El día en que Wall Street deje de ser el destino

IMAGE: A humanoid robot walks toward a fork between Wall Street and Shanghai, symbolizing China’s shifting financial ambitions.

Durante décadas, que una compañía tecnológica china aspirase a cotizar en bolsa significaba casi automáticamente mirar hacia Nueva York. El Nasdaq y el New York Stock Exchange ofrecían algo difícil de reproducir: capital abundante, liquidez, analistas especializados, inversores institucionales globales y, sobre todo, la legitimidad simbólica de haber sido admitida en el corazón financiero de los Estados Unidos. Compañías chinas como Alibaba, Baidu, JD.com o Pinduoduo siguieron ese camino. Hoy, en cambio, algunas de las compañías que encarnan la nueva frontera tecnológica china parecen estar mirando en la dirección opuesta.

Unitree, convertida en uno de los nombres de referencia de la robótica humanoide, presentó en marzo su solicitud para cotizar en el STAR Market de Shanghái y captar 4,202 millones de yuanes. La compañía ha vendido ya más de 5,500 robots humanoides en 2025, aunque el 74% de sus ventas sigue teniendo como destino universidades, centros de investigación y desarrolladores: el mercado está financiando una frontera tecnológica, no una industria madura. Moonshot AI, creadora de Kimi K3, prepara también una salida a bolsa, aunque en su caso el destino previsto es otra bolsa china, Hong Kong, no Shanghai. Y DeepSeek estudia una colocación en Shanghai para 2027.

No estamos, por tanto, ante un movimiento uniforme hacia una única bolsa, sino ante algo más interesante: la reconstrucción de un sistema chino de financiación tecnológica articulado entre Shanghai, Shenzhen y Hong Kong, y progresivamente menos dependiente de Wall Street. Hong Kong proporciona acceso al capital internacional y un marco jurídico familiar para muchos inversores; Shanghai y Shenzhen movilizan el enorme ahorro doméstico de la sociedad china y permiten al gobierno orientar ese capital hacia las industrias que considera estratégicas.

La tendencia ya aparece reflejada en los datos. Según Reuters, casi cincuenta compañías chinas de semiconductores, robótica e inteligencia artificial han solicitado salir a bolsa en Shanghai o en Shenzhen, con planes para captar el equivalente a unos 18,700 millones de dólares. Las tecnológicas habían recaudado hasta mediados de junio más de cinco veces lo obtenido un año antes. Beijing, además, está modificando las reglas del STAR Market para facilitar la llegada de compañías de modelos fundacionales y otras tecnologías consideradas estratégicas, incluso cuando todavía no presentan beneficios.

Esto no es simplemente una decisión financiera: es política industrial. Como ya comentaba hace pocos días al analizar Kimi K3, China ya no cuenta como una excepción aislada, sino como un ecosistema capaz de convertir restricciones, eficiencia, apertura y escala de fabricación en ventajas competitivas. Si el país pretende construir autonomía en inteligencia artificial, semiconductores y robótica, resulta completamente lógico y previsible que intente controlar también el circuito que transforma esas innovaciones en capital.

Financiar en Nueva York una compañía considerada estratégica implica someterla a supervisión estadounidense, recurrir en muchos casos a complejas estructuras offshore y aceptar que cualquier deterioro geopolítico pueda convertirse en una amenaza existencial. La Holding Foreign Companies Accountable Act llegó a plantear precisamente ese riesgo: si las autoridades estadounidenses no podían inspeccionar adecuadamente las auditorías, una empresa podía terminar expulsada de los mercados norteamericanos. El posterior acceso de la PCAOB a las auditoras chinas redujo el peligro inmediato, pero no eliminó la lección. Para una compañía china, cotizar en los Estados Unidos ya no es una decisión puramente económica.

Ahora bien, pretender que Shanghai pueda compararse con Wall Street sería absurdo. Según la World Federation of Exchanges, la capitalización doméstica de Shanghai rondaba en junio los diez billones de dólares, frente a 43.6 billones del Nasdaq y 33.3 billones del New York Stock Exchange. Pero mucho más revelador: Shanghai contabilizaba 2,314 compañías domésticas y ninguna extranjera, mientras el Nasdaq albergaba 1,093 empresas extranjeras y el New York Stock Exchange, 562. Shanghai es un mercado gigantesco, pero todavía no es para nada un mercado internacional.

La diferencia no está únicamente en el tamaño: está en factores como la convertibilidad de la moneda, la libertad de movimiento del capital, la previsibilidad regulatoria, la protección del accionista, la transparencia y la posibilidad de entrar y salir sin que la política industrial altere las reglas. China ha creado programas para inversores extranjeros y certificados de depósito que conectan Shanghai con otras bolsas internacionales, pero eso sigue siendo una puerta administrada, no una plaza completamente abierta.

¿Podría cambiar? Por supuesto. Hace veinte años también parecía improbable que empresas chinas pudieran competir en vehículos eléctricos, drones, telecomunicaciones, baterías o inteligencia artificial. El error habitual consiste en confundir una limitación actual con una imposibilidad estructural. Si China liberaliza gradualmente su cuenta de capital, refuerza la independencia y credibilidad de sus instituciones financieras y consigue que el renminbi adquiera un papel internacional mucho mayor, Shanghai podría convertirse en un destino atractivo para empresas extranjeras que quisieran captar ahorro chino, mejorar su visibilidad local o financiar su expansión en Asia.

Ese escenario, en cualquier caso y salvo que ocurriera un desastre de proporciones trumpianas, no adoptaría la forma de una sustitución. No cabe esperar que las compañías internacionales abandonen Nueva York para mudarse en bloque a Shanghai. Lo más plausible sería un mundo de cotizaciones múltiples, certificados de depósito y mercados conectados, en el que una empresa eligiese dónde captar capital según sus clientes, su cadena de suministro y su exposición geopolítica. Hong Kong previsiblemente actuaría como interfaz, Shanghai, como gran reserva de ahorro doméstico, y Nueva York seguiría siendo el mercado global más profundo.

La idea de que Shanghai pueda desafiar algún día a Wall Street no es, de todas formas, ninguna locura. La locura sería creer que basta con acumular capitalización bursátil. Una bolsa global no se construye únicamente con dinero y empresas espectaculares, sino con confianza, reglas estables y libertad de acceso. China ya está creando las compañías que podrían atraer al mundo. Lo que todavía debe decidir es si está dispuesta a crear también el mercado en el que el mundo quiera invertir. Espera que no se lo propongan…

3 comentarios

  • #001
    Benji - 28 julio 2026 - 12:01

    Lo que todavía debe decidir es si está dispuesta a crear también el mercado en el que el mundo quiera invertir.

    Y esta es la madre del cordero. Para abrir ese mercado también deben soltar el control sobre el yuan/rembibi. Me recuerda un poco a los cubanos que manejan dos cambios porque el gobierno no suelta el control.

    Esta dicotomía entre gobierno comunista vs. economía capitalista se va azuzando cada vez más. A ver como termina

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  • #002
    Gorki - 28 julio 2026 - 12:09

    Cuestión de tiempo. Ayer fue Londres. hoy es New York, mañana será Shanghai.

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  • #003
    Enrique - 28 julio 2026 - 12:18

    Que yo sepa, las empresas chinas nunca han cotizado en Nueva York, lo que se negocia en las bolsas americanas es una empresa pantalla de las Islas Caimán.

    Café para los muy cafeteros. Con la experiencia reciente de Alibaba, dudo que nadie con dos dedos de frente quisiera meterse ahí.

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