incluir nuevos atributos.

    A mí no me entra en la cabeza que alguien diga que lleva muchos años usando ordenadores y que no ha perdido información importante simplemente por dejar de controlar donde estaba guardada. Ocurre constantemente.

    Para los profesionales que manejan grandes volúmenes de datos tales como vídeos en formato RAW, no quiero ni pensar en el follón de datos históricos que pueden llegar a tener si no lo tienen todo cuidadosamente archivado.

    Me preocupa por el momento más el Alzheimer que el síndrome de Diógenes.

  • #002
    Gustavo R. Bonzón - 4 septiembre 2014 - 20:20

    Por mi profesión de médico y mi especialidad (cardiología y radiología intervencionista) estoy obligado por Ley (argentina) a guardar copia de todo lo hecho con cada paciente por 10 años. A las historias clínicas las guardo en Word en dos discos duros de diferentes PC’s y en Docs en la nube de Google (por si estoy viajando y me llaman por un caso puntual) y de los CD’s con las imágenes y filmaciones (formato especial DICOM) tengo dos copias; una personal y otra en la institución. El paciente tiene su copia de ambas cosas. No te imaginas el alivio que siento cuando reviso mensualmente el tiempo legal y borro todo lo anterior de pacientes que ya no atiendo. Conservo solamente casos especiales con fines docentes y no otra cosa. A todos lados llevo sí lo que creo la biblioteca más completa de mi especialidad que existe, con libros enteros. Como ocupa 8 GB la llevo en un pendrive de 15, por si se cruza algo interesante por el camino y lo quiero guardar para revisar luego.

  • #003
    Antonio Castro - 4 septiembre 2014 - 20:22

    Después de rebuscar por varios discos duros y algo preocupado acabo de recuperar un vídeo. Se trata de un vídeo familiar. Arranca el video en 1930 (hace 84 años). Aparece mi madre con 4 añetes (ahora tiene 88). Fue grabado originalmente en 16mm. Lógicamente blanco y negro y muy deteriorado. Aparece mi abuelo materno al que no conocí (la cámara de 16mm, creo que una de las primeras, era suya). Son escenas cortas de distintos lugares y momentos. Ya ni me acordaba pero al final del CD viene también una selección de escenas tomadas por mí en Super 8 de cuando yo era adolescente. Puff…, de eso hace mucho, y creí que estaba perdida.

    Por un momento pensé que lo había perdido. Nada de esto era lo que tenía planeado hacer hoy, pero este post me ha evitado una gran pérdida.

    Finalmente encontré el vídeo en un sitio muy poco seguro. Estaba en un CD y últimamente había tirado casi todos los CDs convencido de que nada que pudiera estar en un CD podía ser demasiado interesante. Se salvó de la quema porque en su momento me tomé la molestia de hacerle una portada con uno de los fotogramas. La copia en disco duro no sé si está perdida o se borró en alguna de esas limpiezas que algunos defienden como imprescindibles y que a mí me dan auténtico pánico.

  • #004
    Enrique Dans - 4 septiembre 2014 - 20:23

    #002: Bueno… sospecho que tu caso cualifica como “necesidades específicas” :-) Muy interesante, en cualquier caso!

  • #005
    Goomer - 4 septiembre 2014 - 21:06

    Supongo que lo más común que tenemos hoy en la nube son fotos, que con herramientas como Google Drive, o Dropbox se suben solas, lo que es bastante útil para compartir luego fotos familiares desde el pc en una carpeta, o subirlas a FB. Por lo demás, suelo subir a la nube información de mis viajes, los billetes, las reservas, y también tener otra copia en papel por si acaso la batería hace de las suyas. Además, también algún folleto de viajes, en formato pdf, y el documento que suelo preparar con las cosas que quiero ver y hacer en mi destino.

    Además de eso, cuando me dedicaba a la actividad docente solía tener todos mis documentos ahí, para poder acceder desde cualquier dispositivo a ellos. Actualmente tengo mi plan de turnos.

    Aparte de eso, el CV y documentos que podía necesitar cuando buscaba trabajo, como títulos y demás.

    En resumen, salvo las fotos, que sinceramente aún no tengo claro si debería tenerlas todas ordenadas solo en la nube, o en dispositivos físicos con copias de seguridad, y al final las tengo repartidas, solo guardo en la nube lo que voy a necesitar a corto plazo.

    Otra cosa es que luego lo borre de ahí…

  • #006
    Vival Galanternik - 5 septiembre 2014 - 00:45

    Gran articulo, concuerdo con Enrique, a menos que seas un caso muy particular, no necesitas tener tantos datos en la nube. En el mío, dropbox para unas diapositivas puntuales y Flick (ese sí, con mi coleccion de todas las fotos y albumes como backup privado) pero aún así ninguna comprometedora.

  • #007
    Luarca - 5 septiembre 2014 - 02:38

    Pues yo no me identifico con ninguno de ellos.
    Almaceno estrictamente lo necesario. Utilizo Outlook desde sus inicios (el de Office, no el renovado Hotmail), y en “la nube”, no dejo ni la caca de la uña, algo que sabeis pq desde que empezasteis a augurar que eso “era el futuro”, yo siempre tuve claro, que mis datos son mios y de nadie mas…

    Debo tener unos 14mil correos archivados, entre profesional y personal (y solo lo estrictamente necesario), y mas de una vez me ha sacado del apuro ese “historial”: El coste? tres *.pst que ocupan aproximadamente 4Gb (pq elimino los adjuntos o los archivo en otros lugares). Doble copia, la de produccion en el PC y el backup en un NAS casero.

