El Blog de Enrique Dans

Enfriando las perspectivas de la publicidad en Facebook

Escrito a las 9:12 am
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Que un gran anunciante como General Motors haga público que cancela sus campañas publicitarias en Facebook, valoradas en unos diez millones de dólares anuales, alegando falta de conversión no supone necesariamente una debacle financiera en el contexto de los más de tres mil setecientos millones de dólares que factura la compañía. Pero sin duda puede resultar preocupante, sobre todo por el posible efecto de contagio que pueda tener sobre otros anunciantes. Que esta cancelación tenga lugar a los pocos días de la salida a bolsa de la compañía y enfríe sus perspectivas en lo que es a día de hoy su línea fundamental de negocio, hace que la cosa pinte todavía peor.

¿De qué se queja exactamente General Motors? Sencillamente, de lo que es desde hace mucho un secreto a voces: que la publicidad en Facebook no convierte en ventas ni en nada que vaya más allá de objetivos definidos dentro de la red social.

Si quieres llenar tu página de Facebook de usuarios que dicen que tu marca les gusta, una campaña en la red social es lo tuyo.  Funciona que es un primor. Sus anuncios obtienen lo que efectivamente prometen, alcanzar una audiencia segmentada de manera precisa merced a la ingente cantidad de datos que comparten con la plataforma. Pero una vez que los usuarios ven el anuncio, no les pidas mucho más que el que hagan un Like o que accedan a tu página. Intenta que vayan más allá, que adquieran algo o conviertan de alguna otra manera que vaya más allá de una métrica social en Facebook, y te encontrarás con porcentajes decepcionantes.

La publicidad en Facebook lleva ya bastante tiempo creciendo de una manera muy sana. Desde que la empresa anunció la no renovación del acuerdo con Microsoft y empezó a encargarse de gestionar su publicidad ella misma, las cifras no han parado de subir: entre el pasado trimestre y el mismo trimestre del año anterior, en torno a un 37%. Sin embargo, aún siguen siendo magnitudes muy pequeñas comparadas con el gigante de la industria, Google: mientras Facebook se atribuye en torno a un 10% de la actividad publicitaria en la red en el mercado estadounidense, Google reclama para sí un fastuoso 54%. Facebook puede sin duda afirmar ser el más grande de los pequeños (y puestas en perspectiva, no son cifras en absoluto despreciables), pero en cierto sentido, su modelo está aún en fase de consolidación, frente al más que probado modelo de Google. Mi experiencia en clase es similar: un número sorprendentemente elevado de usuarios habituales de Facebook preguntan con extrañeza cuando hablas de su modelo publicitario eso de “ah, ¿pero Facebook tiene publicidad?” y confiesan ser completamente “ciegos del lado derecho”, aunque si afirman haber hecho clic alguna vez sobre anuncios de marcas conocidas para hacer un Like en sus páginas.

La publicidad en Facebook, por tanto, parece muy adecuada para obtener un canal de retorno, un punto de interacción, algo que com fin en sí mismo puede tener mucho sentido en marcas que tradicionalmente hayan desarrollado una comunicación intrínsecamente unidireccional – la gran mayoría. Pero no le pidas conversión en ventas: todo indica que no va a funcionar. ¿La razón? Desde mi punto de vista, la naturaleza cerrada y de “jardín vallado” de Facebook. En este caso, mi impresión es que en el pecado llevan su penitencia. Por así decirlo, lo que ocurre en Facebook se queda en Facebook, y Facebook no deja de ser una plataforma para la interacción, no para las compras ni las actividades propiamente comerciales. Facebook es un gran gestor de su tráfico dentro de su red, consigue cobrar a los anunciantes por redirigir flujos de tráfico desde otros sitios de la red social hacia sus páginas… pero no les pidas que hagan más que desarrollar actividades intrínsecamente sociales. Para el consumo propiamente dicho, hay otros sitios.

Si además hablamos de una empresa como General Motors, en la que la gestión del llamado ROPO (Research Online Purchase Offline) resulta fundamental, Facebook podrá tener su importancia como servicio al cliente o como centro de interacción, factores sin duda importantes, pero no le pidas conversión como tal. Una actividad que tiene el valor que tiene, en el caso de Facebook en torno a $4 por usuario, pero que a duras penas superará esos números si se mantienen los actuales planteamientos.

