Hace ya unos meses, a poco de su lanzamiento, tuve la oportunidad de probar el Windows Phone 7 en un LG E900, y francamente, me gustó. Me pareció un muy buen sistema operativo, que “fluía” de manera muy agradable en la navegación, y que mejoraba enormemente lo que Microsoft había hecho hasta el momento en ese ámbito. Mi impresión fue que Microsoft había estado hasta entonces intentando remedar en un terminal la experiencia del ordenador, con todas sus limitaciones, y que sin embargo esta vez habían hecho algo de verdad original, diseñado para la máquina que lo ejecutaba, y desarrollado con una altísima calidad.
El problema, claro, era de posicionamiento: en un mercado dominado ya de manera clara por dos plataformas, Android y Apple, la llegada de una tercera era algo complejo. Incluso contando con un buen sistema operativo tienes realmente solo una de las piezas necesarias. Tras algunas experiencias con el terminal y tras comprobar lo parco de una oferta de aplicaciones que constituye a día de hoy la llave de la experiencia y de la oferta de funcionalidad para el usuario, lo dejé, con cierta impresión de que, a pesar de tener un muy buen producto, Microsoft lo iba a tener enormemente difícil en este mercado.
De Nokia, poco nuevo puedo contar que no haya dicho recientemente. Un competidor desenfocado, que pierde además su liderazgo en el segmento más estratégico frente a Android, con inversiones importantes en desarrollos que no acaban de salir, y aquejado por todos los problemas cruelmente puestos de manifiesto por Stephen Elop, su presidente entrante procedente de Microsoft. Su trayectoria era marcadamente descendente, su capacidad de ejecución estaba muy puesta en duda, y sus posibilidades de reinventarse parecían escasas, a pesar de ese apasionante pasado que se estudia en todas las escuelas de negocios.
¿Cómo plantear el acuerdo entre estos dos gigantes? Para Microsoft, el resultado del acuerdo parece positivo: de tener un sistema operativo bueno pero tan solo un porcentaje limitado de la atención de fabricantes como LG, Samsung o HTC, y algo mayor de un fabricante poco posicionado en este segmento como Dell, pasa a tener la atención indivisa y privilegiada de un líder – venido a menos, pero líder – con importantísima experiencia en diseño, fabricación, distribución y negociación con carriers. La jugada para Microsoft es tan sumamente buena, que de hecho tendrá que tener cuidado para evitar que esas privilegiadas relaciones con Nokia no lleven a una desviación de la atención que recibe de LG , Samsung y HTC, que podrían sesgar más aún sus ya de por sí sesgadas – por efecto del mercado – prioridades hacia Android. Algunos, con cierta sorna, han insinuado que Stephen Elop es un “topo” lanzado desde Redmond para conseguir de facto comprar Nokia al precio de cero dólares. O de algunos millones, pero muy por debajo de su valoración real.
¿Y para Nokia? Indudablemente, para Nokia la jugada supone un enfoque estratégico por la vía de la cirugía. Pero de la cirugía de principios del siglo pasado: lo que duele, se amputa. Para un líder como Nokia, admitir que todo lo que huela a una parte tan importante y definitoria del software como el sistema operativo va a venir dado por una empresa externa, es algo muy duro. Si además viene acompañado de despidos y recortes, más aún. Si supone una renuncia a una deriva hacia el software de código abierto que muchos en la compañía veían con buenos ojos, todavía peor. Nokia va a perder muchos de sus mejores ingenieros de desarrollo, y va a tirar por la borda muchos años y mucho esfuerzo de inversión en sus propios desarrollos. Pero no hay problema. En las escuelas de negocios se llama a eso “costes hundidos“: las inversiones realizadas antes del momento de la toma de la decisión son irrelevantes para ésta. Ya. Entendido, matemáticamente irrefutable. Pero duele que no veas: en el bolsillo y en el orgullo.
Para los desarrolladores, la noticia parece buena. La suma de Nokia y Microsoft sigue siendo profundamente deficitaria en cuanto a plataforma, y eso se consigue atrayendo a desarrolladores. Pero para eso, hay que poner cosas encima de la mesa, sobre todo si no eres la vedette del mercado. Estoy con Christian Lindholm, que no en vano trabajó diez años en Nokia y creó cosas como el interfaz NaviKey y el de la serie 60: la alianza va a ser buena para los desarrolladores, porque significará sin duda oportunidades y condiciones interesantes que ambas empresas tendrán que utilizar para atraerlos.
¿Y para los usuarios? Aquí lo fundamental es el dinamismo del mercado, de un mercado que se mueve a toda velocidad. De la alianza Nokia-Microsoft ya tenemos hasta pruebas de concepto. Y lo que es seguro es que un mercado en duopolio genera habitualmente menos innovación que uno en el que hay más plataformas en juego. Tres es mejor que dos. Microsoft era ya casi un participante olvidado, Nokia era uno en clara recesión. No sé, como dice Vic Gundotra, de Google, son dos pavos que juntos no hacen un águila: en un segmento como éste, nada garantiza el éxito. Pero seguramente tengan más posibilidades juntos que separados.







18.02.2011 a las 06:36 Permalink
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22.02.2011 a las 13:18 Permalink
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27.02.2011 a las 02:31 Permalink
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11.03.2011 a las 09:40 Permalink
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28.07.2012 a las 13:35 Permalink
[...] claramente a ninguno, a tener la gran mayoría de sus ventas en países en vías de desarrollo, a dejarse caer en manos de la compañía que simboliza la tecnología del siglo pasado, y finalmente, a convertirse en un zombie. Este último trimestre, diez mil personas a la calle (de [...]