    Seguid dejando las cosas en la nube… seguid… :P

    Por cierto… no estoy seguro, pero en los 90 no era *.pst, sino *.ost

  • #008
    Alberto Lozano - 5 septiembre 2014 - 10:02

    Pues en el caso del correo, tras descartar el spam, lo que queda se guarda de forma automática en una base de datos SQL en mi servidor remoto mediante Mailsteward.
    Me ha sido muy útil tanto a nivel personal (“yo no te dije eso”, “Sí, me lo dijiste hace tantos años en este mensaje”) cómo a nivel de trabajo para rescatar viejos proyectos cuando ha sido necesario.
    La nube, sin embargo, la utilizo sólo para intercambio de datos con otras personas.
    Ambas cosas me han resultado muy prácticas.

  • #009
    Antonio Castro - 5 septiembre 2014 - 11:06

    Lo interesante sería pensar a donde nos lleva todo esto. La nube no es la respuesta a tantas cosas como imaginábamos y sus efectos colaterales empiezan a crear desconfianza.

    Por desgracia, en nuestros PCs y discos duros externos para respaldo, llevamos mucho tiempo estancados en torno a los 2 o 3 terabytes.

    Seagate está preparando discos duros de hasta 60 Tb para el año 2016. Yo supongo que la primera consecuencia será un aumento del coleccionismo de producciones audiovisuales.

    Tarde o temprano llegará la producción audiovisual holográfica aunque solo sea por la necesidad de hacernos gastar más disco duro a todos. La tecnología ha de avanzar aunque no sepa hacia donde. De lo contrario se hunde. Creo que este es uno de los factores más negativos de la tecnología, porque sus efectos colaterales pueden llegar a crear más necesidades de las que soluciona y con ello un exceso de desigualdad.

  • #010
    Joaquín - 5 septiembre 2014 - 12:42

    Creo que este artículo, aunque refleja en parte la situación actual de la nube, mezcla situaciones muy diferentes o, dicho de otro modo, diversas utilidades que la gente hace de su nube de datos.

    La primera y más habitual es como un mero “almacén” y, como todo almacén, sea lógico o físico, tendemos a llenarlo hasta que no quepa nada más, así es el ser humano. Y si encima te lo dan gratis… en fin.

    La segunda, almacén móvil, mucho más apropiada, debido a la alta conectividad de los dispositivos actuales. En mi caso, muy útil en el ámbito profesional ya que no voy cargado con el portátil a todas partes y ahora la dualidad trabajo-casa ya es real. Ahora, sencillamente, inicio mi sesión y a trabajar, esté donde esté.

    Por último, el más novedoso para los particulares y, por suerte o desgracia, muy conocido para los profesionales, la copia de respaldo. Mi definición siempre ha sido la de “esa copia de los datos que que te das cuenta de lo útil que es cuando la utilizas, no cuando la haces cada día”.

    Enhorabuena a Enrique por no haber tenido nunca que echar mano a sus “backups”. En mi caso ha sido más de una vez y en una ocasión hasta incluso a nivel judicial. Eso sí, mis backups estaban en una estantería en mi despacho, no había nube por entonces.

    Mi matización de este artículo es, simplemente, que no podemos afirmar que la nube sea un problema y que nos ha vuelto a todos unos “diógenes”. Y éramos diógenes con discos duros de 200 Gb, y de 500Gb, y de 1TB… ¿Sigo? Creo que se trata, una vez más (y me atrevería a decir “como siempre”) de un tema de formación en el ámbito digital. La nube está ahí para utilizarla y es cada uno en su ámbito personal y profesional donde debe decidir cómo la aplica, al igual que decide la ropa que va al armario y la que ya no se volverá a poner nunca.

    Mi conclusión es, nube si, pero, como todo en la vida, con moderación y equilibrio.

  • #011
    Gorki - 5 septiembre 2014 - 13:35

    En mi casa tengo dos trasteros, no puedo abrir la puerta que prudentemente abren hacia afuera, sin que se me venga un torrente de chismes de utilidad desconocida encima.

    Cuanto mas sitio tienes para guardar coas, más guardas y menos control tienes sobre lo que has guardado. Lo de la nube va a ser épico, guardaremos las cosas y por triplicado

  • #012
    Luis Andrés - 17 septiembre 2014 - 00:40

    Estoy de acuerdo con que en el “ahora” es muy posible que no tenga utilidad el guardar absolutamente toda nuestra “vida” digital.

    Pero como aquí estamos “de paso”… todo ese material tendrá utilidad en el trabajo de hormiguitas que realicen los historiadores del futuro, ¡quién sabe!.

    Ejemplos: Carta de Sigmund Freud a Albert Einstein, Epistolario del Miguel de Cervantes ó Muertes, funerales y sepultura del científico Jorge Juan a través de la correspondencia de su secretario Miguel Sanz.

  • #013
    Sergi - 17 septiembre 2014 - 08:08

    Yo prefiero expresarlo más brevemente: desde que descubrí el correo por IMAP… soy feliz! Tengo una cuenta de 25Gb de Rackspace desde hace 3 años y solo he conseguido llenar apenas 2gb. Cabe decir que aunque la uso para asuntos profesionales, procuro borrar correos que estoy casi seguro q nunca más volveré a necesitar, que suelen ser boletines. Ahora que escribo sobre ello me doy cuenta de que prácticamente los únicos que conservo son los que tienen información “única”: contenido dirigido específicamente a mí por otras personas o por software (altas en servicios, facturas, etc.). Cabe señalar que como soy programador y administrador web hago que una decena de aplicaciones webs me envíen toda clase de LOGS.

    Por último, para mí es indispensable organizar los correos en carpetas. En esta cuestión me son indispensables las “reglas de filtro de mensajes entrantes” de mi software de escritorio (thunderbird).

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