El Blog de Enrique Dans

Hablando sobre el canon de AEDE, en TICBeat

Escrito a las 11:57 am
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El debate en torno a la 'tasa Google' - TICBeatJuan Calleja me envió por correo electrónico unas preguntas sobre el canon de AEDE para TICBeat, y ayer publicó algunos fragmentos en su artículo titulado “El debate en torno a la ‘tasa Google’“.

A continuación, el texto completo de las preguntas y respuestas que intercambié con Juan:

 

P. Buenas tardes Enrique. Muchas gracias por dedicarnos unos minutos a estas preguntas para TICbeat.com. Enrique, te has erigido un poco como una de las voces en contra de la aprobación de la propuesta de ley de la Ley de la Propiedad Intelectual y, sobre todo, por la denominada ‘Tasa Google’. ¿Crees que hay solución antes de que se apruebe la Ley en 2015? ¿Cuáles crees que son los caminos para que rectifiquen desde el Gobierno?

R. La solución es lo de siempre: exponer posturas de manera razonada, tratar de explicar los graves problemas que supone esta ley y lo que subyace detrás de la misma, y hacer activismo para defender las cosas que consideramos importantes. En este caso es importante empezar por la terminología: la supuesta “tasa Google” no existe, es una maniobra de intoxicación burda que algunos medios os estáis tragando, y que únicamente pretende atribuir la maniobra del gobierno para retribuir mediante un canon a los medios de la AEDE a un supuesto movimiento contra una empresa grande. Se intenta que los usuarios digan “bah, es solo contra Google” y que renuncien a defender a un grande, cuando realmente es una maniobra contra la libertad de expresión y contra la naturaleza de internet, una barbaridad que criminaliza el enlace y el derecho de cita. Mientras sigáis hablando de “tasa Google”, estáis simplemente haciéndole el juego al gobierno y a la AEDE. Eso no es una “tasa Google”: es el canon de la AEDE.

P. Algunos afectados como Ricardo Galli, fundador de Menéame, comentan que existen varias soluciones como dejar de agregar noticias de los miembros de la AEDE y de CEDRO, migrar sus datos e instalarse en otro país o cerrar. ¿Qué otras alternativas cree que existen para estas plataformas? ¿Podía afectar incluso a Facebook o Twitter, que tienen oficina en España?

R. La única solución es que no llegue a aplicarse, que sea retirada. Todo lo demás convierte a España en un país bananero donde el gobierno se dedica a comprar a los medios que le interesa con el dinero de otros, además de atacar la mismísima naturaleza de internet. Si esta ley sigue su camino y es aprobada como está, habrá que plantear una deslocalización, porque la idea de que las actividades de cualquier página en la red generen un supuesto “derecho irrenunciable” que una entidad de gestión va a cobrar para repartirlo como le dé la gana entre sus socios es algo inaceptable.

P. Muchos medios comentan que puede ser una LPI de referencia en toda Europa y que puede sentar precedente en otros países en el marco que regule a estos agregadores de noticias y contenidos y proteja a las empresas generadoras de contenidos propios como son los medios de comunicación. ¿Cree que esto puede suceder realmente?

R. Me parecería increíble que algún país considerase que la naturaleza de la red y elementos como la cita o el enlace deban ser subvertidos para pagar a un lobby de prensa determinado. Este canon no pretende “remunerar a los creadores”, sino premiar la ineficiencia y la inadaptación al medio digital. Que un grupo de editores de medios no haya sabido evolucionar para adaptarse a internet no merece que se les premie ni que se les incentive, merece que se les envíe a aprender de los que sí saben crear valor en la red. El único premio que merecen los editores de AEDE es el premio Darwin.

P. En el artículo que publicaste en tu blog comentando tu opinión al respecto de esta posible modificación era muy crítico contra el Gobierno calificando esta maniobra como de “censura informativa, en la construcción de un panorama de medios afín al gobierno”. ¿Consideras que esta medida corresponde más a crear este lobby dándoles a los medios afines lo que querían, que es eliminar a los agregadores de noticias, o porque no le quedaba otra que “ayudar” realmente a los mass media a sobreponerse a la mayor crisis económica de sus historia?

R. Los medios son los únicos culpables de su crisis económica. En ningún momento han sido capaces de plantear que la publicidad podía funcionar, se han limitado a molestar a sus usuarios con formatos intrusivos e inaceptables. Nunca han sabido apalancarse en la participación, en la que únicamente han planteado foros absurdos e inmoderados en los que no había el más mínimo valor añadido. No han sido capaces de desarrollar formatos atractivos más allá de copiar el papel, no han sabido desprenderse de los costes que empezaban a resultar absurdos en el panorama actual, no han entendido su papel de generación de información en un medio intrísecamente bidireccional, y se han limitado a criticar a aquellos que sí eran capaces de generar utilidades. Peor aún: cuando se les han señalado sus evidentes limitaciones, han optado por enrocarse y seguir manteniendo al frente del negocio a dinosaurios incapaces de entender la red. Si no les gusta que sus noticias sean agregadas, que se excluyan de los sistemas de agregación, que pueden hacerlo perfectamente. Pero pedir a los agregadores que incluyan tus noticias para luego inventarse un “derecho irrenunciable” que les permita cobrarles un canon es de todo punto inaceptable.

P. ¿Realmente consideras Enrique que los mass media pierden más que ganan con herramientas como Google News, Flipboard o Menéame o, por el contrario, todo suma y cuanto más colaborativos sean más visitas tendrán a su site?

R. En la red, todo enlace ayuda. Ayuda a ser más relevante, a traer visitas, a generar presencia, marca y referencia. Llevo años desarrollando una presencia en la red con mi trabajo, y cuanto más me enlazan, me agregan o me copian, mejor me va. Y eso es aplicable a cualquier negocio basado en el contenido. Pero si intentas explicárselo a los medios, te insultan y poco menos que te echan de la sala, se niegan siquiera a pensar sobre ello. Si se plantea este canon, los medios que lo cobren deberían ser objeto de un boicot lo más generalizado posible en la red. Aquello que amenaza la naturaleza de la red debe ser excluido de ella.

P. Por último Enrique, tú que eres uno de los bloggers más conocidos y seguidos en España y que llevas muchos años siéndolo. ¿Qué pasaría con los blogs que enlazan a noticias de medios? En principio no pasaría nada porque mientras no publiquen la noticia completa y respeten el derecho a cita no habría problema, ¿no?

