Decididamente, no ha sido la mejor semana para la llamada “industria cultural”. Las evidencias se acumulan, y las cosas empiezan a hacer agua ya no por la vía habitual, la de los consumidores, sino por otra muy diferente, la de los artistas. En solo una semana, declaraciones de Santiago Auserón, Bigas Luna o Curt Smith profundizan en la herida abierta anteriormente por Hombres G y por muchos otros anteriormente: la música es digital y se distribuye mediante descargas de todo tipo y condición, en un proceso que nada ni nadie pueden detener.
El mercado ha cambiado, y los intermediarios no son capaces de encontrar su papel en esa nueva estructura, porque los enormes márgenes en los que sustentaban su estructura ya no tienen cabida al no estar justificados por un aporte de valor real y tangible. Vender copias metidas en plástico de cuyo precio de venta se entrega al artista un porcentaje de tan solo un dígito es hoy en día un negocio insostenible, la tecnología lo ha convertido en obsoleto. Las grandes discográficas pueden unirse para financiar Spotify, pero el canal no tiene sentido para los artistas, porque la estructura de márgenes impuestas por las propias discográficas hace que el artista acabe ganando más dinero interpretando su música en la calle. El espacio entre los legítimos creadores y los consumidores se ha hecho tan estrecho, que ya no soporta las mastodónticas estructuras de la industria, por mucho que se agrupen en pretendidas coaliciones que no representan a los artistas, sino tan solo a eso, a los representantes de una industria en declive.
Si se mueven, malo. Si no se mueven, también. Las opciones para quienes vivían de seleccionar artistas para la producción, distribución y comercialización de pedazos de plástico que contenían su música son cada vez menores. Perdida cada vez más la batalla tanto con los consumidores como con los artistas, solo les queda perder el favor de una clase política que sigue comulgando con ruedas de molino en contra de la opinión de la mayoría de sus votantes, y que intenta seguir legislando lo ilegislable para proteger lo que ya no puede ser protegido. Mientras la industria clama que la música se muere, la evidencia histórica se acumula y sus argumentos pierden todo el valor: más de diez años después de la llegada de Napster, la música no solo no ha muerto, sino que está más viva que nunca, y lo único que muere son los intermediarios que se aprovechaban de ella.
Mientras las evidencias se acumulan, esto se hunde y la orquesta sigue tocando.






22.08.2009 a las 17:23 Permalink
[...] que parafrasear sus palabras parece una locura. Así que comparto dos o tres párrafos de su post Esto se hunde, que resumen de forma espectacular cuál es el problema del que estamos hablando: “El mercado [...]
22.08.2009 a las 17:29 Permalink
Esto se hunde…
… En solo una semana, declaraciones de Santiago Auserón, Bigas Luna o Curt Smith profundizan en la herida abierta anteriormente por Hombres G y por muchos otros anteriormente: la música es digital y se distribuye mediante descargas de todo tipo y co…
23.08.2009 a las 00:53 Permalink
[...] cambiar su modelo de negocio. Ya no sólo somos los consumidores los que nos quejamos, como recoge Enrique Dans, porque nos parezca un robo el hecho de pagar 16 euros por un disco original de un artista del que, [...]
26.08.2009 a las 09:38 Permalink
[...] en el momento en el que la industria musical esta apunto de desaparecer o cambiar de rumbo, GoogleLabs lanza una nueva aplicación de Listen que te permite escuchar [...]