Para Facebook, un problema de “overpromise y underdeliver“: con la riqueza de datos que es sabido que atesora sobre sus usuarios, los anunciantes esperarían una publicidad enormemente eficiente, pero al probarla, se encuentran con otra cosa. Otra cosa cada despreciable, pero que ni siquiera tienen claro aún cómo valorar o ni siquiera cómo gestionar, porque hasta entonces sencillamente no existía. Si la marca espera conversiones efectivas de sus campañas en ventas, su inversión en Facebook podría decepcionarle, porque el grueso de las conversiones tienen lugar en otros términos: interacciones, Likes, comentarios, viralidad, bidireccionalidad… pero no en ventas.

¿Qué efecto puede tener sobre la salida a bolsa de Facebook la medida de un anunciante de referencia como General Motors, con un historial de aprendizaje amplio dentro de la plataforma, y que afirma que, a pesar de todos sus esfuerzos e inversión, se va porque no cumple sus objetivos? ¿Y si lleva a que otras marcas lleven a cabo el mismo razonamiento? De todos los posibles efectos, no se me ocurre ninguno positivo. Pero las evidencias las tendremos dentro de pocos días en forma de un número: precio por acción.

Jugando con Google Correlate, un ejercicio interesante

Escrito a las 10:30 am
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Hacía tiempo que quería dedicarle algo de tiempo a Google Correlate, y estoy aprovechando el desarrollo de material para uno de mis cursos para jugar un poco con ello.

Google Correlate es parte de Google Trends, y es un buscador simple de correlaciones entre series de datos proporcionadas por el propio buscador o por el usuario. La gráfica que tenéis a la izquierda, por ejemplo, es simplemente el resultado de subir una serie temporal semanal de las visitas de mi blog exportada directamente desde Analytics, y pedirle a Correlate que busque correlaciones sobre búsquedas hechas en España.

El procedimiento es tan simple como entrar en Correlate, pedir la opción “Enter your own data”, y o bien subir un archivo en el formato adecuado, o bien incluso copiar y pegar datos desde una hoja de cálculo a la cuadrícula que te muestra en la aplicación, más fácil imposible. La gráfica, tomada a modo de ejemplo, muestra una correlación muy notable (r=0.8) entre las páginas vistas en este blog y las búsquedas de la palabra “blog” en España, relativamente obvia pero que no esperaba tan elevada.

Entendiendo las limitaciones del tema y evitando conclusiones precipitadas basadas en correlaciones espurias o directamente absurdas, la verdad es que me está pareciendo interesantísimo: basta subir una serie de datos en el formato adecuado (los consejos típicos: ojo con las comas o los puntos de separación de millares, mejor eliminarlos; pon la fecha en formato anglosajón; etc. si no quieres perder tiempo), y es la propia Google la que te propone términos de búsqueda que muestren una correlación elevada con tu serie temporal.

En nuestro país, con un 97% de cuota de mercado de Google como buscador, las pautas de búsqueda tienen mucho que decirnos acerca de las posibles influencias, correlaciones o simplemente observaciones anecdóticas que puedan surgir entre el uso del buscador para determinados términos y una serie, por ejemplo, con nuestra evolución de ventas semanal. Con semejante cuota de mercado, qué duda cabe que el uso del buscador se convierte en un auténtico monitor sociológico que refleja los intereses de una parte muy significativa de la población. Para muchos productos hay cosas razonablemente obvias e interesantes (recordar el estudio que suele presentar la propia Google entre incidencia de gripe y búsquedas relacionadas con la enfermedad), pero otras pueden no serlo tanto. Para experimentar con ello de una manera sencillísima, pero que creo que puede llegar a tener bastante más miga y más posibilidades de las que inicialmente parecía.

Sobre startups, financiación, asesores y decisiones complejas

Escrito a las 11:17 am
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Varios artículos me han llamado la atención recientemente sobre uno de los temas que más trabajo, el de las startups tecnológicas: por mi trabajo como profesor en IE Business School, una escuela en la que todos los alumnos pasan por la experiencia de desarrollar un plan de negocio en la fase de idea y que un muy notable porcentaje de ellos llevan hasta sus fases finales de análisis e incluso hasta su puesta en marcha, suelo tener la oportunidad de analizar una gran cantidad de proyectos con base tecnológica, bien de mis propios alumnos o de alumnos de otros grupos que me contactan directamente.

