Ojo… hoy tengo el día filosófico, y este post va a tener mucho de “droga dura”. Impresionables, abstenerse.
Este es un tema al que llevo dándole vueltas mucho tiempo, y que me parece absolutamente fascinante: ¿Qué somos realmente? ¿Tiene algo que ver lo que yo soy con los ciento noventa y tres centímetros que mido, los ochenta y cinco kilos que peso o los porcentajes de grasa, proteínas, agua y tejidos varios que me adornan? ¿O tal vez sería más adecuado representarme mediante la recolección de conocimientos, experiencias, recuerdos, vivencias y sensaciones que poseo, que he ido adquiriendo a lo largo de ya casi treinta y nueve años? Pero claro, puestos en este plan… ¿Qué son realmente todos esos conocimientos, experiencias, recuerdos, vivencias y sensaciones? En realidad, todas esas cosas residen en una pequeña parte de mi cuerpo, un 3% de mi masa corporal, que, sin embargo, consume un 20% de mi energía: el cerebro.
¿Dónde en el cerebro? Un recuerdo no es ni más ni menos que una corriente eléctrica circulando de manera redundante a lo largo de un circuito neuronal. Una serie de sinapsis neuronales, de descargas eléctricas en secuencias ordenadas, siguiendo una pauta discernible. Mientras esta corriente se mantiene en circulación, el recuerdo persiste. Pero si dejamos de evocar, de activar el recuerdo, el recuerdo desaparece. Lo olvidamos. La sustitución es escasa, porque el número de neuronas es tan grande que las posibilidades de establecimiento de circuitos son casi infinitas. La noticia de que un equipo de científicos de mi querida UCLA han descubierto el lugar donde viven los recuerdos me ha animado a escribir sobre esta idea, a la que ya os digo que llevaba tiempo dando vueltas…
No tengo demasiadas dudas de que si el trasplante de cerebro fuese posible, el ser creado al implantar mi cerebro en otro cuerpo, el “Frankenriquenstein”, sería, de entrada, yo mismo. La diferencia vendría cuando ese ser se levantase de la camilla y empezase a adquirir nuevas experiencias: obviamente, no es lo mismo experimentar el mundo con ciento noventa y tres centímetros puestos en pie, que si no levantase más de metro y medio, o si tuviese que arrastrar ciento cincuenta kilos, por nombrar algunas características básicas. O si mi masa muscular o mi coordinación, por ejemplo, me permitiesen hacer cosas que este cuerpo no me permite hacer. Al final, el cuerpo es lo que determina mi interacción con el mundo, o, en gran medida, con las personas que me rodean. Pero los recuerdos, los conocimientos y todo lo que realmente hace que yo sea yo son, al fin y al cabo, impulsos eléctricos codificables, unos y ceros en un inmenso circuito.
¿Qué ocurriría si toda esa inmensa serie de circuitos eléctricos pudiesen ser reproducidos en un equivalente artificial, y las corrientes que los inervan recreadas de la misma manera que las que en este momento recorren mi cerebro? El resultado, seguramente, sería una especie de foto fija de lo que yo soy en ese momento. Sin capacidad de adquirir experiencias nuevas si no se le equipa con capacidades sensoriales, pero ni siquiera es imposible pensar en ello… algunos de los sentidos ya se encuentran fielmente reproducidos por la tecnología. Sería como el estado cero que sigue al trasplante cerebral. A partir de ahí, el “cerebro artificial” podría empezar a adquirir experiencias, seguramente diferentes, basadas en sus nuevas capacidades sensoriales, o en sus posibilidades de adquirir conocimientos de otros sitios. Un cerebro electrónico, con todos mis conocimientos, experiencias y capacidades actuales, y que sesgruiría siendo capaz de irse a CNN.com a ver las noticias para seguir estando al día.
Es lo más cerca que he estado de imaginarme el mito de la inmortalidad.






03.02.2009 a las 20:43 Permalink
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