R. No, no es así. Precisamente lo que pretende esta ley es consagrar un supuesto “derecho irrenunciable” a ser compensado cuando se utilicen titulares y “fragmentos no significativos”. Esta ley no tiene nada que ver con un supuesto problema derivado de un producto de Google con los editores de AEDE, afecta a toda la red. En la red, acciones como enlazar o citar usando fragmentos siempre han sido libres. Son acciones naturales en el comportamiento humano, algo completamente normal cuando se comparte y se difunde información. Imponer ese canon supone una apropiación del procomún que afecta a derechos fundamentales. Es una soberana barbaridad. Y lo que es peor, se está anteponiendo la obsesión de este gobierno con los medios y su interés por contar con una prensa “afín” a algo tan importante como la naturaleza de la red.

Internet desde el cielo

Escrito a las 1:47 pm
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Titan Solara 50

Facebook parece haber iniciado conversaciones destinadas a la adquisición de Titan Aerospace, un fabricante de drones o “satélites atmosféricos” pensados para volar en capas de alrededor de veinte kilómetros de altura alimentados por energía solar, y diseñados para poder mantenerse en el aire durante períodos de cinco años, más de cuatro millones de kilómetros, sin necesidad de mantenimiento.

Vale la pena pasar por la página de la compañía para ver exactamente de qué estamos hablando: artefactos muy grandes, con alas de unos cincuenta metros cubiertas de paneles solares, pero muy ligeros, de unos 160 kilos. Pueden llevar encima una carga de hasta treinta y dos kilos en equipo, y volar a una velocidad de hasta 104 Km/h. El despliegue comercial está planificado para el próximo año 2015, y se prevén utilidades que van desde la monitorización científica, agrícola, meteorológica o de otros tipo, hasta cuestiones como las telecomunicaciones de voz y datos, pasando por la cobertura de zonas tras desastres naturales o el establecimiento de sistemas de mapas o de geoposicionamiento. Ars Technica les dedicó un artículo en agosto del año pasado.

 

 

Parece claro que la posible adquisición de Facebook, cifrada en torno a los sesenta millones de dólares, tendría como objetivo en primera instancia dar cobertura al proyecto Internet.org destinado a poner internet al alcance de los dos tercios de personas del mundo que aún no están conectados. Sin embargo, a pocos se les escapan los paralelismos con el Project Loon de Google, tanto en la similaridad del planteamiento inicial, como en las posibilidades ulteriores de desarrollo: la idea de sustituir a las operadoras tradicionales en aquellas partes del mundo donde estas no han mostrado interés alguno en desplegarse, por considerarlas de escasa rentabilidad. El despliegue de constelaciones de este tipo, de globos o de drones, permitiría llevar un cierto ancho de banda a esas zonas, suficiente para permitir la transmisión de mensajes de texto, aunque todavía muy limitado para el envío de imágenes o vídeo. Sin embargo, sería un paso importantísimo de cara a la obtención de posicionamiento y expertise en el negocio de las telecomunicaciones, en el que Google ya está presente merced a la adquisición progresiva de una gran cartera de fibra oscura y al desarrollo del proyecto Google Fiber, que ofrece conexiones de alta velocidad en un todavía escaso pero creciente numero de zonas en ciudades norteamericanas.

Entre ofrecer alta velocidad en barrios de ingresos elevados de ciudades norteamericanas y hacerlo en algunos de los países más pobres del mundo va una enorme distancia. Pero indudablemente, la filosofía del proyecto es conectar a esos países precisamente para que sean capaces de integrarse en la economía digital y del conocimiento, y mirar a largo plazo de cara a su eventual desarrollo. Una parte altruista, pero otra muy importante de proyección de futuro, y otra, muy posiblemente, de adquisición de know-how. Las operadoras de toda la vida deberían replantearse su papel: de pretender convertirse en los aduaneros de la sociedad de la información, a terminar encontrándose con que sus preciadas infraestructuras son cada vez más sustituibles por otras… que podrían incluso venir desde el aire. No, seguramente no es algo que vaya a ocurrir mañana… pero mucho ojo con el tema.

 

(This post is also available in English in my Medium page, “Internet: the sky’s the limit“)

 

ACTUALIZACIÓN: Marimar Jiménez referencia esta entrada en su artículo en Cinco Días titulado “Facebook negocia comprar una empresa de drones para impulsar internet“.

ACTUALIZACIÓN (14/04/2014): Finalmente, la compañía ha sido adquirida, pero no por Facebook, sino por Google. Facebook, mientras tanto, seguirá con sus planes mediante acqui-hires de la empresa británica Ascenta.

La era de la comunicación instantánea

Escrito a las 7:03 pm
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IMAGE: Kaisa Savolainen - 123RFLa adquisición de WhatsApp por Facebook ha desencadenado toda una oleada de reacciones que dejan ver con claridad la característica del momento que se avecina: tras muchos años de uso de mensajería instantánea, tras haber superado la era del Messenger, del SMS y de muchos otros, llegamos finalmente a una era en la que la comunicación instantánea pasa a ser parte habitual del día a día de un segmento demográfico cada vez más amplio de la población.

Para explorar las consecuencias de un momento como este, debemos tratar de descontar todo tipo de sesgos. En primer lugar, el de la relevancia. Si en su momento pasaste por el Messenger de Microsoft, o incluso antes con cosas como ICQ, o por Yahoo! Messenger, o por alguno de los mil clientes desarrollados sobre Jabber, es posible que te  cueste entender cómo algo que viene desde tan lejos, una forma de comunicación tan “normal”, puede convertirse de repente en algún tipo de “revolución”. Olvídalo, resígnate… eres un adelantado a tu tiempo. No trates de entenderlo, a no ser que estés dispuesto a estudiarte toda la teoría detrás de la curva de Rogers y la difusión de innovaciones.

El otro gran sesgo es el geográfico: como ya he dicho en otras ocasiones, si tratas de entender algo como la estratosférica valoración de WhatsApp desde el punto de vista de un español, siendo España el país en el que WhatsApp ha alcanzado su mayor cuota de mercado en todo el mundo y en el que hasta las abuelitas corrían a las tiendas a comprarse un smartphone para poder usarlo, te equivocarás. Pero el problema es que si lo haces desde la perspectiva de un norteamericano, en donde WhatsApp tenía un nivel de uso relativamente escaso, y cosas como Facebook Messenger o los mismísimos SMS mantenían una popularidad relativamente elevada, es posible que te equivoques también, y que pienses que WhatsApp es “the next big thing”. O que si lo analizas desde el punto de vista de un tailandés, donde WhatsApp ya estuvo de moda, cayó víctima de la pujanza de Line, y hoy se ve como algo completamente passé, te equivoques también. La lección es evidente: para analizar un fenómeno como este hay que hacerlo con una mirada global, por encima de fenómenos regionales de adopción. Pensar que el hecho de que WhatsApp haya conseguido pasar a formar parte del vocabulario habitual de los españoles significa que de alguna manera “tiene el éxito garantizado” es simplemente carecer de visión internacional.

