El Blog de Enrique Dans

La web social y los trastornos de personalidad múltiple

Escrito a las 6:37 pm
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IMAGE: Tom Wang - 123RFEs un tema de discusión cada vez más recurrente: a medida que el uso de la web social se populariza, van surgiendo dudas sobre el uso que hacemos de la misma, y en particular, sobre la necesidad o no de mantener perfiles múltiples de acuerdo a nuestras actividades.

La respuesta, por supuesto, no es sencilla. Cada persona tiene unas circunstancias propias, y tratar de marcar normas de uso general puede resultar, en muchos casos, completamente absurdo. El uso de una persona que simplemente posee una vida profesional y una personal razonablemente bien conciliadas puede no tener nada que ver con el de otra en la que, por ejemplo, destaque el uso profesional de las propias redes sociales, como es el caso de un community manager.

Sin embargo, sí existen una serie de condicionantes o ideas generales que creo que pueden ir derivándose de un uso progresivamente más generalizado. En primer lugar, que aunque parezca obvio, no todas las redes son iguales: los criterios que adoptamos para gestionar nuestra presencia en Facebook, Google+, LinkedIn o Twitter por ejemplo, no tienen por qué tener nada que ver, y ni siquiera tienen por qué resultar consistentes entre sí. Todo responde al tipo de uso, y hay tantos casos como circunstancias.

Pensemos en Facebook: una red originada en torno a lo personal, a la compartición de circunstancias estrictamente vinculadas al ámbito del individuo (originalmente, además, a un tipo de individuo muy concreto que hacía su vida en un campus universitario y cuyas preocupaciones en el ámbito de la privacidad no eran especialmente preocupantes), y que sin embargo, de manera progresiva, va acomodando funciones relacionadas con lo corporativo o lo comercial. Facebook deja perfectamente claro que sus perfiles son estrictamente personales: una persona, no una empresa, ni un seudónimo, ni un perro, ni un gato. Si quieres presencia en Facebook para tu empresa, tu mascota o tu personaje ficticio, la herramienta no es el perfil, sino la página. Si creas dos perfiles diferentes, estás en principio violando los términos de uso, y si alguien reporta tu perfil por razones como que no corresponde a una persona o que hace uso de un nombre falso, te puedes encontrar con un borrado del mismo. En estas circunstancias, parece claro que el uso de esta red está bien delimitado: puedes gestionar cuantas páginas estimes oportuno o te requieran profesionalmente, pero tu perfil es, en principio, uno. Para gestionar a qué información tuya acceden otros, se usan las preferencias de privacidad, con todo lo que ello conlleva.

Google+ adopta una aproximación similar. Hablamos de una herramienta que no es una red social, es decididamente otra cosa mucho más relacionada con la reinvención que la propia Google hace de sí misma, y en la que el uso gira de nuevo en torno a la idea de la personalidad única. Un perfil, que extiende su uso a prácticamente todo lo que haces en la web, desde buscar, a comentar, compartir, etc. Como en el caso de Facebook, admite la creación de páginas, aunque la identificación con lo corporativo en este caso parece mayor – o no está aún suficientemente asentada, dada la relativa novedad de esta red.

LinkedIn permite llevar al límite el razonamiento: como red orientada a lo profesional, prácticamente nadie duda que el perfil en LinkedIn es único, entero y verdadero. Que una persona maneje varios perfiles diferentes en LinkedIn es algo claramente anómalo y difícil de justificar, aunque – de nuevo – pueda gestionar, por ejemplo, la presencia de una compañía. Un emprendedor puede hipotéticamente tener su perfil personal, listar su compañía como su puesto de trabajo, y a la vez gestionar la ficha de dicha compañía a la hora de hacer publicidad o procesos de selección de una manera completamente natural. Pero como persona, de nuevo, somos solo una.

Hasta aquí, y sin ánimo de ser exhaustivo, redes con énfasis en lo personal. ¿Puedes crear varios perfiles personales en ellas? Por supuesto, pero en primer lugar puede que estés incumpliendo los términos de uso, y además, te resultará relativamente incómodo gestionarlos, tendrás que usar diferentes navegadores, o  estar haciendo login y logout. Si en esas redes quieres gestionar tu persona y, en paralelo, una presencia corporativa, adelante, pero no deberían ser perfiles, sino páginas (o sus equivalentes). Si te empeñas en mantener personalidades diferentes, como si fueses un adolescente empeñado en ocultar cosas a sus padres… tienes un problema (no sé si psicológico, no soy quién para juzgar eso, pero sí de planteamiento :-)

Twitter, sin embargo, es diferente. Hablamos de nuevo de una red social que no responde estrictamente a tal definición, y que en ningún momento restringe el uso de múltiples cuentas. Puedes abrir y gestionar las que quieras, sin incumplir ningún tipo de restricción expuesta en los términos de uso. Tampoco ofrece herramientas dedicadas a la gestión de lo personal frente a lo corporativo, ni prácticamente nada en lo tocante a privacidad: salvo que tu cuenta esté protegida, y se cree que menos del 10% lo están actualmente (y decreciendo), todo lo que compartas es público, con todo aquel que lo quiera leer, te siga o no. Todo aparece en buscadores. En esas circunstancias, utilizar la red con un cierto sentido común que balancee lo personal y lo profesional resulta muy recomendable, y gestionar varias cuentas puede resultar razonable si pretendes mantener esferas de actuación separadas en, por ejemplo, lo personal y lo profesional, y más aún si la gestión de una cuenta de Twitter cae dentro de dichas responsabilidades profesionales. En ocasiones, puede incluso ser recomendable directamente ocultar la identidad: no debemos olvidar que si alguien es un perfecto imbécil en Twitter es, seguramente, porque es un perfecto imbécil fuera de Twitter, y eso puede condicionar cuestiones como su empleabilidad – yo al menos procuraría con todas mis fuerzas no contratar y no tener que trabajar al lado de un perfecto imbécil (y si a alguien le parece algún tipo de discriminación, lo siento, pero defiendo el derecho de cualquiera a no contratar a imbéciles).

