Este artículo de Fortune, “Policing the online buzz“, me recuerda algunas iniciativas que he oído recientemente acerca de empresas dedicadas a ofrecer ese tipo de servicio, la monitorización de lo que dice la blogosfera, a sus clientes. Alimentadas por la reciente popularidad de escándalos como el Dell Hell, este tipo de empresas ofrecen servicios de alerta temprana en los que preparan watchlists y búsquedas que cubren la denominación, las marcas comerciales y los nombres de los principales ejecutivos de una empresa determinada, y examinan en qué blogs han sido mencionadas, haciendo un análisis de la posible influencia de dichos sitios para hacer así recomendaciones a la empresa. El ejemplo del artículo, BuzzLogic, es una empresa de San Francisco que usa como tagline nada menos que “la ciencia de la influencia”, y que acaban de recibir $9.6 millones en capital riesgo . La empresa desarrolla mapas conversacionales que reflejan los sitios en los que la empresa es mencionada, qué se dice, quién lo dice, y la posible influencia que puede tener. Algo que empieza a conocerse pomposamente como la “brand monitoring industry”, y que parece apuntarse como una de las salidas lógicas para las empresas de relaciones públicas.
A mí, sinceramente, no me gusta. Me parece que en un momento en el que las empresas empiezan a despertar ante la naciente web conversacional, contratar los servicios de este tipo de empresas es como “voy a subcontratar este tema y que no me den la lata con ello, mientras yo me sigo ignorando a esos bloggers pesados y advenedizos”. Como pretender participar en la conversación mediante una persona interpuesta que te dice lo que tienes que hacer en cada momento, lo que tienes que decir, a quién y cómo. No participes en la conversación, que es muy cansado, ya participo yo por ti. La lectura más tortuosa y errónea que puede hacerse del Cluetrain Manifesto. Entiendo perfectamente el papel de impartir formación, de explicar a la empresa dónde mirar, cómo buscar, como crear sus watchlists o cómo responder, pero la subcontratación de la conversación como servicio de monitorización me parece que priva a la empresa de un contacto directo con sus clientes y sus mercados, de un genuino proceso de aprendizaje, algo que, a la larga, provocará más problemas y faltas de entendimiento de lo que inicialmente parece. Mi argumento es que ante dos empresas en una misma industria tratando este tipo de temas, una mediante “personas interpuestas” y otra haciéndolo ellos mismos de manera natural, la segunda siempre tendrá una mayor sensibilidad hacia su mercado que podrá traducirse en ventajas competitivas derivadas de esa comunicación directa. ¿Quién necesitas tener orejas cuando puede alquilarse unas?






25.03.2007 a las 23:11 Permalink
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