Visto esto, ¿de qué estamos hablando? Sencillamente, de lo que ocurre cuando la mensajería instantánea pasa de ser algo característico de un segmento particular de la población de una región en concreto, y pasa a convertirse en un modo de comunicación generalmente aceptado. Hablamos de mensajería instantánea como parte de la normalidad, como un canal más en manos de todo el mundo. El what’s next de WhatsApp tras la desmesurada adquisición de Facebook, después de todo, solo puede entenderse así, pensando en un cambio de era, lo que además permitiría entender incluso el intento anterior de la empresa de Zuckerberg de adquirir Snapchat por tres mil millones de dólares.

Por otro lado, no podemos olvidar dos cosas: la primera, que hablamos de un panorama enormemente volátil. La reciente popularidad de Telegram, una aplicación infinitamente mejor que WhatsApp en sus prestaciones, deja claro que a pesar de la gran importancia del efecto red y de encontrarte con que, al instalar una aplicación determinada, las personas con las que quieres hablar ya están en ella, basta con un período de cierta actividad para que cualquier aplicación que hace pocos meses no existía entre en la categoría de alternativa. Si además es capaz de diseñar su proceso de popularización de una manera un poco avispada, de hacerse presente en tu smartphone de forma habitual (cada vez que una persona de tu lista de contactos abre cuenta en ella), y de presentarse como una solución a los muchos problemas de la alternativa anterior, las posibilidades, en principio complejas, se incrementan. Además de la creciente popularidad de Telegram, vemos movimientos como la más que probable salida a bolsa de KakaoTalk, el anuncio de un producto de voz en Line, o la adquisición de Viber por el gigante japonés Rakuten. Decididamente, un mercado que no se está quieto.

La segunda cuestión es la generalización del uso. Para que el uso de la mensajería instantánea pueda considerarse realmente generalizada, tenemos que pensar en hablar de mucho más que nuestra comunicación informal con nuestros amigos: hay que considerarla como algo que llega a imbricarse en todas nuestras actividades, incluyendo cosas como nuestro trabajo, nuestra comunicación con compañías, o incluso cuestiones como la banca. ¿Resulta posible imaginarse a una empresa en su sano juicio utilizando WhatsApp para su comunicación interna? Me consta que las hay, pero desde un punto de vista meramente técnico es una barbaridad impensable que daña incluso su reputación. La empresa que permite que WhatsApp, una aplicación esencialmente insegura en todos los sentidos, se convierta en un elemento de su estrategia de sistemas de información es que está dirigida por irresponsables. El concepto “WhatsApp banking”, que he escuchado en ocasiones dentro de la industria, partía siempre de una base: que WhatsApp no fuese una aplicación tan mala como realmente era, algo que aunque podría cambiar tras la enorme infusión de recursos que supone la adquisición, no ha ocurrido aún.

Es este entorno, el de la mensajería instantánea profesional, donde pueden producirse novedades interesantes. Para cualquier compañía de mensajería instantánea, la adopción por parte del mercado corporativo es una especie de “prueba del 9″, una cierta demostración de confiabilidad. Herramientas como Lync o Yammer, de Microsoft, cuentan con la fuerte implantación de la compañía en el entorno corporativo, pero no parecen haber conseguido, por el momento, generar procesos de adopción mínimamente interesantes o comparables a los de la mensajería instantánea en entornos personales. Skype, igualmente de Microsoft, cuenta con una importante tracción en la comunicación por voz (es desde hace tiempo la “operadora” líder a nivel mundial en número de minutos de voz internacionales), pero no tanto éxito como herramienta de mensajería instantánea en modo texto.

Mención aparte merece la mensajería instantánea de BlackBerry, BBM, que tras haber logrado hacerse con un nicho importante en el mercado corporativo y conseguir su espacio en las comunicaciones personales en una amplia variedad de mercados, se encontró de repente fuera de juego por la fortísima caída en desgracia de sus terminales y la falta de versiones más allá de estos. Cuando finalmente fue capaz de ofrecer versiones de su cliente para otros sistemas operativos, la mayor parte del daño ya parecía estar hecho, y todo indica que uno de los mejores clientes desde un punto de vista estrictamente técnico está ya en franca fase de abandono.

Los hangouts de Google tienen igualmente muchas características funcionales que generan interés y una estrategia de posicionamiento intermedio entre ambos mundos, y no sería descabellado pensar en maniobras que los revitalizasen dada la actividad de la categoría y la privilegiada posición que poseen en la plataforma que supone Android.

Y por otro lado, surgen herramientas aún poco conocidas por el gran público pero con un enfoque directo en el mercado corporativo como Cotap, fundada por uno de los creadores de YammerSlack, de varios de los miembros del equipo fundacional de Flickr; Zula, de Jeff Pulver; o IMBox.me, española y de los creadores de Spotbros (con quienes mantengo una relación de asesoría), pugnando por obtener instalaciones en clientes corporativos que puedan ser considerados como referencia, y ofreciendo propuestas de valor centradas en la simplificación y la eficiencia de las comunicaciones integradas a través de múltiples plataformas.

Ninguna de estas herramientas tiene por qué convertirse en “el estándar” que todo el mundo usa. Es posible que vivamos una fase larga de competencia, de mercados segmentados geográficamente, por tipo de uso, por factores sociodemográficos o por otras variables, y que tardemos bastante en poder observar fenómenos de consolidación. Sin duda, un mercado interesante, que iremos viendo cristalizar de una manera cada vez más evidente, y una realidad: la mensajería instantánea ha alcanzado el momento dulce en su proceso de adopción y está aquí para quedarse.

 

(This post is also available in English in my Medium page, “The age of instant communication is here to stay“)

Si tratas a tus trabajadores como niños… se portarán como niños

Escrito a las 2:43 pm
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IMAGE: Victor Zakharevych - 123RFEs una máxima de la gestión muchas veces ignorada: las personas tienden a comportarse de acuerdo con la expresión de las expectativas puestas en ellas.

Si tratas a tus trabajadores como si fueran niños pequeños, tenderán a comportarse como niños pequeños. Hace unos días, mientras preparaba una clase acerca de la operación de adquisición de WhatsApp por Facebook, quise acceder a un artículo al respecto en Pando Daily, una página fiable correspondiente a una publicación de reconocido prestigio en sus análisis del mundo tecnológico.

Lo que me encontré fue esto:

 

Proxy server block

Un aviso de mi administrador de red corporativo en el que me informaba que se negaba a darme acceso a esa página porque había sido bloqueada de acuerdo con las políticas establecidas por mi compañía. Obviamente, se trataba de un error… un error que, de no haber tenido una VPN instalada en mi portátil (mío y administrado por mí, no por mi compañía) o un smartphone (mío, no corporativo) en el bolsillo, me habría impedido preparar adecuadamente la sesión.