Las redes sociales, por otro lado, están alimentado, como comenté en su momento en uno de los capítulos de mi libro, un neohumanismo que cuestiona muchas de las fronteras entre lo personal y lo profesional. A mí me gusta discutirlo hablando del “ser” frente al “estar”, o enfrentando la dualidad de “lo que eres” frente a “lo que haces”. Tengo pocas dudas sobre que yo “soy” Enrique Dans, y mañana seguiré siendo Enrique Dans. Pero estar, “estoy” de profesor en IE Business School, y el hecho circunstancial de que haya “estado” ahí los últimos veintidós años no impiden que mañana (o dentro de un mes, si suponemos un civilizado preaviso) pueda estar en otro sitio. De ahí surgen discusiones que si bien en mi caso no dejan demasiadas dudas, si lo hacen en otras circunstancias: ¿de quién son los seguidores de una cuenta de Twitter de un profesional de los medios, que ha conseguido en gran medida gracias a la visibilidad que le ha otorgado el trabajar en ese medio? ¿Es razonable que si ese profesional ficha por otro medio arrastre a esos seguidores consigo? ¿Seguían al profesional en cuestión o a su papel en el medio? No es una discusión con un resultado completamente obvio, y de hecho, ha sido objeto de litigios que han llegado en ocasiones a los jueces.

Del mismo modo, muchos directores generales, presidentes o figuras visibles en el entorno corporativo optan por una presencia basada en lo personal, aunque ello no impida que entren en discusiones o en defensa de su marca cuando lo estimen oportuno. En muchos casos, eso supone un beneficio para la marca, aunque en otros podría llegar a suponer un perjuicio. Para un emprendedor, por ejemplo, se suele recomendar mantener una personalidad única que traslade empatía personal a su proyecto, mientras que en los entornos más conservadores del mundo corporativo se suele – o se solía, y esto está en rápida evolución – abogar por la separación, o incluso por la ausencia. No olvidemos que en determinadas circunstancias, la comunicación pública del responsable de una empresa podría incluso llegar a ser interpretada como un forward-looking statement, y llegar incluso a estar regulado… aunque todo indica que este tipo de restricciones también están relajándose progresivamente y terminarán por cambiar.

He llegado a ver, incluso, grandes empresas que directamente intentan regular la presencia de sus empleados en las redes sociales, postulando principios en los que prohiben la expresión pública de pertenencia a la compañía en perfiles personales con el fin de, teóricamente, evitar problemas derivados de actuaciones o manifestaciones personales. Un tipo de actuación de legalidad cuestionable, que entra de lleno en la restricción de la libertad de pensamiento o de la libre expresión, y que únicamente es matizable con respecto al mínimo sentido común que no recomienda dedicarte, desde tu perfil personal, a insultar a tu jefe o al presidente de tu consejo de administración.

La respuesta, como vemos, dista mucho de ser obvia, y depende de factores que van desde el tipo de red a las circunstancias de la persona, además de estar indudablemente sujetos a un fuerte componente de evolución. Gestionar varios perfiles es más incómodo que hacerlo con uno solo, y es algo que, en lo personal, intento evitar todo lo que puedo. Pero sin duda, hablamos de una discusión y de unos planteamientos que cada día vamos a encontrarnos más a menudo, y sobre los que conviene ir formándose algún tipo de composición de lugar.

 

(This post is also available in English in my Medium page, “Social web and multiple personality disorder“)

El permanente reto de la duración de la batería

Escrito a las 2:10 pm
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IMAGE: Kheng Guan Toh - 123RF

Hace ya bastantes años que la electrónica de consumo se convirtió en una industria de primera magnitud. Con el avance de la portabilidad, la duración de las baterías se convirtió en uno de los grandes retos a superar: la batería es con mucho el componente que más espacio ocupa en cualquier móvil o tablet, y aún así, seguimos encontrándonos en muchas ocasiones con un dispositivo que no nos aguanta un día completo o que nos deja tirados en algún momento especialmente inoportuno.

Con la miniaturización de dispositivos, como en el caso del smartwatch, la duración de la batería vuelve a representar un reto fundamental: la acumulación de capacidad de proceso y de funciones exigidas a este tipo de gadgets genera una fuerte presión sobre el consumo de batería , lo que, unida al cambio conceptual que supone pensar en el reloj como algo que haya que recargar todas las noches o que nos deje tirados en cualquier momento, provoca desafíos difíciles de superar. Frente a la simplicidad del primer smartwatch relativamente exitoso, el Pebble, dotado de una pantalla de e-paper con una discreta retroiluminación que se activa al dar una sacudida a la muñeca y cuya carga puede durar tranquilamente entre cinco y siete días, dispositivos como el Samsung Galaxy Gear, dotados de brillantes pantallas a color, cámara e infinidad de funciones parecen estar obteniendo críticas generalmente malas y protagonizando cifras de devoluciones en el canal superiores al 30%. En el caso del próximo smartwatch de Google, la reducción del consumo de batería ha sido citado como uno de los factores que han demandado un trabajo más intenso.

Con la tecnología del ion de litio ya presuntamente exprimida hasta el limite, y a la espera de desarrollos como los supercondensadores, mi opinión es que la solución podría venir de ideas como las que se apuntan en otro ámbito: la automoción. Uno de los grandes desarrollos protagonizados por esa empresa revolucionaria dentro de la industria llamada Tesla ha sido el de las swappable batteries, baterías intercambiables: básicamente, dar la opción a sus usuarios de, al llegar a cualquiera de las estaciones de servicio de su red propia, poder hacer una carga completa de batería de forma gratuita en setenta y cinco minutos (o de treinta minutos para una autonomía de doscientos kilómetros) mientras se detienen a tomar algo y a descansar, o bien hacer un cambio de batería que se lleva a cabo en poco más de un minuto y supone un coste adicional.

