Mi columna de esta semana en el diario económico de El Español, Invertia, se titula «Europa quiere soberanía tecnológica… pero sigue alquilando su futuro» (pdf), y trata sobre una idea que lleva ya tiempo circulando por Bruselas, pero que en los últimos meses ha dejado de ser una simple aspiración retórica para convertirse en una urgencia política, económica y geoestratégica: la de que Europa no puede seguir apoyando su economía digital, su administración pública y una parte creciente de sus infraestructuras críticas sobre tecnologías, plataformas y nubes que no controla. No estamos hablando ya simplemente de protección de datos, de multas a las Big Tech o de discusiones regulatorias más o menos sofisticadas, sino de una cuestión bastante más básica: quién tiene realmente la capacidad de decidir sobre las herramientas de las que depende una sociedad cuando esas herramientas dejan de ser accesorios y se convierten en elementos estructurales.
Durante mucho tiempo, Europa se permitió el lujo de pensar que bastaba con regular. Que mientras Estados Unidos innovaba y China escalaba, la Unión Europea podía reservarse el papel de árbitro moral, redactando normas, imponiendo límites y reclamando un espacio digital más justo, más transparente y más respetuoso con los derechos de los ciudadanos. Y en parte lo ha hecho: el DSA y el DMA han intentado poner coto al poder de las plataformas, mientras proyectos como Gaia-X o el Digital Europe Programme buscan construir una infraestructura más alineada con los intereses europeos. El problema es que regular no equivale a competir, y que poner reglas a las tecnologías de otros no te convierte automáticamente en soberano.
La dimensión real del problema aparece cuando uno mira la capa menos visible, pero mucho más decisiva, de la economía digital: la infraestructura. Según el especial de Financial Times con Sopra Steria, las compañías estadounidenses controlan en torno al 70% del mercado cloud europeo, una cifra que explica bastante bien hasta qué punto la supuesta autonomía digital del continente tiene todavía mucho de desiderátum. Cuando una parte tan importante del almacenamiento, del procesamiento y de la capacidad de cómputo depende de proveedores sujetos a legislación extranjera, hablar de soberanía sin tocar esa dependencia suena, como poco, voluntarista.
Lo interesante es que esa preocupación ya no se queda en el plano institucional. Está empezando a permear a empresas, administraciones y responsables políticos de una manera mucho más tangible. Un artículo reciente en Wired explicaba cómo varios países europeos y un número creciente de organizaciones están empezando a replantearse su dependencia de Amazon, Microsoft o Google por miedo a que esa dependencia termine volviéndose contra ellos, y citaba incluso el caso de la Cámara de Representantes neerlandesa aprobando mociones para reducir esa exposición. En paralelo, cada vez más países europeos empiezan a considerar que seguir externalizando su soberanía digital a compañías estadounidenses puede salir demasiado caro, no solo en dinero, sino en capacidad de maniobra.
Ese movimiento no significa, ni debería significar, autarquía digital. Sería absurdo pensar que Europa puede o debe desconectarse por completo de Estados Unidos, del mismo modo que sería ingenuo suponer que puede construir de la noche a la mañana sustitutos plenamente competitivos para todo. El punto no es ese. El desacoplamiento tecnológico europeo ya ha comenzado, pero será largo, costoso y exigirá un grado de coordinación entre estados miembros que la Unión no siempre ha demostrado tener. La cuestión no es si Europa puede vivir sin tecnología estadounidense, sino si puede permitirse seguir dependiendo de ella en ámbitos estratégicos sin desarrollar al mismo tiempo alternativas propias, interoperables y razonablemente competitivas.
Y ahí es donde la conversación se vuelve incómoda, porque la soberanía tecnológica no es gratis. CEPA estimaba a finales del año pasado que una estrategia integral de sustitución y autonomía digital podría costar del orden de 3.6 billones de euros, y otros análisis del mismo think tank elevan la factura potencial a una horquilla de entre 3 y 5 billones si se pretendiese reemplazar masivamente tecnología, software, hardware y servicios no europeos. Es decir, la soberanía tecnológica puede ser deseable, pero desde luego no sale barata. Obliga a invertir, a asumir duplicidades, a aceptar ineficiencias temporales y, sobre todo, a entender que depender de otros también tiene un coste, solo que normalmente está oculto… hasta que deja de estarlo.
También resulta revelador que esta discusión esté impulsando un renovado interés por el código abierto, la interoperabilidad y los estándares transparentes. ITPro citaba hace apenas unos días el informe State of Open Source Report 2026 de Perforce, según el cual el 63% de las organizaciones de la UE y el Reino Unido señalan el riesgo de vendor lock-in como una de las principales razones para apostar por soluciones open source, frente al 51% en Estados Unidos. No es una diferencia menor. Es la señal de que la autonomía empieza a entenderse no solo como una cuestión de bandera o de discurso político, sino como una arquitectura tecnológica menos cautiva, más auditable y más compatible con la idea europea de control, resiliencia y pluralidad.