Tras poner un correo para notificar el problema – que fue resuelto favorablemente, eso sí, en cuestión de minutos – encontramos la explicación: la lista de bloqueos no está mantenida por mi compañía, sino que proviene de una compañía norteamericana especializada en proporcionar ese servicio. Compañía que, por lo visto, cree que debe bloquear toda dirección que contenga la palabra “Pando”, porque durante algunos años, ese era el nombre de una aplicación de intercambio de archivos voluminosos que utilizaba el protocolo P2P. Esa aplicación cerró sus servidores y su negocio en agosto de 2013. En contraste, Pando Daily, la publicación sobre actualidad tecnológica, lleva funcionando desde enero de 2012, y presuntamente, con su acceso bloqueado sin ningún tipo de sentido en todas las compañías que utilicen los servicios de la empresa que gestiona esa lista de bloqueo.

El procedimiento, el mismo que se utiliza en muchas empresas para cuestiones como impedir el acceso a redes sociales o a otro tipo de recursos desde la red corporativa, me lleva a pensar en el tipo de gestión que esas empresas plantean de sus trabajadores: un sistema que si intentas acceder a un recurso donde muchos tenemos información perfectamente relevante y a la que tiene sentido acceder desde tu puesto de trabajo, hace algo así como darte una palmada en la mano que sujeta el ratón al tiempo que te dice “¡a dónde crees que vas, chaval, que te he pillado… deja de perder el tiempo y ponte inmediatamente a trabajar!!”

Vamos a ver: las empresas, por lo general, no utilizan mano de obra infantil. Las personas que trabajan en las empresas son adultas, y generalmente en buen uso de sus facultades mentales. ¿No bastaría con una advertencia, con una política razonablemente clara, bien formulada y que tuviera sentido? ¿No cabe pensar que si accedo a mi Twitter en horas de trabajo puede ser porque cuando veo un enlace interesante ahí, lo marco como favorito para poder acceder a él más adelante? O simplemente, porque me apetece escribir un tweet, y no por ello soy un sinvergüenza que se dedica a despilfarrar el tiempo y los recursos de la compañía. ¿Tiene sentido, en plena era digital y de la deslocalización, que sigamos comprando “tiempo de culo sentado en un asiento” en lugar de factores como habilidad, inteligencia, sentido común, conocimientos o criterio? ¿Realmente alguien cree que si retirase ese bloqueo de su proxy, sus empleados pasarían automáticamente a utilizar la red corporativa para descargarse películas y a pasar todo su tiempo de trabajo leyendo chistes en Facebook? Y si eso es lo que cree que ocurriría… ¿por qué tiene empleados así? Y si efectivamente los tiene, ¿por qué no los pone de patitas en la calle?

Controlar el uso de los recursos corporativos parece algo lógico y normal. Que los trabajadores sepan que el uso de la red es razonablemente monitorizado por el departamento de TI no resulta excesivo, siempre que no lo utilicemos para establecer una suerte de “estado policial”, y permite además desarrollar políticas centralizadas de seguridad – que, como siempre que hablamos de seguridad, tendrían que tener su contrapunto adecuado en la usabilidad. De ahí a pagar por acceder a listas de bloqueos creadas y mantenidas por compañías con criterios rayanos en la paranoia y a gestionar a tus trabajadores como si fueran niños pequeños, va una gran distancia. No solo no es lógico – si tus trabajadores quieren perder el tiempo chateando en una red social, entrarán desde el smartphone que llevan en el bolsillo – sino que acaba por generar la actitud opuesta: si me tratas como a un niño, me comportaré como un niño.

 

(This post is also available in English in my Medium page, “If you treat employees like kids, they will behave like kids…“)

España y la regulación del crowdfunding

Escrito a las 2:54 pm
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IMAGE: Anke Goodwin - 123RF

El crowdfunding, entendido como la cooperación colectiva para conseguir dinero u otros recursos para financiar esfuerzos e iniciativas de otras personas u organizaciones, es un fenómeno relativamente reciente al que he dedicado ya una buena cantidad de entradas. Aunque podemos encontrar ejemplos de proyectos financiados de esta manera que datan de hace varias décadas o incluso siglos (la base de la Estatua de la Libertad, por ejemplo, se financió parcialmente en 1884 mediante crowdfunding), la realidad es que el primer uso del término proviene del año 2006, y su popularización está vinculada a la de algunas de sus plataformas más conocidas a finales de la década pasada.

Además, es un fenómeno complejo, con múltiples variedades que incluyen microdonaciones (contribuciones sin un retorno específico), modelos basados en premios (desde intangibles o merchandising hasta la preventa del propio producto o ediciones limitadas del mismo), o incluso aportes de capital a compañías (equity crowdfunding).

Como ecosistema, el crowdfunding se considera un método alternativo y emergente de financiación de ideas, proyectos y compañías, y se calcula que movió en torno a los cinco mil millones de dólares en el mundo durante el pasado 2013. Los datos del año 2012 hablan de un mercado español calculado en torno a los diez millones de euros.

El Confidencial destapó ayer una noticia polémica relacionada con este tema: el gobierno español, dentro del contexto de la ley de financiación empresarial, decidía incluir una serie de cláusulas destinadas a regular el crowdfunding. La noticia generó bastantes reacciones dentro del entorno emprendedor y tecnológico español, así como en algunas plataformas locales como Lánzanos o Comunitae. Las principales objeciones a la norma están relacionadas con los límites establecidos para la financiación de proyectos (máximo de un millón de euros), los límites para los aportes individuales (máximo de tres mil euros por proyecto y seis mil en total), o los requisitos para las plataformas dedicadas al tema (registro en CNMV y Banco de España, capital social superior a 50.000 euros o seguro de responsabilidad civil con cobertura de 150.000 euros anuales).

La regulación del crowdfunding es una cuestión de indudable complejidad: si bien es evidente que un cierto nivel de regulación es necesario a efectos de control y garantías, una regulación excesiva puede poner en peligro el desarrollo y las posibilidades de un sistema pujante y con un enorme potencial para el desarrollo de nuevas ideas, proyectos y empresas. Hasta la fecha, la regulación en nuestro país era prácticamente inexistente: mientras países de nuestro entorno como Alemania, el Reino Unido o Italia ya habían planteado normas específicas relacionadas con este tema, la normativa española era generalista y de aplicación relativamente difusa.