La idea del cambio de batería es algo que llevo poniendo en práctica con mis teléfonos desde hace muchísimo tiempo: desde hace varios años, tiendo a rechazar más allá de la prueba circunstancial aquellos terminales en los que no se puede cambiar la batería. Con cada terminal que pienso utilizar un cierto tiempo, adquiero una o dos baterías adicionales (y a veces incluso una base de recarga), y llevo a cabo una rutina que me permite llevar habitualmente encima una batería extra completamente cargada. Llegada “esa hora del día”, simplemente abro el teléfono y la cambio. Sin embargo, la felicidad no es completa: un cambio de batería exige apagar el terminal completamente y volver a encenderlo, algo que da una cierta pereza y que podría evitarse mediante una pequeña batería interna que aguantase unos pocos minutos.

La pregunta es: ¿por qué no adoptar esta idea de las baterías intercambiables mediante modificaciones en el diseño de los terminales que hiciesen tan sencilla la operación como un “levantar una tapa y empujar la batería agotada con la nueva”, al tiempo que esa batería interna mantiene el teléfono en operación? Un cambio de enfoque similar al adoptado por Tesla en sus automóviles, que podría representar una comodidad opcional para aquellos que consideran que su dependencia del dispositivo hace poco recomendable prescindir de él cuando el día se hace largo, o que sencillamente simplificaría la tarea de carga no obligando a depender de un cargador y de la disponibilidad de suministro eléctrico.

A medida que la electrónica de consumo y la portabilidad se convierten en circunstancias de nuestro día a día, la duración de las baterías se torna en uno de los factores más limitantes a su desarrollo. Frente a terminales cerrados y con baterías inaccesibles, ¿podría la idea del battery swap convertirse en una tendencia a seguir?

 

(This post is also available in English in my Medium page, “The unanswered challenge of short battery life” and was selected for the “Editor’s Picks” collection)

¿Arreglar internet, o arreglar el mundo?

Escrito a las 2:47 pm
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IMAGE: Tomas Griger - 123RFEs una de las quejas más frecuentes que se escuchan sobre la progresiva popularización y desarrollo de la red: que ha dado lugar a un entorno incontrolado y carente de regulación que es preciso, de alguna manera, “arreglar”.

Una gran parte del esfuerzo de los políticos de medio mundo se dedica a intentar crear regulación que adapte las prácticas que surgen en la red al entorno en el que vivíamos antes de su aparición, como si ese entorno representase el culmen de la civilización y debiese ser preservado a toda costa de las hordas de barbarie que surgen de la red.

La pregunta, claro, surge de manera casi inmediata: ¿realmente debemos invertir tantos esfuerzos en intentar adaptar el funcionamiento de la red, “arreglarla” para que funcione como lo que conocíamos antes de ella? ¿O en realidad la red está perfectamente, responde a unos esquemas intrínsecamente más avanzados y basados en unos parámetros que de ninguna manera van a volver atrás, y lo que tenemos que arreglar, en realidad, es el funcionamiento del mundo tal y como lo conocemos?

La frase “arreglar el mundo”, como tal, evoca connotaciones idealistas, grandilocuentes y prácticamente absurdas. Pero pensemos en algunas de las estructuras que la red pone en evidencia: si empezamos por la económicas, por ejemplo, podríamos hablar de las reclamaciones de los gobiernos ante las prácticas fiscales de muchas empresas – no solamente “empresas de internet”, suponiendo que ese concepto de “empresa de internet” tuviese algún sentido en una era en la que ya prácticamente todas lo son – que recurren a sistemas de facturación cruzada y a paraísos fiscales para eludir el pago de impuestos en determinados territorios y minimizar así el peso total de su contribución fiscal. ¿Estamos ante un problema de esas supuestas “empresas de internet”, o más bien ante un problema de diseño del sistema fiscal en su conjunto, que permite este tipo de prácticas? Todas las evidencias apuntan a que las empresas que llevan a cabo ese tipo de prácticas se encuentran muy bien asesoradas, y no están haciendo nada ilegal: lo que falla no son ellas, sino el sistema. En un mundo condicionado por los principios de soberanía fiscal de cada país, algunos de esos países deciden ser “peores vecinos” que otros, y posibilitan una estructura que permite la evasión fiscal, estructura que además está en la raíz de la viabilidad económica de muchos de esos territorios. El problema no son las prácticas de Amazon o Google, sino el hecho de que existan paraísos fiscales y legislación que permita hacer lo que, con ayuda de la tecnología, han descubierto que pueden legalmente hacer.

Otro ejemplo, igualmente obvio y procedente del ámbito de la política: vivimos en un mundo en el que las actividades de espionaje forman parte de la práctica común de los gobiernos de muchos países. Pero llega uno de esos países, que casualmente es el que desempeña un supuesto papel hegemónico en el mundo, y abusa de dichos sistemas aprovechando, entre otras cosas, el hecho de que la mayoría de las empresas y las estructuras de poder sobre las que se asienta la red que conocemos están radicadas en su territorio. Ese país decide conscientemente abusar de su dominio, supuestamente por razones de seguridad pero, en realidad, con evidencias palmarias de que pretende apoyarse en dicho esquema de espionaje global para lograr un dominio sobre el mundo, siguiendo un esquema que sería digno de cualquiera de los malvados megalómanos de las películas de James Bond. ¿Debemos modificar los esquemas de la red para que ese espionaje sea cada vez más difícil de llevar a cabo, generando con ello una especie de escalada armamentística digna de los peores momentos de la guerra fría? ¿Debemos empezar a pensar en llevar todos puesto un gorro de papel de aluminio a todas horas? ¿O deberíamos mejor pensar en modificar el esquema por el que se rige el mundo, y condenar al ostracismo económico y político a los países que lleven a cabo acciones de espionaje injustificables como las recientemente evidenciadas?

¿O, porque no, directamente cuestionar esa hegemonía norteamericana, y pensar, como sugería recientemente la agencia oficial china Xinhua News, en un mundo desamericanizado? Sin entrar en lo irreal de este tipo de planteamientos, y mucho menos en lo recomendable o no de sus alternativas, lo cierto es que dependemos de una potencia mundial que gasta muchísimo más de lo que tiene, que lleva a cabo acciones militares cuando quiere con planteamientos basados en mentiras, que asesina a personas utilizando drones teledirigidos en países en los que no tiene ningún tipo de legitimidad para actuar, que pone en peligro cíclicamente a toda la economía mundial con amenazas de impago de su deuda, y que, además, ha demostrado ser un muy mal socio capaz de espiar a todo aquello que se mueve, sea amigo o enemigo. Unos Estados Unidos que cada día se parecen más a las peores parodias de las peores películas que producen.

