Amaneció España tras las elecciones, y los ciudadanos seguían ahí

Esto es lo que hay. Plazas llenas de ciudadanos, tras haber perdido el miedo a ocuparlas pacíficamente. Tras haber comprobado que de organizarse en la red a organizarse en la calle, solo hay un paso. Que se puede hacer, que no pasa nada. Que es una parte normal y esencial de la vida democrática: ciudadanos pidiendo cambios cuando la situación en la que están no les gusta, cuando tienen problemas con los cauces habituales de representación. Pacíficamente, aunque no sea posible respetar todas las reglas.

El movimiento 15M tiene, como todo movimiento auto-organizado y surgido de manera espontánea, muchos retos. Tiene que asimilar colectivamente que la solución a los problemas no se busca en una reunión de unos pocos en una plaza: que la presencia en la plaza está para otra cosa, para promover la discusión en los cauces normales de la vida democrática. Que es preciso integrar a partir de consensos de mínimos si se quiere mantener una masa critica suficientemente elevada, y que si no es así, si no se trabaja activamente para hacer que los que pueden apoyar esos mínimos estén suficientemente cómodos, muchos se irán… y habremos perdido todos.

Los partidos han comprobado que hay cosas que no se pueden hacer. No se puede gobernar de espaldas a la ciudadanía, porque ésta ya ha aprendido a organizarse y salir a la calle. El partido que suba al poder ahora estará obligado a integrar parte de las propuestas del movimiento 15M, o a enfrentarse con una parte importante de la ciudadanía en un escenario muy poco apetecible. Tiene el reto de dar paso a una democracia diferente, en la que el ciudadano deje de sentirse como un títere que introduce una papeleta en una urna y legitima con ello a un representante que no le volverá a mirar a la cara hasta cuatro años después. El reto de intentar acomodar desde dentro lo que le exigen desde fuera, para evitar que se rompa la baraja.

Los ciudadanos demandan cambios en la ley electoral, listas abiertas, transparencia absoluta y acceso a toda la información pública y a la de sus representantes para reducir o eliminar la corrupción, y una verdadera y legítima separación de poderes. Demandan el fin de una partitocracia que durante años sustituyó a lo que debería haber sido una verdadera democracia. Demandan ajustes importantes en el sistema. El fin de toda una forma de hacer política. Lo demandaban, y lo van a seguir demandando: las elecciones de ayer no cambian nada en este sentido. El analista que minimice la importancia de unas protestas recogidas y analizadas ya en toda la prensa internacional comete un importante error, como lo cometerá aquel partido que no lleve a cabo una rápida revisión a fondo de sus propuestas. El consenso de mínimos es lo que arrastró a los ciudadanos a la calle, lo que dio lugar a una verdadera protesta multicultural y multidemográfica, con personas de todas las edades, ideologías y extracciones sociales. Lo que ha generado apoyos y simpatías en otros países. Y lo que verdaderamente nos va a quedar después de todo esto: una democracia más sana, mejor adaptada a un escenario profundamente participativo gracias  los mecanismos de la red, y un sistema en el que los ciudadanos recuperen una parte muy significativa de su papel.

El 15M es el primer experimento a nivel mundial realizado en un país democrático de cómo las estructuras del poder político deben adaptarse al nuevo entorno definido tras las revoluciones del norte de África. Aquí nadie quería derribar a un gobierno dictatorial, nadie quería romper nada, ni vulnerar la legitimidad democrática vigente: esa actitud no habría creado el consenso que llenó las calles el 15 de mayo. Queríamos otras cosas: sustanciales e importantes, cambios fundamentales que aún no hemos conseguido. Por tanto, con elecciones o sin ellas, debemos seguir ahí. Hasta que las consigamos.

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