El crowdfunding es, en España, un fenómeno con un nivel todavía muy incipiente. El proyecto más importante de este tipo se cerró hace pocas semanas, y captó 680.000 euros de unas cinco mil personas para desarrollar una versión homenaje al mítico juego Heroquest, poco que ver con las millonarias cifras recaudadas por hitos del crowfunding como el conocido smartwatch Pebble (más de diez millones de dólares), la videoconsola Ouya (ocho millones y medio) o la película sobre la serie Veronica Mars (casi seis millones). La mayor madurez del mercado norteamericano tiene también efectos negativos, como la aparición de algunos casos aislados de estafas. En nuestro país, por el momento, no parecen existir registros de estafas o escándalos derivados de proyectos de crowdsourcing.

Mientras la regulación en países de nuestro entorno cercano establecen limitaciones de cien mil euros/año en el caso de Alemania en el caso de equity crowdfunding (y excluye las donaciones y los modelos basados en recompensas, que no considera inversiones), o de cinco millones de euros/año en el caso de Italia o Reino Unido, la propuesta española establece límites llamativamente bajos de tres mil euros en un proyecto y seis mil euros totales por usuario y año, algo que podría convertir el equity crowdfunding y las posibilidades de financiar iniciativas empresariales en un auténtico “juguete”, o directamente en un muerto viviente. En perspectiva, la marcadísima costumbre del gobierno español de legislar en función de los intereses de los lobbies empresariales, en este caso el de los bancos, que ya habían solicitado la regulación de plataformas de este tipo. Resulta llamativo observar cómo en un país y en una coyuntura en donde conseguir financiación resulta un duro reto para cualquier proyecto o empresa y en el que los grandes escándalos financieros y estafas multitudinarias han provenido precisamente de los bancos y cajas de ahorros, se pretende regular el desarrollo de un instrumento como el crowdfunding en función, aparentemente, de los intereses de estos.

¿Qué efectos puede tener sobre nuestro país una regulación de este tipo? En primer lugar, supone condicionar el posible potencial y desarrollo del ecosistema empresarial a cantidades ridículamente pequeñas, forzando a los emprendedores de todo tipo (desde pequeños proyectos e ideas emergentes hasta empresas en busca de capital) a esfuerzos muy superiores para metas muy limitadas, o al recurso a los esquemas de financiación tradicional. En segundo lugar, reduce el atractivo de nuestro país para la llegada de plataformas extranjeras dedicadas a este tipo de actividades, lo que podría redundar en una menor participación de España en un fenómeno global en el que la escala juega un papel importante y en donde, por la dinámica competitiva, es posible que se produzcan movimientos de consolidación. Además, se coarta claramente el desarrollo de nuevas ideas y creatividad emprendedora, y se invita claramente a la deslocalización y al establecimiento de los emprendedores en otros países que mantengan visiones menos limitadas de este fenómeno.

Por último, resulta llamativo que la regulación de un fenómeno como el crowdfunding, caracterizado por una amplia diversidad, destaque por la indefinición y la falta de claridad en cuanto a lo que pretende regular. De las palabras del ministro de Guindos ayer resulta prácticamente imposible entender si las normas descritas se refieren únicamente al ámbito del equity crowdfunding o incluyen los modelos basados en premios, radicalmente diferentes en su funcionamiento. Desde un punto de vista puramente estético, parece como si la regulación se hubiese llevado a cabo sin demasiada atención, de manera atropellada, o tratando únicamente de poner obstáculos y limitaciones, sin preocuparse mucho de qué era exactamente lo que se intentaba limitar. O peor, de a qué o a quién se intentaba proteger. El crowdfunding supone una alternativa interesantísima y muy actual para la financiación de proyectos y empresas, y aunque precisa de regulación, debe ponerse un interés especial en evitar asfixiarlo y limitarlo en exceso, más allá de lo que puedan ser protecciones al inversor. Mientras en los Estados Unidos se urge a la SEC para que reduzca esas limitaciones para evitar precisamente que se coarte en exceso el ámbito de uso del crowdfunding, en España todo indica que directamente se quiere impedir su desarrollo.

Haciendo referencia al histórico desprecio español por la ciencia y la tecnología, el filósofo Miguel de Unamuno utilizó aquella famosa frase, “¡que inventen ellos!” ¿A dónde vamos ahora? ¿Al “que emprendan ellos”?

 

(This post is also available in English in my Medium page, “Spain aims to kill crowdfunding“)

 

ACTUALIZACIÓN (03/03/2014): Marimar Jiménez me cita en su artículo en Cinco Días, titulado “Las empresas de ‘crowdfunding’ reclaman una regulación menos restrictiva“.

ACTUALIZACIÓN (13/03/2014): EuroWeeklyNews me cita en su artículo titulado Crowdfunding threatens to crowd-out banks.

¿Tiene sentido un smartphone modular?

Escrito a las 8:34 am
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PhonebloksGoogle anuncia una conferencia específica para desarrolladores dedicada a su Project Ara, un proyecto que se inició hace ya bastante tiempo con la adquisición de patentes relacionadas con el desarrollo modular procedentes del fabricante de terminales israelí Modu, continuó con la adquisición de Motorola Mobility en 2011 y la apertura de una línea de colaboración con Phonebloks, y continúa tras la venta de Motorola a Lenovo debido a que la operación excluyó específicamente la división de tecnologías y productos avanzados (ATAP), que se mantiene integrada en Google y gestionada con la misma filosofía que sus famosos moonshots (proyectos ambiciosos en diversos grados de desarrollo como el coche que conduce solo, la red de globos para hacer llegar internet a zonas complicada, o las Google Glass).

Es posible que hayas leído ya artículos sobre Project Ara allá por octubre del pasado año cuando se empezó a desvelar, o incluso que hayas encontrado algún reportaje que trata el tema con algo más de profundidad, como este muy recomendable de Time.

La idea que subyace detrás de Project Ara y que empieza a materializarse de una manera cada vez más clara es el desarrollo de terminales modulares siguiendo una filosofía de hardware abierto que incluiría la comercialización de una base en la que podrían integrarse módulos desarrollados por diversos fabricantes que decidiesen seguir las especificaciones.

En los primeros anuncios, se habla de un terminal reducido a la mínima expresión operativa – sin siquiera conexión celular – por cincuenta dólares, al que poder ir añadiéndole los módulos necesarios para obtener la funcionalidad deseada por el usuario. Además, habría dos bases más de tamaño progresivamente más grande: una más parecida a los terminales actuales, y otra mucho más homologable a los actuales phablets. El tamaño está definido por un endoesqueleto, o endo, una estructura de aluminio con una serie de circuitos destinados a interconectar los distintos módulos entre sí, y que sería el único componente del teléfono con marca Google. A partir de ahí, todo lo demás, desde el procesador a la memoria, pasando por la pantalla o las interfaces de entrada, viene en forma de módulos con conectores retráctiles, y podrían disponerse hasta un total de diez de ellos en la estructura de aluminio.