Obviamente, la idea de construir un mundo en el que los sistemas de soberanía nacionales fuesen cosa del pasado y se actuase con unos criterios globalizados que evitasen muchos de los problemas que hoy vivimos es, a principios del sigo XXI, una completa utopía. Pero sí resulta interesante plantearse que lo que el progresivo desarrollo y popularización de la red ha hecho no es plantear problemas nuevos, sino evidenciar los que ya existían hasta el punto de convertirlos en situaciones absurdas y cada día más insostenibles. Y que todos los esfuerzos destinados a “arreglar internet” son, en realidad, intentos desesperados de un establishment que demuestra su inadaptación a un escenario en el que la información circula con libertad prácticamente absoluta, y las necesidades de transparencia son infinitamente más críticas.

¿Debemos realmente seguir intentando “arreglar internet”? ¿O deberíamos empezar a plantearnos cómo arreglar el mundo? La red no provoca las crisis: la red, en realidad, es la prueba que pone de manifiesto que estamos llegando al fin de una época, y que muchos de los esquemas y estructuras con los que se organizaba el mundo van a tener que cambiar.

 

(This post is also available in English in my Medium page, “Fix the internet, or fix the world?“)

Adiós a la era del minuto

Escrito a las 2:53 pm
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Old phonesEl anuncio de las nuevas tarifas de AT&T en los Estados Unidos marca el fin de la era del minuto y, de paso, termina teóricamente de matar cualquier forma de referirse con corrección a nuestros terminales que incluya variaciones de los términos “teléfono” o “phone”.

En el mercado norteamericano actual, la práctica totalidad de los planes disponibles en los operadores principales han eliminado de sus tarifas toda referencia a los minutos de voz, y ofrecen sencillamente tarifas planas de voz y SMS ilimitadas por defecto. La única manera de encontrar tarifas acotadas en función de minutos de voz es buscar ofertas baratas especializadas en el mercado de las personas mayores. En España, este desplazamiento del mercado empieza también a apuntarse como tendencia, pero por el momento solo es claramente visible en uno de los tres operadores principales.

Los terminales que desde hace ya muchos años todos llevamos encima prácticamente en todo momento han experimentado una evolución que no por anticipada, ha dejado de ser interesante. Desde aquellos primeros años que ofrecían estrictamente “teléfonos móviles” diseñados y utilizados para la función de voz, a terminales como los actuales, con enormes pantallas pensadas fundamentalmente para la visualización y el acceso a datos de todo tipo. Aparatos que acercamos a nuestras orejas de manera cada vez más circunstancial, y que por lo general pasan mucho más tiempo con nuestras manos sujetándolos ante nuestros ojos. Un efecto que comenzó, como en tantos otros casos, por los más jóvenes, los primeros que comenzaron a abandonar masivamente las llamadas de teléfono o a recurrir a ellas casi únicamente en caso de emergencia, pero que actualmente se extiende a cada vez más demográficos. Hoy en día, la frase “yo el móvil solo lo quiero para hablar por teléfono” se ha convertido en una característica de personas mayores o tecnológicamente desfasados, y cada día cuesta más encontrar modelos optimizados para ese uso.

La función comunicativa ha variado drásticamente. Un porcentaje importante de nuestra comunicación ha pasado a medios asíncronos o semi-síncronos como el SMS, el correo electrónico o – sobre todo – la mensajería instantánea, que también ha asumido muchas de las funciones de la comunicación síncrona. Al tiempo, tanto clientes como operadoras van abandonando los canales dedicados a la voz y convirtiendo ésta a tráfico de datos mediante variadas aplicaciones de voz sobre IP, liberando esa parte del espectro para el cada vez más significativo tráfico de datos. El consumo de datos escala de manera continuada, y los paquetes ofertados se convierten en insuficientes cada vez más rápido ante la demanda rápidamente creciente de los clientes.

A todos los efectos, ese aparato que llevamos en el bolsillo ha dejado de ser un teléfono, y se ha convertido en un ordenador pequeño. Nada que, en realidad, no llevásemos ya mucho tiempo viendo venir. Pero que en el mercado norteamericano, finalmente, ya ha llegado.

 

(This post is also available in English in my Medium page, “Goodbye to the telephone“)

Apple y el brandjacking en Twitter

Escrito a las 5:44 pm
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Brandjacking - Volkswagen (2006)Resulta interesante ver cómo tres de los considerados principales competidores de Apple compraron publicidad en Twitter coincidiendo con el anuncio del nuevo iPad Air por parte de la compañía en el evento del pasado día 22. Los tweets patrocinados por LG, Microsoft y Samsung hacen referencias más o menos veladas al producto de Apple, pero sobre todo, aprovechan el fuerte impacto mediático de su lanzamiento para beneficiarse del valor de su marca.

La práctica, conocida como brandjacking, era una vieja conocida de los publicistas en los medios tradicionales. La campaña de Volkswagen de 2006 que ilustra esta entrada utilizaba el paisaje y la estética del icónico Marlboro Man, una imagen potente construida a lo largo de muchos años por una compañía diferente, para anunciar su producto en revistas, pero al menos trataba de conseguir simplemente un efecto llamativo, no una contraposición directa con el producto de un competidor mejor posicionado.

Que tres marcas potentes a nivel mundial escojan ese tipo de publicidad precisamente en el mismo momento para buscar una confrontación directa con Apple dice mucho del momento que vive la compañía, y de aquella frase que en su momento fue bastante citada: “el valor de la innovación no está en evitar que te copien, sino en conseguir que todos te quieran copiar“. O al menos, que todos quieran comparar su producto con el tuyo, que lo sitúen como clara referencia. Algo tendrá el agua cuando la bendicen.

