El último barril

IMAGE: A hand pulls back a dark, polluted layer revealing a bright futuristic city powered by solar panels and wind turbines, symbolizing the transition from fossil fuels to renewable energy

Que más de cincuenta países se reunan en Santa Marta, Colombia, en la primera conferencia dedicada específicamente a la transición fuera de los combustibles fósiles no es una extravagancia diplomática ni un gesto para la galería. Es, en realidad, la constatación de algo mucho más incómodo: que el sistema energético basado en carbón, petróleo y gas ya no puede seguir presentándose como sinónimo de estabilidad, seguridad o sentido común.

La propia organización del encuentro habla de una participación de más de 53 naciones entre los que se encuentra España, y su mera existencia revela hasta qué punto el debate ha cambiado de naturaleza: ya no se trata de discutir si conviene «reducir emisiones» en abstracto, sino de cómo se abandona, de manera justa y ordenada, una dependencia que se ha convertido en un riesgo sistémico.

Durante décadas, la industria fósil se ha vendido como supuesto garante de la seguridad energética. Era, supuestamente, lo firme, lo serio, lo disponible, frente a unas renovables caricaturizadas como intermitentes, inmaduras y casi decorativas. Basta mirar lo ocurrido con la guerra en Irán y el bloqueo del estrecho de Ormuz para entender que esa narrativa se ha roto. El precio del Brent subió entre un 10% y un 13% en las primeras horas del conflicto hasta rozar los 82 dólares por barril, mientras la AIE calificaba la situación como «la mayor perturbación del suministro en la historia del mercado global del petróleo». Europa podía tener «quizá seis semanas» de combustible de aviación si el bloqueo persistía, mientras en Asia varios gobiernos activaban medidas de emergencia como teletrabajo, restricciones de viajes oficiales, cierres escolares o semanas laborales de cuatro días para ahorrar combustible. Si eso es «seguridad», a lo mejor convendría revisar el diccionario.

Si alguien dudaba todavía de lo que significa esa dependencia en términos concretos, la crisis del estrecho de Ormuz lo ha aclarado de forma brutal: no solo se trata de gasolina o electricidad. Los precios spot del gas en Asia subieron más de un 140% tras el ataque al complejo de Ras Laffan en Qatar. Más del 30% de la urea mundial, el fertilizante que hace posible producir trigo y maíz a escala global, pasa por ese estrecho. Cuando se corta el suministro de gas, no sube el precio de llenar el depósito: sube el precio del pan.

La gran paradoja de nuestro tiempo es que seguimos llamando «fiables» a unas fuentes de energía cuyo precio, suministro y disponibilidad dependen de estrechos marítimos, guerras regionales, petromonarquías, autocracias varias y cadenas logísticas que pueden romperse en cuestión de días. En realidad, los combustibles fósiles no ofrecen seguridad: ofrecen vulnerabilidad geopolítica aplazada. Y eso explica que la cita de Santa Marta no deba interpretarse como el delirio de un grupo de idealistas, sino como la respuesta racional de países que empiezan a comprender que la soberanía energética del siglo XXI no consistirá en encontrar el último barril, sino en dejar de necesitarlo.

A estas alturas, además, la discusión tecnológica está muy lejos de donde estaba hace apenas una década. La pregunta de si puede el mundo funcionar solo con renovables ya no pertenece al terreno de la especulación militante, sino al de la literatura científica consolidada. Un paper académico publicado en IEEE Access concluye que el 100% renovable es factible a escala global y a bajo coste. El artículo divulgativa de Helsinki Times basado en ese trabajo resume con bastante claridad algo que muchos llevamos tiempo defendiendo: solar, eólica, almacenamiento, electrificación, acoplamiento sectorial e hidrógeno para aquellos usos difíciles de electrificar forman ya una arquitectura coherente, no una colección de experimentos inconexos. Y sí, sobre esto mismo escribí ya en 2022, precisamente porque las excusas empezaban entonces a sonar viejas.

Lo interesante es que, desde entonces, la realidad ha seguido avanzando más deprisa que la conversación pública. Según el análisis global citado por AP a partir de datos de Ember, en 2025 las renovables superaron por primera vez un tercio de la generación eléctrica mundial, mientras el carbón cayó por debajo de otro tercio. Más importante aún: la electricidad limpia creció lo suficiente como para cubrir todo el aumento neto de la demanda, y solar más eólica llegaron a cubrir el 99% de ese crecimiento. Esto no significa que hayamos ganado nada de forma irreversible, pero sí que el relato de que las renovables son un «complemento» ha dejado de corresponderse con los hechos. Ya no están adornando el sistema: están empezando a redefinirlo.

Además, las dos variables que durante años sirvieron como refugio retórico de los inmovilistas, coste y almacenamiento, se están desmoronando. El coste de los módulos solares ha caído un 99% en las últimas cuatro décadas. El precio de las baterías de ion-litio ha bajado más de un 99% desde 1991. Y cuando una tecnología mejora y se abarata de ese modo, deja de ser una alternativa para convertirse en una trayectoria dominante. Por eso la cuestión ya no es si las renovables pueden competir: es cuánto tiempo más pretendemos seguir fingiendo que no han ganado ya gran parte de esa competición.

