Mi columna de esta semana en Invertia se titula «Travis Kalanick vuelve a la carga: cuando la disrupción deja de escribir y empieza a mover cajas» (pdf), y trata sobre la reaparición de uno de los personajes más incómodos, agresivos y, al mismo tiempo, más representativos de lo que significa de verdad la palabra disrupción. Travis Kalanick no fue simplemente el fundador de Uber: fue el ejecutivo que entendió antes que muchos que una tecnología aparentemente sencilla, combinada con una ejecución despiadada, podía poner de rodillas a un sector entero y forzar a reguladores, competidores y gobiernos a reaccionar siempre tarde y mal. Su nueva aventura, Atoms, parte de una idea muy clara: la gran frontera pendiente ya no está en automatizar lenguaje o matemáticas, sino en automatizar el mundo físico.
Eso es lo que convierte este movimiento en algo especialmente relevante. Mientras buena parte de la conversación pública sigue obsesionada con los efectos de la inteligencia artificial generativa sobre abogados junior, consultores, periodistas, diseñadores o programadores, Kalanick apunta a otra parte: a robots especializados, «gainfully employed robots«, pensados para tener un trabajo concreto y rentable en sectores como la alimentación, la minería o el transporte. Atoms no se presenta como una empresa de humanoides espectaculares que protagonizan vídeos virales, sino como una plataforma para desplegar máquinas útiles, eficientes y productivas, una especie de infraestructura común para la automatización del trabajo físico. La idea procede directamente de la evolución de City Storage Systems, el vehículo con el que Kalanick había desarrollado CloudKitchens, ahora reconvertido en una ambición mucho más amplia.
Lo interesante no es solo la tecnología, sino el contexto humano y empresarial que la rodea. Kalanick no es un tecnólogo prudente ni un gestor institucional. Es alguien que, históricamente, ha operado bajo la lógica de avanzar primero y discutir las consecuencias, si eso, después. Un auténtico salvaje con el cuchillo entre los dientes. En Uber, esa estrategia terminó generando una expansión descomunal, pero también una cultura interna tóxica, conflictos regulatorios constantes y una forma de operar que terminó estallando públicamente, hasta provocar su dimisión tras una revuelta de inversores en junio de 2017. Años después, las revelaciones agrupadas en los Uber Files ayudaron además a entender mejor hasta qué punto aquella expansión global había estado acompañada de tácticas de lobby, presión política y absoluto desprecio por todas las reglas del juego. Todo eso no convierte a Kalanick en irrelevante. Al contrario: lo convierte en alguien a quien conviene observar con mucha atención cuando detecta un nuevo terreno para la disrupción.
Mi argumento en la columna es que la robótica aplicada al trabajo físico puede terminar siendo una transformación mucho más profunda que la actual ola de inteligencia artificial generativa. No necesariamente más rápida, pero sí más estructural. Un modelo de lenguaje puede alterar tareas, acelerar procesos o erosionar parte del valor de ciertos perfiles de oficina. Un sistema robótico desplegado con éxito puede sustituir directamente presencia humana en almacenes, cocinas industriales, centros logísticos, entornos mineros o cadenas de suministro completas. La diferencia no es cuantitativa, sino cualitativa: en un caso hablamos de apoyo o sustitución parcial de funciones; en el otro, de automatización integral de ocupaciones. Y eso cambia completamente el tipo de conflicto social y laboral que tenemos delante.
Además, no todos los trabajadores están igual de preparados para soportar esa transición. La OCDE
lleva tiempo advirtiendo de que los trabajadores con menor nivel educativo están sobrerrepresentados en ocupaciones con mayor riesgo de automatización, y de que el crecimiento del empleo ha sido claramente menor en esos puestos de alto riesgo que en los de bajo riesgo. El World Economic Forum
añade otro elemento importante: el 63% de los empleadores identifica las carencias de habilidades como la principal barrera para la transformación, y una parte relevante de la fuerza laboral necesitará reciclaje antes de 2030. Dicho de otra manera: incluso en el escenario optimista, en el que aparecen nuevos empleos, la pregunta fundamental sigue siendo quién podrá acceder a ellos y quién se quedará fuera.
Ese es, en realidad, el núcleo del problema. Solemos hablar de automatización como si fuese una discusión tecnológica, cuando en realidad es una discusión sobre poder, adaptación y coste social. La automatización no elimina el trabajo en abstracto: desplaza el trabajo, lo recompone y deja fuera a quienes no tienen tiempo, recursos, formación o contexto para seguir el ritmo. Si la primera ola de la inteligencia artificial golpea sobre todo a profesiones de cuello blanco que, con más o menos dificultades, suelen conservar cierto capital educativo y capacidad de reciclaje, la segunda puede recaer con mucha más dureza sobre empleo manual, logístico y presencial. Y ahí la conversación ya no será sobre productividad o eficiencia, sino sobre fractura social.