Por otro lado, me llama mucho la atención cómo esta coincidencia resalta el valor y las posibilidades de Twitter como herramienta publicitaria, como un entorno en el que plantear reacciones de manera inmediata, exponerlas a dinámicas de difusión virales, y llevar a cabo una curiosa escenificación contemporánea de la rivalidad. En vísperas de la salida de Twitter a bolsa, el episodio de brandjacking llevado a cabo por LG, Microsoft y Samsung sobre Apple puede ser interpretado prácticamente como un buen augurio de sus posibilidades.

 

(This post is also available in English in my Medium page, “Apple and brandjacking on Twitter“)

Todo gratis, columna en Expansión

Escrito a las 10:01 am
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Todo gratis - Expansión (pdf, haz clic para leer)Mi columna de esta semana en el diario económico Expansión se titula “Todo gratis” (pdf), y habla de la decisión de Apple de pasar a ofrecer su software, tanto el sistema operativo como las aplicaciones, completamente gratis.

El movimiento de Apple en su última presentación de productos el pasado 22 de octubre ha recibido cierta atención en algunos medios y páginas, pero no sé hasta qué punto ha sido analizado en toda su extensión. ¿Puede una estrategia basada en regalar una parte significativa de tus productos hacerte ganar más dinero? De lo que hablamos es de una compañía que, estando en uno de los mejores momentos de su historia en cuanto a resultados, toma la decisión de dejar de cobrar por productos como el sistema operativo o el software, además de plantear rebajas de entre doscientos y trescientos dólares en una parte significativa de su gama de hardware con respecto a sus versiones anteriores.

En el hardware, muchas señales, y todas ellas interesantes: un ajuste de precios a la baja – a pesar de que, lógicamente y como no podía ser de otra manera, ley de Moore mediante, los productos tienen mejores prestaciones en todos los sentidos que los modelos anteriores – y aún así, un margen de fabricación que nadie en la industria es capaz de mantener, además de la relocalización del ensamblaje de uno de los productos, el Mac Pro, en los Estados Unidos. Pero es en el software donde el movimiento se convierte en más agresivo: gratis. Todo gratis. Y el anuncio de que no se trata de una excepción, sino que se convertirá en norma.

De cara a la rivalidad competitiva, un intento de jaque sin duda bien planteado: tanto el sistema operativo como las aplicaciones representan una fracción importantísima de los ingresos de Microsoft, que aunque ha hecho algún experimento con el precio cero para algunas versiones, las ha planteado más como actualización o como “corrección de trayectoria” más que como tendencia, mientras su evolución hacia el hardware crece, pero no con la pujanza que logra la marca de la manzana. El planteamiento de experiencia completa, de “paga el precio de mi hardware pero ya no te preocupes de nada más”, vinculado a la idea de plataforma continua de dispositivos entre los que se mueve la información que manejas sin prácticamente restricciones, puede ser muy potente para la compañía, además de ser marcadamente agresivo.

En el lado negativo, que todo indica que para Apple, pasar a la gratuidad implica reducir las prestaciones de sus productos, tal vez un paso previo a llevárselos a la nube. Las nuevas versiones de Pages y Numbers, pero sobre todo la de Keynote, son sensiblemente peores en todos los sentidos – prestaciones y experiencia de uso – que las anteriores. Por mi parte, tras instalarlas y probarlas, he decidido directamente volverme a las anteriores. Y que potencia y gratuidad parezcan ser incompatibles podría llegar a convertirse un problema para una marca desgraciadamente ya acostumbrada a alienar en múltiples ocasiones a sus usuarios más exigentes.

Demasiadas ideas para plasmarlas en una columna de trescientas palabras, así que hice lo que pude… a continuación, el texto completo:

 

Todo gratis

De la noche a la mañana, Apple ha pasado a regalar todo su software. ¿Quieres su nuevo sistema operativo? Bájatelo gratis si tienes un ordenador mínimamente moderno. ¿Proceso de textos, hoja de cálculo, programa de presentaciones? Lo mismo: gratis. ¿Suite de tratamiento de fotografías, vídeo o música? También gratis. ¿Qué tienen en común todas las nuevas versiones de software que Apple presentó el pasado martes? Todas son gratis.

Además, Apple actualizó gran parte de su gama de hardware: un ordenador de sobremesa, varios modelos de portátil, nuevos iPads… En todos los casos, sus máquinas mantienen el precio de los modelos anteriores menos potentes, o incluso  los rebajan, hasta en trescientos dólares.

¿Qué está pasando aquí? ¿Qué lleva a una compañía a renunciar al principio de la economía de mercado de “cobrar lo más posible”? ¿Por qué cambia las reglas así?

En primer lugar, percepciones. Compromiso: la empresa que te cobraba por algo, ahora te lo regala. Apple no quiere vender software o hardware: quiere vender experiencias completas. Pagas hardware, con un margen espectacular frente al resto de la industria, y el software viene puesto. Homogeneizar la experiencia de cliente, acelerar la adopción. Menos versiones en circulación, más facilidad para el mantenimiento, menos herencias de compatibilidad con versiones pasadas. Si no actualizas, ahí te quedas.

El siguiente paso es que el software, además de ser gratis, esté directamente en la red. Compra el ticket de acceso pagando por una máquina, usa software en la red, y guarda tus archivos también en ella, para utilizarlos cómodamente desde cualquier dispositivo. Para Apple, la entrada es una máquina, con un elevado margen. Para Google, es la publicidad. Para Microsoft, que obtiene el 25% de sus ingresos del sistema operativo… ya veremos.

 

(This post is also available in English in my Medium page, “Apple’s free ride“) 

La conectividad como norma de interacción social

Escrito a las 1:29 pm
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FoneraNo tengo más relación con Fon que la que me da el hecho de ser amigo de su fundador y que de vez en cuando me envíen sus novedades para probarlas, pero me ha gustado mucho su última fonera, la nueva iteración de su router inalámbrico: pequeñísima, de configuración extremadamente simple, desbloqueada para que pueda actuar como punto repetidor o como se quiera… y con una novedad que en principio no me llamó la atención, pero que me va gustando más cuanto más la pruebo: integración con Facebook.