Por supuesto, un mundo sin combustibles fósiles no se construye solo con placas solares en los tejados y aerogeneradores en las costas. Requiere redes mucho más robustas, almacenamiento a distintas escalas, electrificación masiva del transporte y de la calefacción, rediseño industrial, flexibilidad de la demanda y vectores como el hidrógeno o los electrocombustibles para usos específicos donde la electrificación directa no baste. El informe Renewables 2025 de la IEA enlazado antes y las propuestas de IRENA para triplicar la capacidad renovable y doblar la eficiencia energética antes de 2030 insisten en ello. Es decir: no estamos ante una transición simple, pero sí ante una transición perfectamente imaginable, modelizable y técnicamente abordable. Lo que falta no es física. Lo que falta es decisión política, alineación regulatoria y voluntad de enfrentarse a intereses creados.

Ahí es donde la discusión se vuelve realmente incómoda: porque si el obstáculo ya no es tecnológico, entonces hay que señalar a los responsables reales del retraso. Y esos responsables tienen nombres, balances y consejos de administración. La lógica del sector fósil sigue siendo brutalmente simple: como explicaba un reportaje de The Guardian, toda compañía quiere producir el último barril vendido. No el penúltimo. No uno menos por responsabilidad climática. El último. De ahí la importancia de intentar construir marcos políticos nuevos, como la Declaración de Belém o incluso la idea de un tratado de no proliferación fósil: no porque vayan a resolver por sí solos el problema, sino porque ayudan a desplazar la norma social y política. Igual que ocurrió con otras industrias cuya legitimidad empezó a erosionarse antes de desaparecer o encogerse.

Lo utópico no es pensar en un mundo post-fósil. Lo utópico, en el peor sentido del término, es creer que podemos seguir quemando hidrocarburos como hasta ahora sin que el coste económico, social y geopolítico se nos lleve por delante.

La objeción habitual es que todo esto suena muy bien mientras no se hable de cemento, acero, fertilizantes, aviación o transporte marítimo. Pero precisamente ahí es donde la transición deja de ser un eslogan y pasa a ser una estrategia seria: electrificar todo lo electrificable, reservar las moléculas verdes para lo difícil, reducir despilfarros absurdos y reorganizar la demanda. No hay magia: hay ingeniería, planificación y prioridades. La alternativa, además, no es mantener el mundo tal como está, sino resignarnos a un sistema fósil cada vez más caro, más volátil, más litigioso, más subsidiado y más destructivo climáticamente.

La pregunta correcta, por tanto, no es si un mundo sin combustibles fósiles es posible. La evidencia disponible dice que sí lo es, y cada año con más claridad. La pregunta correcta es quién está dispuesto a acelerarlo y quiénes siguen trabajando, con subvenciones, lobby y propaganda, para retrasarlo todo lo que puedan. Porque el futuro energético ya no se decide entre lo posible y lo imposible, sino entre lo inevitable y lo bloqueado. Y cuanto antes entendamos que la dependencia fósil no es una garantía de prosperidad sino una forma de chantaje estructural, antes empezaremos a tratar las renovables no como una opción moralmente deseable, sino como lo que son: la infraestructura básica de una economía moderna, segura y civilizada.

6 comentarios

  • #001
    Luis Hernandez - 25 abril 2026 - 10:39

    Estoy convencido de que las generaciones futuras nos recordarán con verdadero rencor tratando de entender por qué diablos no comenzamos una verdadera transición energética mucho antes.

    Responder
  • #002
    Alqvimista - 25 abril 2026 - 10:46

    Para ser sincero, sólo a Trump y a su camarilla de alegres idiotas les he oído hablar de las renovables caricaturizadas como intermitentes, inmaduras y casi decorativas
    Porque intermitentes son, e inestables también. Lo son por naturaleza salvo que se acompañen de baterías. Y espero que en ello estén las empresas productores, porque ahora mismo estamos desaprovechando mucha solar y eólica por culpa de esa inestabilidad e intermitencia.
    Desde ahora mismo debería prohibirse la instalación de nuevas plantas solares y eólicas sin su respaldo de baterías. Y dar un plazo de x años para que las actuales plantas se equipen con baterías (¿deberíamos ampliar esa obligatoriedad a las instalaciones particulares?, quizás también). De esta forma la producción renovable será estable, y será aprovechable al 100%. Un parque solar con baterías no sólo es electricidad estable y disponible en el momento de la producción sino que, y sobretodo, es una electricidad que puede servirse a otras horas, por la noche, por ejemplo.

    Porque ahora mismo, y desde hace un año, estamos compensando la inestabilidad gastando más, mucho más gas. Debemos eliminar ese consumo de gas ya.

    Responder
  • #003
    Juan T. - 25 abril 2026 - 10:56

    Hay extrañas paradojas.