En el fondo, de eso trata mi columna: de señalar que la soberanía tecnológica europea no puede seguir siendo una consigna bonita para comisarios y estrategas, sino que tiene que empezar a traducirse en decisiones concretas, en prioridades industriales y en una cierta madurez geopolítica. Porque Europa puede seguir creyendo que su papel consiste en civilizar a las plataformas de otros mientras alquila su infraestructura, su computación y buena parte de su futuro digital, o puede asumir de una vez que la dependencia tecnológica, en un mundo inestable, no es una comodidad: es una vulnerabilidad. Y las vulnerabilidades, cuando el contexto se complica, acaban siempre pasando factura.


Al final todos sabemos lo que pasa en realidad: en Europa llevamos ya muchos no aceptando las consecuencias de nuestras decisiones.
Cada vez que la UE ha tomado una decisión en los últimos 20 años, todas las empresas europeas que compiten con chinas o americanas han pensado «Ojalá hiciera eso China o USA».
Sinceramente, la preocupacion por la soberanía digital parece que sea una determinación casi exclusiva de actores sociales y funcionarios solo hasta cierto nivel. El plan de los -pongase aqui el calificativo a gusto del lector- representantes europeos no parece ser otro que cacarear poesia de cara a la opinión pública y en la práctica
dispararse al pietraicionar a los ciudadanos europeos una y otra vez. La hoja de ruta: el vasallaje permanente. Las políticas estratégicas, una eutanasia. No puede haber mayor testimonio que la política energética. No puede ilustrarse mejor: cómo vender a los europeos cínicamente la dilapidación de su economía en favor del vasallaje a intereses particulares, más leales al dinero del otro lado del Atlántico, que a sus ciudadanos representados. De aquellos barros, …estos lodos. Es triste observar como europa es el hazme reir de cualquier analista internacional honesto. Mi deseo, como el de muchos, que en europa seamos soberanos en algo. Y para eso, ya sólo confío en los agentes sociales que esten comprometidos en la reconstrucción de este desastre.Lo de la soberanía tecnológica es un mito que proviene de paises que no creen en la globalidad, más bien de ideologías que basan su semilleros de votos en nacionalismos rancios y autarquías. De esos think-tanks como el project 2025 (aka Heritage) habla de
The Heritage Foundation enfoca la soberanía tecnológica hacia la independencia estratégica de China y la seguridad nacional, abogando por restricciones de inversión y el aseguramiento de cadenas de suministro tecnológicas. La propuesta busca fomentar la competitividad mediante la desregulación, eliminando controles sobre la inteligencia artificial y la tecnología, a la vez que reforma agencias federales para eliminar enfoques de diversidad y priorizar la producción energética fósil (resumen IA google)En definitiva, una cosa y la contraria, cuando eres uno de los polos, aspiran a restringir el comercio global con China, y a la vez favorecer la desregularización global… unis cínicos como estamos comprobando día a día con el gobierno de las trampas del naranjito, miento sobre Iran pero a la vez quiero que me apoyen los demás en mi megalamanía. Y con la IA más de lo mismo, asume Antrhopic ¿alguna premisa ética? (como será el cotarro cuando hasta Darío Amodei se escandaliza de las peticiones vergonzantes de su país).
El problema no está en regular, sino en la fuerza que tienes para imponer tu regulación. Cuba lleva soportando un bloqueo criminal, porque no tiene ojivas nucleares apuntando a EE.UU. y Maduro ha sido secuestrado pq es solamente un perro ladrador…
¿Que tiene que ver la soberanía digital y la IA con la fuerza? Pues todo. De hecho tomemos un caso aislado de un país cualquiera… P.ej. Túnez ¿va a poder tener cierta autonomía o citerio en sus decisiones? Pues si casi cero. Pero independiente que en Europa (UE) se hagan «inventos tecnológicos» que ese no es el debate, lo importante es que una serie de paises con economías fuertes se unan y puedan imponer que el mercado tenga una serie de regulaciones consensuadas con EEUU, Rusia, China, India, Brasil,…. para que paises como Túnez no sean puteados… se llama tener acuerdos comerciales, ética en los productos, en los negocios, y que no haya abusones HDP… , no se invadan países (EEUU, Rusia) por sus huevos morenos, se respeten los DDHH en todos los paises (EEUU; Irán, Venezuela,…) no se puede ser un «cochino jabalí» en EEUU y exigir a los demás lo que no haces en tu casa.
Que las Big Techs sean americanas, es porque queremos que lo sean, en China viven tan ricamente sin lo malo de ellas (RRSS Meta, google,…) pero a la vez usan otras para fabricar en su país (Apple, Tesla, y casi todas)… es decir usan su soberanía para decidir que se le da a cada de esas empresas… y a la vez tienen sus propios conglomerados gigantes (Ali Baba, ByteDance, Deepseek/Wechat,…).