En ese sentido, acabo de ver hoy el tercer capítulo de una serie de artículos de Scott Edward Walker en TechCrunch acerca de la financiación de startups mediante obligaciones convertibles (convertible notes) que me ha parecido que puede aporta bastante a este tipo de compañías: desde hace cierto tiempo veo cada vez más startups recurriendo a este tipo de mecanismo de financiación, y el tema resuena con las dificultades que suelo encontrarme en estas compañías cuando tienen que balancear las necesidades de financiación con cuestiones como el nivel de compromiso o el control. Son, concretamente, estos tres artículos:

Los artículos me llamaron la atención porque el tema de la estructura financiera es precisamente uno de los que, a pesar de mi experiencia con startups y del hecho de trabajar en una escuela de negocios, no suelo entrar nunca a la hora de dar consejos. Decididamente no es mi tema, no me encuentro cómodo en ese tipo de análisis, y tiendo, como mucho, a recomendar a otras personas que considero que pueden proporcionar asesoría en ello. Sin embargo, es muchas veces un tema crucial, que juega en ocasiones un papel fundamental en el futuro de las compañías a medida que evolucionan.

Esto me trae a colación el segundo artículo, de Micah Baldwin, titulado Advisors stop screwing startups, sobre el que precisamente hoy escribe Iñaki Arrola en su blog con el título “Sobre mentores y startups“: conocí el artículo original también a través de Iñaki, y la verdad es que me encantó, hasta el punto de recomendarlo de manera encarecida en mis cursos y a quienes me piden asesoría. Estoy enormemente de acuerdo con la gran mayoría de los puntos del artículo. Por mi experiencia en entornos académicos, hay una figura que siempre he tenido cruzada en mi subconsciente como “territorio prohibido”: la del director de tesis o de departamento que utiliza  los estudiantes o a los profesores jóvenes para engordar su cuenta de publicaciones personal, y firma todo lo que de allí sale. Me parece una práctica odiosa, una forma de aprovecharse del trabajo de terceros, algo que no puedo soportar.

Con las startups me pasa exactamente lo mismo: me reconozco como un emprendedor frustrado. Encontré mis limitaciones relativamente pronto, cuando teniendo una idea ya analizada, estudiada y lista para ser lanzada, me encontré con que “me entraba el miedo” y decidí quedarme fuera, viendo como otros montaban algo en cuya conceptualización yo había tenido un papel fundamental. No me dio especial rabia, lo entendí como una limitación personal, como que estaba definiéndome personalmente en virtud de mis características como persona, pero me dejó un poso claro: un enorme respeto y aprecio al trabajo de los emprendedores: hacen algo que yo no soy capaz de hacer.

A partir de esas ideas, sí estoy implicado en la asesoría a algunas empresas, algunas de ellas startups tecnológicas. En algunas de ellas tengo participación. Nunca, en ningún caso y bajo ningún concepto, esa participación ha venido de una petición mía. Mi trabajo con startups es algo que, para mí, se paga solo, sin necesidad de tener participación en ellas: como académico, siento la necesidad de estar en contacto con “el mundo real” de las compañías y los procesos de toma de decisiones. No estarlo me convertiría en un “académico de torre de marfil”, algo que no soy ni bajo ningún concepto quiero ser, porque el lado práctico es fundamental en mis clases.

Las participaciones que tengo provienen de que, en algunas de las empresas a las que he asesorado, los propios emprendedores me ofrecen una participación, a lo que invariablemente respondo que me parece bien, pero que tienen que entender que lo que estoy haciendo con ellos lo seguiría haciendo exactamente igual si esa participación no me hubiese sido ofrecida. Son participaciones nunca superiores al 1%, que suelen diluirse y rediluirse en las sucesivas rondas de financiación, y que no condicionan jamás nada de lo que hago con esas compañías. Nunca he hecho un exit de ninguna de ellas, aunque obviamente si alguna de ellas es adquirida, y dado que mi interés suele ser trabajar con los emprendedores, no niego la posibilidad de hacerlo si se dan las circunstancias. No considero mis porcentajes en startups una manera de ganar dinero, sino una forma de ganar experiencia. Sí suelo, por respeto religioso a mi principio de transparencia, reseñarlas en el blog, aunque por supuesto mantengo que las entradas en mi blog jamás han tenido ni tendrán ningún tipo de precio: solo recogen lo que me llama la atención, aquello en lo que trabajo, mis pensamientos, mis análisis y mi opinión.