¿Qué es eso de integrar un router con Facebook? Algo que de entrada me pareció poco más que una frivolidad, pero que tiene realmente mucho sentido: que puedas autenticarte en la red con tu cuenta de Facebook, y que, por tanto, puedas dar acceso a tu WiFi a partir de ahí a cualquier invitado que venga a tu casa, con que simplemente sea tu amigo en Facebook. Simplemente tiene que hacer login en tu fonera con su cuenta de Facebook.

La evolución de Facebook ha ido, lógicamente, experimentado una progresiva madurez: desde unos inicios, relativamente habituales en las primeras redes sociales, caracterizados por usuarios que prácticamente “competían” absurdamente por tener más amigos y los buscaban hasta debajo de las piedras y entre los recuerdos de su más tierna infancia (y no, aquella ex-pareja de tu juventud nunca está como tú la recordabas… ni tú tampoco :-) , hacia un modelo en el que lo típico es llevar a cabo un progresivo proceso de “poda” de tu red de contactos, excluyendo a aquellos que no son realmente amigos, y aplicando criterios cada vez más selectivos. En mi caso, al menos, me parece perfectamente adecuado pensar que si estás como amigo en mi perfil de Facebook, puedas pasarte por mi casa a tomar algo con cierta probabilidad, y si lo haces, puedas disfrutar de mi WiFi. Decididamente, una integración con sentido y un buen aporte de la capa social a algo como la conectividad, que requería compartir contraseñas escogidas con un mínimo de seguridad (y por tanto, relativamente farragosas a poco que sepas del tema, además de dar acceso posiblemente, a pocas habilidades que tengan tus invitados, a más recursos que la mera conectividad) o bien dedicarse a experimentar con la configuración del router para ofrecer una red de invitados, como la que ofrece la configuración por defecto de los Airport Extreme de Apple.

Pero más allá del producto de Fon, lo interesante es la reflexión a la que da lugar: vivimos en un mundo en el que las normas de cortesía han evolucionado hasta un punto en que lo hospitalario con un invitado, además de ofrecerle un café, es poner conectividad a su disposición. La conectividad ha pasado a ocupar un nivel progresivamente más importante en nuestra jerarquía de necesidades, en un fenómeno que seguramente haría reflexionar al mismísimo Maslow sobre su pirámide. En una empresa, una red abierta y bien etiquetada para invitados es como una sala de espera cómoda, y es valorada infinitamente mejor por muchos invitados que el típico taco de revistas o la prensa del día – que normalmente languidecen mientras el invitado aprovecha la espera para enterarse de la actualidad con su smartphone. Ofrecer conectividad se ha convertido en un detalle de hospitalidad, en una norma social de aceptación cada vez más generalizada, en algo que los amigos – que directamente asumen que vas a tener WiFi – reclaman cuando llegan a tu casa, y que diferencia a los habituales – los que ya tienen la clave de tu WiFi memorizada – de aquellos que no lo son. Que sí, que todos tenemos conectividad en nuestros terminales sin necesidad de WiFi… pero no es lo mismo.

Vivimos vidas hiperconectadas, y queremos tener buena conexión hasta cuando estamos en casa de unos amigos, aunque ello no quiera decir que vas a estar como un autista consultando tu terminal en vez de hablar con ellos. Una curiosa y natural integración de la tecnología en las normas, usos y costumbres sociales, y sin duda una evidencia más del papel que el acceso a la información ha pasado a jugar en nuestras vidas.

 

(This post is also available in English in my Medium page, “Connectivity: a new norm of social relations“)

Line, el éxito y las métricas inadecuadas

Escrito a las 7:58 am
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Line stickerUna conversación con un buen amigo y ex-alumno coreano que me preguntaba por el éxito de la aplicación de mensajería instantánea Line en España me ha llevado a hacer un poco de investigación en el tema, que de por sí tenía ya bastante estudiado a raíz de mi vinculación como asesor con la española Spotbros.

Cuando hace algunos meses mi amigo me hizo la misma pregunta, Line estaba vendiendo activamente a sus inversores la importancia de su éxito en el mercado español como prueba de concepto para su expansión internacional. Mi opinión fue, simplemente, que aquel supuesto éxito distaba mucho de serlo: que Line había invertido mucho dinero en una campaña masiva y completamente convencional en medios masivos y había logrado en consecuencia unas buenas cifras de conocimiento de marca y de descargas, pero que el nivel de uso estaba muy por debajo de lo esperado.

Ahora, Line vuelve a la carga ante los analistas internacionales hablando de quince millones de descargas en España y de más de un millón de suscripciones a canales como los de Rafael Nadal, el Real Madrid y el Barcelona, pero mi planteamiento vuelve a ser exactamente el mismo: el nivel de uso real de la aplicación es sumamente bajo.

Estamos, claramente, ante un problema de métrica errónea: las descargas de una aplicación gratuita pueden representar muchas cosas, pero no necesariamente el éxito de la misma. En el caso de Line, el éxito vendría representado por la cifra de usuarios habituales, por un lado, y por la venta de productos como stickers, juegos, etc. ¿Está Line, que en ningún momento ofrece datos de ningún tipo sobre estas variables, siendo realmente un éxito en el mercado español? ¿O nos enfrentamos, más bien, a un caso de enormes costes de captación por cliente debidos a campañas de comunicación convencionales desmesuradas con estrellas mediáticas y contratos con entidades de elevada popularidad, pero a un nivel de uso real sumamente bajo?

La propia dirección de la compañía reconocía la semana pasada en el diario Expansión que España estaba siendo para ellos un mercado menos competitivo de lo esperado, y que “los consumidores no son dados a cambiar de aplicación como en otros países, sino que son usuarios de servicios por un largo periodo de tiempo”. La percepción de la directiva de Line no me parece especialmente correcta: no se trata de que en España “nos apeguemos más” o tengamos mayor fidelidad a las aplicaciones, sino que en el caso concreto de la mensajería instantánea, la adopción está condicionada a un efecto red enormemente potente: al hecho de encontrar en esa app a un porcentaje elevado de las personas con las que comunicas de manera regular. De hecho, España tiende a destacar especialmente por la velocidad de sus procesos de adopción y la marcada influencia del entorno social: a partir de una determinada masa crítica, la curva de adopción suele tener una pendiente más acusada que en otros países – razón que está detrás de las elevadas cifras de penetración en el mercado español de productos como Google o WhatsApp, prácticamente inéditas en otros países. En el caso de una herramienta de mensajería instantánea, obviamente, el mismo efecto red protege a las herramientas ante un hipotético abandono: WhatsApp, con sus constantes fallos de seguridad, caídas del sistema y anuncios inconsistentes sobre su política de precios ha podido exasperar en ocasiones a un porcentaje significativo de sus usuarios, pero estos se mantienen fieles porque es en esa herramienta donde siguen encontrando a sus contactos habituales.