Un ecosistema así definido podría dar lugar a economías muy diferentes a las actuales, dado que los efectos de la esperada competencia no se limitarían a unidades completas, sino a todos y cada uno de los posibles módulos, alimentando así un esquema que podría generar mucha más innovación y, muy posiblemente, precios mucho más bajos. Hablamos de bajar las barreras de entrada y desagregar la industria para que puedan generarse cientos de miles de fabricantes de módulos, en lugar del pequeño puñado de fabricantes de terminales que existen actualmente. Auténtica ingeniería sectorial, toda una disrupción generada por la tecnología, y sin duda, una fuente de preocupación para quienes ocupan ahora ese espacio.

En el fondo, estamos hablando de un proyecto que, como el ambicioso internet.org iniciado por Facebook, busca acercar la tecnología a muchas más personas, a los próximos miles de millones de usuarios. No solo haciendo descender el precio de la tecnología mediante una plataforma que genere más competencia, sino además posibilitando que muchos componentes del terminal puedan tener una duración más elevada. Alguien que valora mucho las prestaciones relacionadas con la fotografía, por ejemplo, podría, sobre la misma base del teléfono, agregar una cámara mejor, mientras que alguien que prefiere cargar el teléfono de manera más ocasional y que no suele hacer fotografías con su terminal podría optar por un módulo de batería más potente, por inserar dos módulos, o por llevarlos en el bolsillo, porque varios de los módulos se podrían intercambiar en caliente (hot-swappable). O incorporar un teclado físico, esa pieza que tantos echan de menos. O pensemos en cualquier otra posibilidad: otro de los socios en el proyecto es una de las compañías líderes en impresión tridimensional, 3D Systems: si te lo puedes imaginar, se podrá fabricar – y la idea es que el nivel de especialización se desarrolle lo más posible. Esto nos llevaría a terminales que podrían ser muchas más cosas: a la variabilidad que ya de por sí incorporan las apps mediante software, le uniríamos la capacidad de desarrollo de una plataforma de hardware abierto. La idea, de nuevo,no es atacar el mercado más geek, sino ser capaz de ofrecer una propuesta de valor a un precio adecuado a prácticamente cualquier usuario.

En realidad, una idea que sobrepasa con mucho la aparente frivolidad de pensar en un “terminal en piezas”, y que alcanza aspectos de auténtico desarrollo de ecosistema, de reorganización de las industrias implicadas en todo lo relacionado con los smartphones. Si el proyecto te ha parecido interesante y crees que tienes algo que aportar al mismo, puedes apuntarte para ser un Ara Scout.

ACTUALIZACIÓN (22/04/2014): Marimar Jiménez cita parte de esta entrada en su artículo de Cinco Días titulado “Google busca reinventar el negocio móvil con ‘smartphones’ a la carta” (pdf).

 

(This post is also available in English in my Medium page, “Fancy owning a custom-made smartphone?“)

Oppia, más sobre educación

Escrito a las 3:48 pm
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OppiaUna nueva iniciativa de Google – de esas que nunca se sabe a dónde llegarán debido a la inconsistencia de una compañía cuyos proyectos desaparecen a veces con excesiva facilidad  - explora el desarrollo abierto de materiales educativos en la red.

Se llama Oppia, que corresponde al verbo “aprender” en finlandés, tiene sufijo .org, y todos sus materiales se publican con licencia Creative Commons BY SA. La plataforma está aún bastante vacía, pero la idea es crear una plataforma que permita el desarrollo y la difusión de actividades en la red que permitan el aprendizaje mediante la filosofía de “learning by doing”, pequeñas experiencias de aprendizaje prácticas interactivas sobre una variedad de temas. Herramientas de desarrollo sencillas y al alcance de cualquiera, pensadas para que profesores, educadores o cualquiera con una idea sobre cómo facilitar el aprendizaje de un tema pueda ponerla en la red.

 

 

Que la metodología de educación está cambiando es cada vez más evidente: estamos pasando de un sistema en el que se primaba la memorización de información a la que no resultaba sencillo acceder, a uno en el que la información siempre está disponible a un clic de distancia y lo que tenemos que primar es el saber acceder a ella, cualificarla y utilizarla con soltura. De memorizar, a entender y usar. De contenedores cerrados de información, como los libros de texto, a sistemas abiertos que enseñan de modo práctico. Ni toda la educación puede llevarse a estos modelos, ni a todos los niveles: los procesos educativos contienen importantes procesos de interacción social que mejoran mucho el resultado y que forman una parte metodológica intrínseca de los mismos, desde el fomento del trabajo en equipo hasta el uso y el adiestramiento del sentido común, pero sí existen muchas cuestiones que pueden llevarse a este terreno.

Herramientas como esta, que facilitan desarrollos sencillos a quienes quieran contribuir a una librería de materiales de uso libre y abierto, acercan ese futuro a cada día más personas. Simple, pero interesante.

Clicktivismo: diseñando respuestas en un panorama diferente

Escrito a las 12:40 pm
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Clicktivismo - El Mundo (pdf, haz clic para leer al tamaño que quieras)Jose Andrés Gómez, del diario El Mundo, me llamó para hablar sobre clicktivismo, y hoy me cita brevemente en su artículo a doble página con ese mismo título (pdf). Es un tema sobre el que hablé también hace algunos meses con Xantal Llavina para ElPeriódico.com, posteriormente en este programa de RTVE, y que he tocado en muchas ocasiones.

En la conversación, hablamos del auge del clicktivismo como una adaptación de los mecanismos de reivindicación y protesta al nuevo escenario definido por el entorno digital: el clicktivismo, en ese sentido, representa una disminución de las barreras de entrada que supone la fricción del mundo físico, desde simplemente el tener que desplazarse para bajar a la calle, hasta otro tipo de factores que an desde lo climatológico hasta la más pura demanda de seguridad.

¿Desvirtúa el clicktivismo las protestas y nos convierte en cómodos “activistas de ratón” o “de sofá”? No necesariamente. Mi impresión es que el clicktivismo lleva a que un mayor número de personas conozcan una causa, entren en contacto con ella, adquieran más información al respecto, y eventualmente, terminen por participar en ella incluso a nivel de manifestación física. En ese sentido existe toda una gradación en la que apoyar una causa mediante una firma virtual en una plataforma como Change.org o Avaaz suele llevar a la adquisición de un nivel superior de información sobre ella, que en muchos casos, sobre todo cuando se recibe información con posterioridad y se comienza a vislumbrar el posible éxito de la misma – entendido como “no he apoyado una causa yo solo, sino que hay muchos más como yo” – suele llevar a una demanda de contraste de la información.