    Como que Trump, en su intento de destruir Europa, consiga justo lo contrario.

    Ya vimos el efecto contraproducente de la visita de Vance a Orban, o los efectos de la mención reciente de Trump sobre las Malvinas en la prensa británica.
    (Uno diria por los comentarios de los lectores que se volverían a meter de cabeza en la UE el 90% de los que votaron a favor del Brexit.)

    Pues lo mismo ha pasado con el abandonado Pacto Verde de la UE.
    Trump , con su guerra ha conseguido revitalizarlo como nadie mas podría haberlo hecho.

    Ayer hablabamos de Palantir. Para mi el tema es como maniobrará Peter Thiel y su entorno , los que estan detrás de Trump, con un Trump que es tan patoso que consigue justo lo contrario de lo que ellos planean.

    Responder
  • #004
    Alqvimista - 25 abril 2026 - 11:43

    Exactamente. Como pasaba con el crítico de cine de mi pueblo, al que había que leer para hacer justo lo contrario, Trump es ahora nuestro guía para hacer justo lo contrario XD
    Con lo que no contaba el TACO, es con la capacidad europea para hacer cosas sin necesidad de comprárselas a él.
    Rusia nos despertó parcialmente de la dependencia rusa del gas y de la norteamericana en tecnología.
    En Irán, EEUU nos ha despertado aún más de la dependencia del petróleo. Pero en vez de comprárselo a él las ventas de VE han subido.

    Aún vamos a tener que darle un premio por todo ello XXXD.

    Responder
  • #005
    Gon - 25 abril 2026 - 12:06

    Me acuerdo que hace años compartiste tu experiencia con la bomba de calor aire agua conectada a los antiguos radiadores que se calentaban con una caldera de gas.
    Hemos pasado nuestro primer invierno y aquí en Francia hemos reducido el 60% de la factura. Estamos encantados.

    Ojo a un amigo se la instaló en España un instalador de calderas y le ha dimensionado mal la maquina y acaba gasta más. Es crucial calcular para cubrir un 85% de las necesidades en bomba de calor y el resto con la resistencia. No pasarse ni quedarse corto. También recomiendo cuando sea posible separar la producción de agua caliente con una pequeña bomba de calor integrada al termo.

    Responder
  • #006
    D. FALKEN - 25 abril 2026 - 12:48

    Soy un poco esceptico respecto a los papers académicos o informes de think tanks. Al final, en una dirección u otra siempre existe un sesgo, un sesgo resultado de intereses particulares o de un optimismo basado en expectativas emocionales.

    Dando por hecho que la hoja de ruta es la deseable y como mínimo más racional que la dependencia del modelo de hidrocarburos, ante la creciente demanda energética mundial impulsada por la economía digital y el imparable crecimiento poblacional, lo que se intuye es que a esta mesa le falta una pata más para que se sostenga.
    La carrera hacia la fusión nuclear puede ser ese apoyo. Hace falta mucho esfuerzo financiero e investigador para ello, pero no se puede demorar más.

    Sin embargo, hablamos de un capítulo más de una crisis sistémica. Y el detonador, un engranaje vital: la energía. Pero no es sólo un problema de modelo energético. Va más alla.

    Si no despertamos a la realidad, poniendo la colaboración internacional, el abandono del consumismo y una asignación más justa de los recursos mundiales en primer plano, estamos destinados a aprender a través del pesar que nos traiga la escasez y la guerra.
    No es una cuestión sólo de ética, es una cuestión de inteligencia. El egoismo no es inteligente. Es un acto reaccionario.
    Estoy seguro que la mayoría que participamos en estos comentarios somos mas o menos conscientes de ello. El reto es que esta claridad mental despierte en una masa crítica en todas las sociedades.

    Responder

Dejar un Comentario

Los comentarios en esta página están moderados, no aparecerán inmediatamente en la página al ser enviados. Evita, por favor, las descalificaciones personales, los comentarios maleducados, los ataques directos o ridiculizaciones personales, o los calificativos insultantes de cualquier tipo, sean dirigidos al autor de la página o a cualquier otro comentarista. Estás en tu perfecto derecho de comentar anónimamente, pero por favor, no utilices el anonimato para decirles a las personas cosas que no les dirías en caso de tenerlas delante. Intenta mantener un ambiente agradable en el que las personas puedan comentar sin temor a sentirse insultados o descalificados. No comentes de manera repetitiva sobre un mismo tema, y mucho menos con varias identidades (astroturfing) o suplantando a otros comentaristas. Los comentarios que incumplan esas normas básicas serán eliminados.

 

XHTML: Puedes utilizar estas etiquetas: A ABBR ACRONYM B BLOCKQUOTE CITE CODE DEL EM I Q STRIKE STRONG IMG

Resumen de privacidad

Este sitio web utiliza cookies para que pueda ofrecerte la mejor experiencia de usuario/a posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves al sitio web o ayudar a comprender qué secciones del sitio web encuentras más interesantes y útiles.