Por el momento, no he detectado ninguna tendencia de adopción marcada de Line en ningún colectivo concreto, y es más, me extrañaría mucho verlas. Me resultaría todavía menos esperado ver cifras de negocio significativas en cuanto a la venta de stickers o de juegos: sigo viendo en Line una aplicación con una estética completamente asiática, con escaso encaje cultural en nuestro país más allá de lo meramente anecdótico, y nulas posibilidades de adopción por parte de determinados segmentos. Muchas descargas, sí, pero un nivel de uso muy poco significativo. Un caso de elección de la variable equivocada, y de reporte destinado a ofrecer una imagen que, desde mi punto de vista, responde poco a la realidad.

En cualquier caso, lo mejor en este tipo de casos es preguntar: ¿alguien está observando una adopción significativa de Line en algún segmento demográfico concreto? ¿Opiniones al respecto?

 

(This post is also available in English in my Medium page, “Line: international success or inadequate metrics?“)

El éxito de la Fiesta del Cine y la elasticidad al precio de la demanda

Escrito a las 1:59 pm
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Fiesta del cine

La Fiesta del Cine, una promoción realizada en España con patrocinio de tres grandes marcas que ha rebajado el precio de las entradas a 2,90€ durante tres días ha dado lugar a un lleno histórico en las salas, y a colas que hacía muchos años que no se veían ni en los días de estreno de las películas más sonadas. Según datos de Rentrak, el lunes acudieron a las salas 335.000 espectadores, un 550% de incremento calculado sobre el lunes anterior, que generaron un aumento en la recaudación del 330%. Los resultados fueron tan buenos, que el lunes superó en recaudación al domingo, cuando generalmente el domingo suele suponer un 25% de la recaudación semanal y el lunes tan solo un 7%.

Unos resultados, en un entorno prácticamente deprimido que llevaba muchos meses evolucionando a la baja, que deberían llevar a una reflexión de la industria: ¿cómo es posible que tantos espectadores se agolpen en las salas, si todavía les resulta perfectamente posible y sencillo obtener las películas completamente gratis en la red? La respuesta es clara, y es eso que los economistas, en sus cursos más básicos, denominan elasticidad al precio de la demanda: la medida utilizada para mostrar el grado de respuesta, o elasticidad, de la cantidad demandada de un bien o servicio a los cambios en el precio del mismo.

No, no es “la piratería”. Ni siquiera es la subida del IVA. Es que, pura y simplemente, EL CINE ES MUY CARO. Así, con mayúsculas y en negrita. Suficientemente caro como para provocar una retracción de la demanda, y que las salas se queden vacías. La subida del IVA puede haber empeorado la situación, pero en realidad, no nos engañemos, el problema de verdad estaba en la base, no en el porcentaje de incremento. Y ese problema es el de siempre: que alguien pretende ganar más de lo que el mercado está dispuesto a aceptar, y cuando ve que no puede hacerlo, dispara a todo aquello que se encuentre por delante. La “piratería” es un factor que no ha variado en absoluto: si quiero obtener una película en la red, puedo obtenerla hoy con la misma facilidad que antes de que la industria empezase a forzar esa hipertrofia legislativa absurda que no ha servido para nada más que para hacer que hoy vivamos en un país en el que la norma fundamental de la democracia, la separación de poderes, no es más que una entelequia.

La gran verdad aquí es que la industria sigue sin proporcionar a sus clientes medios para que puedan consumir sus productos como ellos quieren. Que las películas que más se descargan, no se descargan porque los consumidores sean intrínsecamente malvados o lleven un parche en el ojo y una pata de palo, sino porque, de nuevo en mayúsculas y negrita, PORQUE NO LAS PUEDEN ENCONTRAR EN LA RED. Sencillamente, no se puede. Las insostenibles y absurdas ventanas de explotación generan una escasez artificial que es lo que, en realidad, origina las descargas. Un problema creado por la propia industria, cuya incidencia ya se ha comprobado en el caso, por ejemplo, de las series de televisión: en España ya empieza a ser posible acceder a series de mercados como el norteamericano prácticamente al mismo tiempo que son emitidos allí, y eso ha redundado en una inmediata disminución de las descargas. Abre las ventanas y mira el paisaje: la industria está generando sus propios problemas, y después intentando generar un entorno legislativo demencial y absurdo para tapar las evidencias de sus malas prácticas.

¿Qué significa trabajar sistemáticamente con un precio que supera la elasticidad de tu demanda? En primer lugar, generar una demanda insatisfecha que se busca por su cuenta la manera de acceder a tus productos, con todo lo que ello conlleva. Pero en segundo, y posiblemente más grave, que tu estructura de costes no sea la adecuada para afrontar el nuevo escenario en el que tiene lugar tu negocio. Si el cine es caro, lo es por una combinación de factores que así lo determinan, factores que dependen de una serie de intermediarios en la cadena que tienen que revisitar su contribución y entonar el necesario mea culpa. En lugar de eso, lo que la industria hace es boicotear a su propio canal de distribución – y mucho más, a las alternativas de consumo en la red – forzando unos márgenes insostenibles que hacen que esas alternativas se conviertan en inviables, en incómodas, o directamente, en absurdas. Si tu precio está claramente fuera de la elasticidad de la demanda, lo que tienes que hacer es adaptar ese precio, y reajustar tus estructuras de costes a lo que el mercado diga. Ese desfase que en la Fiesta del Cine pagan una serie de patrocinadores, tiene necesariamente que consolidarse. Si no eres capaz de hacerlo, no eches la culpa de tus salas vacías a “la piratería”, al IVA, al gobierno o al mal tiempo… échatela a ti mismo.