Mi impresión es que el proceso que lleva a la firma es tan libre de fricción y tan sencillo, que el apoyo más “serio” o meditado suele en muchos casos tener lugar tras la misma, después – y no en todos los casos – de un proceso de comprobación. Pero el resultado final es una tangibilización de la protesta o de la causa, una visualización del apoyo a la misma que, aunque pueda estar levemente mediado por problemas de fiabilidad como el uso de múltiples votos por persona – bien por tratar equivocadamente de “ayudar” más, o al revés, por intentar “desacreditar” los métodos utilizados para la consecución del apoyo.

Tras la obtención de más información, surge una fase de identificación, que en muchos casos termina en un apoyo presencial, en el activismo de calle de toda la vida. Por supuesto, existe, como ha existido siempre, un embudo de conversión: no todo el que apoya una causa firma a favor de la misma o llega a manifestarse por ella, pero todos los estudios indican que la conversión final en acción de calle es superior entre quienes firmaron, lo que sitúa al clicktivismo en un factor fundamental en la mejora de ese proceso.

¿Puede el clicktivismo llegar a suponer un deterioro del activismo en su conjunto? Mi impresión es que no. Que como mucho puede llegar a suponer una cierta trivialización de algunas causas, una entrega de apoyo en forma de firma a cuestiones que no lo habrían recibido de no ser por mediar una fricción tan escasa, pero que es una cuestión que se corrige a lo largo de ese citado embudo de conversión. El clicktivismo nos convierte en ciudadanos más reactivos y más conscientes, y permite en no pocos casos anticipar o facilitar acciones de corrección. En muchos sentidos, el clicktivismo permite visualizar un cierto “termómetro social”, una demostración de apoyo o de sensibilización ante un tema que creo que va a ser cada vez más tenido en cuenta.

Asimismo, es importante poner de manifiesto que las acciones que, asociadas o no a campañas de este tipo, proponen el boicot como forma de protesta son completa y perfectamente legítimas. La idea de que un boicot es de alguna manera “antidemocrático” es completamente absurda: lo que un boicot supone es que un cierto número de ciudadanos voten con sus acciones o, en algunos casos, con su bolsillo, y supone una manifestación perfectamente democrática. Los proponentes de un boicot, siempre que no utilicen métodos antidemocráticos para tratar de imponerlo, están pidiendo apoyo a una manera de exteriorizar un apoyo o una protesta: pocas cosas hay más democráticas que esa. Tratar de desacreditar el clicktivismo (en lugar de intentar mejorarlo proponiendo su mejora desde un punto de vista técnico) o de supuestamente criminalizar el boicot son simplemente los métodos que las estructuras tradicionales buscan para tratar de resistirse a su impacto.

El clicktivismo, los boicots y las acciones afines son, como tales, métodos adecuados a los tiempos que nos ha tocado vivir: una manera de adaptar los mecanismos de respuesta de la sociedad a un entorno bidireccional, en el que todos podemos difundir nuestra opinión gracias a herramientas sencillas y al alcance de todo el mundo. Tras el fin de un mundo en el que solo aquellos que tenían llegada a los medios de comunicación masiva o al control de una organización establecida como tal podían pensar en hacerlo, estos métodos son, sin duda, algo muy a tener en cuenta.

 

(This post is also available in English in my Medium page, “Clicktivism: an empowering response to changing times“)

Los editores y su trastorno de identidad disociativo

Escrito a las 3:01 pm
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Dr. Jekill and Mr. Hyde

Los movimientos posteriores al anuncio del anteproyecto de modificación de la ley de propiedad intelectual que pretenden establecer el canon de la AEDE están dejando claras muchas cosas: la primera de ellas, que el movimiento tiene mucho de corrupto, de reparto irregular y tendencioso de dinero con el fin de comprar “buena prensa”, o mejor, “propaganda”, de cara a un año electoral.

Algo que evidencia la necesidad imperiosa de imponer mecanismos de transparencia radical en el reparto de la publicidad institucional entre los diferentes medios, principal moneda de cambio que el gobierno está utilizando en esa especie de bazar en el que han caído ya los directores de La Vanguardia, El Mundo y El País. El gobierno actual, como ya hicieron los anteriores, se ha apuntado a repartir el dinero de los ciudadanos de forma discrecional y sin ningún tipo de mecanismo de control más allá del “cuánto le damos a este o a aquel”.

En tan edificante panorama, la promesa de un pago a los medios por parte de los agregadores introducida a última hora en el texto de la ley por Soraya Sáez de Santamaría es, simplemente, un elemento más de esa “compra de voluntades”. Un pago, además, que pretenden recaudar mediante una entidad de gestión, en modo supuestamente “irrenunciable”, y sometido a criterios tan carentes de lógica como “las pérdidas en las que haya incurrido cada medio”, impresionante manera de incentivar la mala gestión y la inadaptación al medio. Básicamente, más de lo mismo: recaudemos de donde se pueda, que ya lo repartiremos según nos convenga.

Pero lo más interesante, si cabe, es la evidencia de enormes diferencias en eso que se ha dado en llamar “los editores”: en primer lugar, entre los miembros de AEDE y el resto. No existe ninguna razón, más allá de un supuesto elitismo, que lleve a pensar que “unos son más editores que otros”, y sin embargo, podemos ver ya las evidentes diferencias entre la posición de los medios pertenecientes a AEDE y las de, por ejemplo, aquellos asociados a la Asociación de Editores de Publicaciones Periódicas, AEEPP. Mientras los primeros hablan de supuestos “robos”, los segundos, en boca por el momento de diarios como 20Minutos mencionan a los agregadores como aliados, colaboradores y fuente de oportunidades.

AEDE, por el momento, está logrando un hito histórico: superar en antipatía y en reacciones adversas el nivel que consiguió en su momento la SGAE. La perspectiva del canon de AEDE ya ha conseguido, por ejemplo, que los usuarios de un sitio como Menéame se auto-organicen para votar negativamente las noticias de los medios pertenecientes a esa asociación para que no lleguen a portada, e incluso de desarrollar plugins para marcarlos en rojo y que no sean votados ni por error, o para que te avise si intentas visitar sus páginas desde tu navegador. Las acciones de rechazo llegan hasta hackeos de su (primitiva, por decir algo) página web, una aplicación de móvil para consultar medios no inscritos en AEDE, o páginas de movilización. Lo siguiente, seguramente, será promover acciones como el unfollow masivo de esos medios en redes como Twitter, Facebook o Google+, siguiendo el ejemplo vivido recientemente por el presidente turco, Abdullah Gul, y que le costó perder casi cien mil followers. O un boicot, que contrariamente a lo que algunos pretenden implicar, no deja de ser una opción completamente legítima y democrática.

