Mi visión de la política española

referendum-elmundoElena Mengual, de El Mundo, me contactó por correo electrónico para preguntarme si estaba a favor de que se celebrase un referéndum monarquía – república, y un breve párrafo explicando por qué. 

La pregunta no era si estaba a favor de una monarquía o de una república, sino específicamente si estaba a favor de un referéndum. Y en el contexto español, claramente demasiado aficionado a una metodología que intenta mantener a los ciudadanos lo más alejados posible de los procesos de toma de decisiones, mi opinión es que la respuesta a esa pregunta debe ser siempre afirmativa.

Revisemos la metodología de nuestra supuesta democracia: el papel del ciudadano se reduce a meter una papeleta en una urna a lo sumo cada cuatro años para dar su apoyo a una lista cerrada de candidatos elegidos por una persona que los ha puesto ahí y a la que deben no solo lealtad sino auténtica obediencia en el marco de unos procesos internos de partido que son por lo general lo más alejado de la idea de una democracia. Dado que los «elegidos» – ungidos por la gracia de su líder – no representan, ni tratan de representar, ni responden siquiera al ciudadano que les votó, sino únicamente al líder que les ha puesto en la lista, el ciudadano de manera efectiva carece de poder alguno de decisión, lo que convierte el acto de votar en un simple intento de justificación de algo a lo que llaman «democracia», pero que, en realidad, no lo es en modo alguno.

Una pequeña comparación con otras democracias permite observar – con envidia – cómo en otros países, cuando el ciudadano tiene una opinión sobre un tema, puede contactar a su representante para solicitarle que traslade esa opinión en uno u otro sentido. Las campañas en favor de determinadas cuestiones con apoyo popular en otros países inciden claramente en el contacto con el representante: escribe o llama al parlamentario al que diste tu voto y explícale por qué quieres que su voto se exprese de una u otra manera. Ese vínculo entre representante y representados existe, y puede hacerse efectivo: si el representante no traslada la opinión mayoritaria de sus representados, se juega su posible reelección.

El problema, desde mi punto de vista, no es ideológico, no tiene nada que ver con si se apoya una monarquía o una república, o con si se es «de derechas» o «de izquierdas», una dualidad convertida ya en auténtico esperpento reduccionista y sin sentido, sino puramente metodológico. Se trata de apoyar que un país que se considera a sí mismo democrático sea gestionado de verdad y de manera efectiva como una democracia, y no como la triste caricatura de una democracia en la que el ciudadano, en realidad, no tiene ninguna implicación ni posibilidad de influir sobre la toma de decisiones.

A continuación, mi respuesta completa a la pregunta formulada por Elena:

 

Yo siempre estaré a favor de que se pregunte a los ciudadanos cómo desean organizarse como sociedad. La organización política española tiene un problema fundamental: es una democracia falsamente representativa, en la que el vínculo entre representantes y representados es inexistente, y donde los ciudadanos, por tanto, no pueden expresarse a través de aquellos a los que supuestamente votaron para que les representasen en las instituciones públicas. Si combinamos esa ausencia de canales representativos con una evidente falta de democracia interna en los partidos, con una separación de poderes sumamente mejorable, y con una tendencia a no preguntar nada al ciudadano, tenemos la imagen clara de una democracia muy deficiente. Independientemente de lo que diga la Constitución, si se detecta un movimiento razonablemente significativo en la sociedad en favor de un cambio, se deben orquestar los mecanismos necesarios para que los ciudadanos puedan expresar libremente su voluntad.

Dejar un Comentario

Los comentarios están cerrados