Por eso me parecía importante utilizar el caso de Kalanick y Atoms como hilo conductor. No porque vaya a dominar mañana la economía física, sino porque ilustra muy bien qué ocurre cuando una tecnología madura empieza a atraer a operadores que no se limitan a experimentar con ella, sino que quieren escalarla, imponerla y convertirla en una fuerza transformadora de verdad. Kalanick ya lo hizo una vez con Uber. Ahora parece convencido de que puede hacerlo otra vez con robots especializados. Y si algo nos enseñó su trayectoria es que, cuando cree haber detectado una oportunidad real, no se conforma con observarla desde la barrera. La empuja hasta que el mundo se ve obligado a reorganizarse a su alrededor.
This article is openly available in English on Medium, «Travis Kalanick rides again: this time he’s really going to shake things up»


El eterno retorno: los medios de producción vuelven a caer en pocas manos. Cualquiera que se oponga al nuevo status quo es un revolucionario peligroso, y necesitamos aupar al poder a un dictador sanguinario que aplaste a la mayoría. El mundo se vuelve a dividir entre los países donde ese programa ha funcionado y los países donde ha ganado la mayoría. Telón de acero 2.0 (despues de 2 nuevas guerras mundiales, claro, ¿estando la primera de ellas en sus comienzos ahora mismo?)
El sueño húmedo de los patronos. Lo que no aciertan a ver es quién leches les va a comprar su producción si el proletariado (sin prole, por cierto) ha desaparecido de la ecuación.
Voy a aprender mantenimiento de robots, lo veo como único futuro posible, hahaha.
Bueno, en serio. Pensar que ocurrirá antes de 2030 es un poco optimista pensando en que ni los coches se conducen solos aun (como aquí se dijo en 2018 que iba a ser en 2020-2022) ni vuelan ni nada. Hay casos donde sí (Waymo, Dubai) pero no es algo que haya escalado «hacia abajo» a las masas, no hay coche Ford T que vuele ni Waymos a la venta en España, ni a empresas ni menos aun a particulares.
Eso sí, yo creo que el futuro es la automatización de todo. Entre otras cosas al tener menos hijos necesitamos robots que vayan agarrando esas tareas que los humanos no podemos/no queremos/no debemos hacer.
Para mí es increíble que sean humanos que respiran los que tengan que meterse en huecos sin oxígeno (lo veo en mi trabajo) con un equipo carísimo y una vida insustituibles en lugar de meter un robot pequeño que no necesita nada de esto y permite «ver» lo mismo que los ojos humanos, incluso más.
Dejo sin trabajo (pero con vida) a este operario y me ahorro el equipamiento y los protocolos de seguridad humanos.
No se trata de hacer un robot que sepa conducir en cualquier entorno, (que ya vendrá) se trata de que aplicando IA un robot en una cadena ya no necesita que la pieza A este perfectamente alineada con la pieza B antes de atornillarlas/soldarlas/pintarlas. Puede ajustarse a las condiciones concretas y aunque ese robot solo sepa hacer eso, lo hace siempre bien… y sin descanso. Ya no se necesita un humano en ese puesto.
Espero que sus robots compren lo que produzcan porque si las cosas van como parece, tendremos una montaña inmensa de pobres (dudo mucho que la renta universal de para algo más que mal comer y mal vivir y eso si es que llega a todos los que la necesiten)
Van a ser todo risas, si
«empresa de humanoides espectaculares que protagonizan… » (EDans).
«Su futuro»???
Yo me quedo con los chinos, porque entre Confucio y la Conquista del Oeste, siempre me quedaré con Confucio.
Los yankees son muy amigos de pegar al humano a la cadena a ir mejorando sus prestaciones… como digo, prefiero al humanoide capaz de salir por la puerta para ponerse en huelga, cuando no le gusten las condiciones laborales.
Tener brazos robóticos en la cadena de montaje/traslado no me resulta gratificante.
Conviene que pasemos del paradigma de las grandes conquistas (América, Far West, la IA, Marte…) al paradigma de la verdadera evolución humana, acorde con una evolución natural/artificial, que no rompa equilibrios globales cada dos por tres.
Ese sería un buen inicio. El ser humano dirigiendo el proceso tecnológico, no al revés.
Y siento estar pesadiño, pero, en el Problema de los Tres Cuerpos (libros), hay algún indicador, sobre el necesario control político democrático de toda innovación tecnológica y su uso/abuso.
Por cierto, el llamarle Atoms a la empresa es una muestra más del desvarío mental de los megasiliconados empresarios altamente egocéntricos que desprecian la importancia de ciertos nombres en la historia del desarrollo humano. Como para pedirles un mínimo perfil humanista…
Y Europa ?… queda rezagada como siempre.