Pero más allá del trastorno de identidad disociativo entre los editores de AEDE y el resto de la profesión, se evidencia algo todavía más llamativo: la misma disfunción existe dentro de las redacciones de los propios medios de AEDE. Por razones obvias no puedo poner vínculos en esta parte, pero desde el anuncio de esta medida he tenido oportunidad de hablar con más de diez personas en medios digitales de esta asociación, y aún no he encontrado a ninguno de ellos que se mostrase a favor de la reforma o del canon de AEDE. Es posible que haya tenido muy mala suerte, pero repito: no he encontrado a ninguna persona que, trabajando en un medio digital, defendiese la idea de cobrar un canon a quienes simplemente utilizan el titular y un breve snippet de sus noticias para enviar tráfico a sus medios.

Posiblemente, lo mejor que podría hacer AEDE es… encontrarse a sí misma y dar marcha atrás. Plantearse que cuando ni los propios trabajadores de tu parte digital están de acuerdo contigo, es que tienes un serio problema. Que no vas a poder pretender que rentabilicen nada si eliminas de la ecuación factores como el tráfico que les traían los agregadores. Y que, o mucho me equivoco, o lo que ha logrado AEDE, además de provocar importantes daños colaterales a terceros, ha sido poner a Google en una situación de auténtica trampa diabólica: aunque desde un punto de vista de recursos económicos pudiese llegar a plantearse el pago, no puede hacerlo, porque eso significaría traicionar la naturaleza abierta de la web y poner a todo el resto de países del mundo a la cola. Sinceramente, dudo muchísimo que eso pueda llegar a pasar.

Al final, nada bueno para AEDE. Es lo que tiene poner el periodismo y la línea editorial en función de la compraventa de favores con el gobierno de turno.

 

(This post is also available in English in my Medium page, “Spain newspapers, so out of step with the digital age“)

La batalla por las llamadas de voz

Escrito a las 4:22 pm
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IMAGE: Bruno Passigatti - 123RFHubo un tiempo, no hace tanto, en el que la comunicación dependía de un número. Poder llamar a alguien era prácticamente la única manera síncrona de comunicarse con alguien a distancia, superando la asincronía de una carta o un telegrama. El número de teléfono era tan central e importante, que determinaba con quién podíamos o no comunicarnos, y necesitábamos dedicar un ratito a buscarlo en una agenda y teclearlo en el teléfono (o antes, a hacer girar un disco de esos cuyo funcionamiento un adolescente actual es casi incapaz de entender).

Con el tiempo, la telefonía se hizo móvil, y las agendas se convirtieron en un suplemento a nuestra memoria. Nuestro cerebro se acostumbró a no memorizar más números que el nuestro para poder dárselo a otra persona – o ni eso. El número como clave en una base de datos empezó a perder protagonismo, y a convertirse en algo secundario, restringido al momento de su indexación: “dame tu teléfono”, como forma de abrir un canal de comunicación que, una vez inaugurado, ya no precisaba de la memorística ni de ningún papelito o agenda física.

Como ya comenté en varios medios a raíz del anuncio de la operación, la desmesurada adquisición de WhatsApp por parte de Facebook solo puede entenderse, y de manera limitada, si la planteamos como la ofensiva final al reinado de las operadoras sobre las llamadas de voz, algo que se evidencia en el anuncio realizado hoy mismo por Jan Koum en el Mobile World Congress de Barcelona: la compañía ofrecerá llamadas de voz a partir del segundo trimestre de este año, ya a la vuelta de la esquina.

Las llamadas de voz son un reducto interesante: en su momento, la irrupción de Skype provocó que las operadoras se lanzasen a una estrategia de tarifas planas en todos aquellos países en los que no las tenían ya, con el fin de evitar que el momentum y la propuesta de valor de aquella startup provocativa y de rápido crecimiento alcanzase la totalidad de su línea de productos. Tras la llegada de las tarifas planas a nivel nacional, Skype ya no tenia tanto sentido como medio para sustituir a unas llamadas de voz nacionales que suponían entonces el grueso de la facturación de las compañías telefónicas, pero sí mantuvo su atractivo para las carísimas llamadas internacionales: en enero de 2010, Skype ya suponía el 12% de todos los minutos de llamadas internacionales, una cifra que pasó a ser del 25% un año después, y que se ha mantenido en crecimiento desde entonces. Casi todos los usuarios los que eran suficientemente versados en tecnología y tenían una necesidad sistemática de comunicarse con alguien en el extranjero optaron por llamar a través de Skype.

Las operadoras, que ya vieron cómo WhatsApp convertía en humo a toda velocidad los ingresos derivados del fenómeno SMS, podrían ver ahora cómo la idea de cobrar por las llamadas de voz se convierte también en algo ilusorio a la misma velocidad: no importa que la tecnología sea ya muy antigua, que técnicamente esté disponible desde hace muchos años o que haya un buen número de competidores ofreciéndola; lo que importa es la velocidad de implantación y popularización, la gestión del proceso de sustitución.

La otra gran duda es, claro, hasta qué punto es la voz un negocio tan importante: nuestros teléfonos ya tienen de teléfonos únicamente el nombre, ya no son dispositivos para transmitir sonido, sino datos, y pasan muchísimo más tiempo en nuestras manos que en nuestras orejas. Cuanto más descendemos en edad, el efecto es aún más acusado: muchos jóvenes podrían prescindir completamente de su tarifa de voz, porque sencillamente no la usan para prácticamente nada que no sea llamar a sus padres o abuelos. Si el plan de Facebook con WhatsApp es provocar la disrupción definitiva del mercado de la comunicación por voz, es posible que esté llegando tarde a una tarta cada vez más pequeña y menos significativa. Además de encontrarse con Microsoft y su Skype, con Google y sus hangouts, y con infinidad de competidores como Line, Viber y otros, se encontraría en un mercado de rendimientos claramente decrecientes, con competidores que ofrecen el servicio de manera gratuita o a precios ridículamente bajos, con unas operadoras resignadas a perder o ver enormemente reducida la que fue su fuente de ingresos histórica durante décadas, y con unos hábitos sociales que cada vez optan en más situaciones por esquemas no basados en la comunicación verbal.

Adiós al número de teléfono: comunicación cuando quieras, en el formato que quieras – texto, voz o incluso vídeo – con cualquier persona que esté en tu red social. Redes sociales convertidas en la nueva agenda de contactos – algo que ya vivimos todos los que la sincronizamos la agenda de nuestro smartphone con Gmail, con Facebook, con LinkedIn o con los todos a la vez – y comunicación establecida en base a la persona, no a un dispositivo ni a un número. El escenario del futuro está más que anticipado. Pero… ¿valía la pena para posicionarse en él llevar a cabo una adquisición de… 19.000 millones de dólares?

 

(This post is also available in English in my Medium page, “The battle for the voice call market“)

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