Europa al no ser una entidad nacional, sino un conglomerado, tiene más dificil actuar como una sola voz, pero su fuerza reside precisamente en actuar como lo hace China, tener nuestros propios Champions, hacer alizanzas económicas, y dejar fuera del reparto a un «EEUU que mea fuera del plato» no hay otra. Aprovechar nuestro volumen sumando a UK /Canada/Australia/India, LATAM,…
Solo sumando seremos soberanos e independientes. Y aislando a paises lamebotas de EEUU y atrayendo a aquellos más normales. La tarea no es fácil pero si ha demostrado el conflicto actual, es tan sencillo, como decir no al abusón y aislar a sus acólitos.
En el fondo casi me alegro de que gobierne el nefasto Trump, ha sido el revulsivo que necesitaba Europa para despertar: Defensa, tecnología, Energía, etc.
¡Quién nos iba a decir hace cinco años que hasta Canadá se planteara una unión con Europa! Y hoy leo que el Reino Unido
Ya hasta la UE se plantea la posibilidad de expulsar a aquéllos países que no se comprometan con el proyecto europeo (que no son lamebotas de EEUU sino de Rusia. Bueno, casi es lo mismo).
Perdón, se cortó.
Y hoy leo que el Reino Unido formará una nueva alianza con la UE en las próximas semanas.
El Brexit se derrite. ¿Acabará esto con su reingreso en la UE? Están sólo a un referéndum para ello.
Deberíamos empezar por decirle a USA que se meta sus restricciones a ASML donde le quepan, eso sí sería soberanía. El «sí, bwana» de Mark Rutte da escalofríos cada vez que uno lo escucha. Y ese dirige la OTAN, brrr.
Aquí en Europa todos se escudan detrás de Sánchez, el único de los 27 que se ha atrevido a decir «no» abiertamente y estar dispuesto a comerse las consecuencias. La cosa es que cuando Trump se ha enfrentado abiertamente a actores duros (China, India, Rusia, Brasil) que siguen firmes, pues cede o se embrolla en un laberinto de difícil salida (Irán, Cuba, Venezuela, Groenlandia) sin quedar mal. Pero quedan los que ceden con él (Japón, UE, México) que se ven demasiado serviles.
Queremos soberanía pero no dejamos de pelearnos si el siguiente avión no americano será francés o alemán, así que mientras tanto seguiremos comprando F15 y demás.
Al final mejor que Ucrania nos venda sus drones. Mas barato y a precio coste para que nos devuelvan lo prestado
Ni te imagina las armas ucranianas que ya estamos produciendo, incluso para exportar (porque Ucrania no puede al estar en guerra. Por ejemplo, el obús autopropulsado con ruedas 2S22 Bohdana de 155 mm que fabrica y exporta Polonia).
Hace falta un consorcio tipo Airbus para la industria militar terrestre y marítima.
Todos sería más fácil sin los chauvinistas franceses, por su culpa se ha frustrado el proyecto franco-germano-alemán para un avión más allá del F-35.
Y los tontos alemanes empeñados todavía en comprar armas a EEUU con las subvenciones europeas…
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Creo que tanto la UE como Japón empezaron dándole la razón al tonto pensando que así se calmaría, pero creo que esa postura ya pasó.
La oposición groenlandesa ha sido el catalizador para la oposición europea.
Cuanto antes todos entendamos que Europa no tiene ya capacidad alguna de influir, no ya en el mundo, sino en su propio destino, menos doloroso será.
Todo se acaba, y los 4 siglos de supremacía de Europa terminaron en Yalta, hace casi un siglo . La engañosa inercia de la guerra fría acabó hace ya un tercio de siglo y no nos queda ya donde escondernos: la decadencia queda al desnudo, sin posibiidad de esconderla. Somos un conjunto de países a merced de otros, de la mísma forma que en el pasado se dio el fenómeno contrario.
Así que decir que Europa debe aspirar a una soberanía tecnológica es como decirlo de África. Ortega nos adelantó en «Meditación del pueblo joven», que los esfuerzos inútiles de las sociedades conducen a la melancolía y pocas cosas más negativas que esa hay para los pueblos. Ahora mismo el fatalismo me parece deseable a la melancolia derivada de identificar objetivos absolutamente inalcanzables.
Por cierto, muy recomendable releer ahora su «Europa y la idea de nación», en el que tan brillantemente elabora el camino que debía seguir Europa, y que resulta ser el opuesto al que nos hemos empeñado en tomar durante los últimos 75 años.
En fin, Europa no puede ya aspirar a modelar nada, para empezar porque nunca ha llegado a sustanciarse en el sentido que le dio Ortega: una sociedad que toma conciencia de que existe desde hace más de mil años, aunque no tuviera instituciones asociadas, y decidiera construir esa estructura entorno a la recuperación de esa visión moral y cultural ya existente.
Disfrutemos de la decadencia, que a menudo suele ir acompañada de épocas fecundas en aspectos humanos alejados del poder. Si a alguno le sirve de consuelo (a mí no), nuestro alter ego del otro lado del Atlántico no creo que tarde en seguir un camino similar.