Por enésima vez: el problema no es “la piratería”. El problema es la propia industria. Y los resultados de la Fiesta del Cine son solo una prueba más.

 

ACTUALIZACIÓN: Citado por Pedro Villalar en “El precio de la cultura” (pdf), en La Verdad

(This post is also available in English in my Medium page, “Spain’s Fiesta del Cine and price elasticity of demand“)

Crowdfunding: algunos usos “diferentes”

Escrito a las 5:17 pm
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IMAGE: Stephan John - 123RFDesde que se comenzó a hablar del fenómeno del crowdfunding, el grueso de la atención se ha dirigido a los proyectos que, de una manera u otra, han sido capaces de generar una gran atención y de batir, gracias al efecto red, todos los récords de recaudación en una u otra plataforma. En muchos sentidos, lo que llamaba la atención y generaba titulares era el hecho de que determinados proyectos fuesen capaces, gracias a una plataforma de crowdfunding, de alcanzar una visibilidad más elevada y de convencer a un número elevado de personas para que “pre-comprasen” el producto, financiando así a la compañía mediante unas donaciones no exentas de un cierto nivel de riesgo, pero que ponían el dinero en manos de los emprendedores precisamente cuando más falta les hacía.

El equity crowdfunding, por ejemplo, que permite invertir en acciones o en deuda subordinada de las compañías, ha tardado algo más en popularizarse, en gran medida debido al hecho de que en el país que más interviene en la popularización de este tipo de fenómenos, los Estados Unidos, son opciones que no están disponibles aún.

Pero aparte de este tipo de vertientes del crowdfunding, hay otros usos “diferentes” que me parece interesante comentar. Podríamos hablar, por ejemplo, del uso de este tipo de esquemas para proyectos relacionados con el tercer sector (voluntariado, sin ánimo de lucro, ONGs, etc.) o para la integración, la solidaridad y el desarrollo de comunidades, o la especialización de determinadas plataformas en proyectos que poseen unas características determinadas, como el caso de la española Goteo.org con los proyectos “con ADN abierto”, que contribuyan al desarrollo del procomún, el conocimiento libre y/o el código abierto. Considerando la proliferación de compañías dedicadas a explorar el ámbito del crowdfunding, parece claro que una parte del futuro de esta industria que muchos ven con una fuerte tendencia a la concentración estará en la especialización.

Otro caso interesante es el del uso del crowdfunding por parte de compañías consolidadas o de proyectos que, en realidad, no tendrían problemas para acceder a financiación. El tema saltó a la opinión pública con proyectos como la película sobre la serie de televisión Verónica Mars lanzado por su creador, Rob Thomas, la petición de un millón de dólares por parte del millonario Richard Garriott para financiar el desarrollo de un videojuego, o la de Spike Lee para una nueva película. El hecho de que personas que indudablemente no iban a tener problemas a la hora de financiar sus proyectos incluso posiblemente con dinero de sus propios bolsillos – Richard Garriott pagó en su momento treinta millones de dólares para convertirse en el sexto turista espacial – recurriesen a Kickstarter para ello atrajo algunas críticas de quienes consideraban que eso privaba de recursos a personas que podían realmente necesitarlos.

La verdad, sin embargo, es diferente: el crowdfunding no es un juego de suma cero, de manera que el hecho de que haya proyectos de un tipo no impide que aparezcan otros,y además, los proyectos con famosos detrás pueden actuar como un imán a la hora de atraer a nuevos participantes que, inicialmente, no se sentían atraídos hacia este tipo de plataformas. En varias entradas en su blog corporativo, Kickstarter dejó claro que su plataforma servía para hacer realidad proyectos, y que en nada afectaba a dicha misión el que detrás de los mismos estuviesen personas desconocidas, famosas, con dinero o sin él. No solo eso, sino que los proyectos que funcionaban especialmente bien, y los protagonizados por famosos como Spike Lee, funcionaban a la hora de incrementar la popularidad de la plataforma y de, por tanto, atraer más dinero a otros proyectos.

¿Qué pretenden realmente esos famosos o personas con dinero cuando ponen sus campañas en Kickstarter? Obviamente, el dinero no es malo para nadie, pero en realidad, el beneficio que se busca tiene mucho más que ver con el vínculo que se establece entre el proyecto y sus backers o financiadores, con la prospección del mercado para cuantificar la posible demanda, o con el extra de popularidad que otorga al proyecto el hecho de haber sido financiado por aquellos que tienen de verdad interés por él. En el caso de empresas, parece evidente que la viabilidad de un proyecto de crowdfunding dependerá en gran medida de la imagen de la compañía y de su conexión con los usuarios, así como del atractivo del proyecto. Pero la posibilidad de que una empresa establecida utilice una plataforma de este tipo para ver la demanda potencial de un producto o servicio existe, y no tiene por qué ser malinterpretada ni confundida con la falta de recursos. Para algunas plataformas y en algunos mercados, la idea de contar con un proyecto que genere atención mediática y que lleve a más usuarios a interesarse por este tipo de financiación colectiva sería sin duda una buena noticia. Y para algunas empresas, significaría la posibilidad de acercarse más y mejor al mercado y de tener la seguridad de que quienes dicen estar interesados lo están de verdad, hasta el punto de anticipar el dinero. No existe mejor focus-group que algo así. En muchos sentidos, además, la financiación colectiva sirve como un cierto espaldarazo de legitimidad para determinados proyectos, y pone a las compañías en donde realmente les debería gustar estar: en un punto de conexión con sus futuros clientes que genera no solo su compra, sino incluso su apostolado, su prescripción.

El hecho de disminuir la fricción a la hora de solicitar y recibir donaciones para un proyecto produce precisamente esto: que puedan beneficiarse de ello no solo ciertos tipos de proyectos, sino la economía en su conjunto. El crowdfunding, como vemos, tiene bastantes más derivaciones de las que inicialmente parecía.

 

(This post is also available in English in my Medium page, “Crowdfunding: a few alternative uses“)

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