Con las empresas con las que trabajo, mi participación es, por lo general, ayudar a pensar. Reuniones más o menos largas y periódicas de brainstorming y análisis, evitar errores que he visto en otros sitios y que constituyen mis “líneas rojas”, ayudar en los temas que sé y dejar claro en qué temas no sé, facilitar contactos… cosas que, sencillamente, me vienen bien en mi trabajo como profesor, pero por los que no marco ni he marcado nunca una tarifa. A lo mejor hay quien opina que facilitar un contacto es algo que vale dinero: yo a eso lo llamo “conseguidor” y no me gusta, es algo que, sencillamente, no quiero ser. Facilitar un contacto es escribir un correo electrónico o hacer una llamada: lleva poco tiempo, proviene del convencimiento de que hay algo a ganar para ambas partes, y ahí se queda. Nunca me han pagado por ello, ni quiero que así sea.

Por ese tipo de reflexiones me ha gustado especialmente el artículo de Micah Baldwin y la reinterpretación del mismo que ha hecho Iñaki Arrola: porque sí he visto de cerca asesores que actúan de otra manera. Que venden sus contactos, que negocian sus participaciones cuidadosamente, o que se convierten en un coste para el emprendedor. Por eso me parece un artículo que debe recomendarse a emprendedores, en el mismo tono que ese “Libro negro del emprendedor de Fernando Trías de Bes que me he hartado de recomendar a emprendedores: ¿realmente necesitas un asesor (o un socio)? ¿Realmente te va a aportar lo que crees que te va a aportar? ¿Realmente vale lo que le pagas, o estás pagando por unas conversaciones de reafirmación de lo que ya sabías y casi por una especie de “autoayuda”? ¿Vale la pena ofrecer una parte de algo que te está costando mucho poner en marcha por una promesa que no sabes realmente lo que te va a ofrecer? Si estás convencido de que lo vale, adelante. Pero la reflexión, en cualquier caso, siempre vale la pena.

La madurez de la impresión tridimensional

Escrito a las 1:42 pm
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Ayer, durante el fantástico hackathon que montaron mis amigos de Spotbros, tuve la oportunidad de jugar un poco con una MakerBot que llevaron Marcos Villacampa y Jon Goitia, de la Universidad Carlos III. La MakerBot es el aparato icónico del 3D printing o impresión tridimensional para aficionados: con un acabado de madera de contrachapado que le da un aspecto entre caja de naranjas y proyecto de trabajos manuales de estudiante, y sobre todo, con su Thingiverse, el repositorio de planos y proyectos creado por los aficionados, la Thing-O-Matic ha jugado un papel importantísimo en la popularización de la impresión tridimensional en numerosos entornos. Había visto estas máquinas en varias ocasiones en sitios como el MediaLab Prado, pero no las había visto funcionar hasta ayer.

La Thing-O-Matic es, en realidad, un aparato relativamente sencillo en su concepción: cuesta en torno a los mil dólares, y se alimenta de un rollo de dos tipos posibles de plástico con diferentes propiedades (Acrilonitrilo butadieno estireno, ABS; o poliácido láctico, PLA), que pasan por un extrusor que lo funde y que tiene capacidad de movimiento en el eje vertical, y que lo deposita sobre una plataforma caliente con capacidad de movimiento en el plano horizontal. Verla funcionar es una delicia: la primera capa se adhiere a la placa por fusión, y a partir de ahí, se van depositando capas una sobre otra. El resultado final es sorprendente: a pesar de las limitaciones (no puede depositarse nada “en el aire” más allá de un ángulo de inclinación determinado), las posibilidades son enormes, y terminan por dar lugar a una pieza algo rústica y con evidencias de las capas que la forman, pero razonablemente bien terminada.

Pero hay más. En toda fase de popularización de una tecnología hay fases, y a las mejoras progresivas que MakerBot introduce en sus máquinas, se unen otros competidores. Precisamente hoy acabo de encontrarme en Wired un artículo titulado Next generation 3-D printing: higher resolution, tastier, and super cute, en el que se detallan otras máquinas pensadas para el mismo tipo de uso, pero con otras características. Algunas siguen el mismo principio de extrusión y depósito por capas, otras crean a partir de un bloque que van recortando, otras trabajan con materiales como chocolate para creas diseños comestibles… todo un entorno que comienza su fase de popularización. Atentos a este tema. Promete ser interesantísimo.

Big data: una perspectiva histórica

Escrito a las 10:38 am
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Según cálculos de IBM, el ser humano generó, desde el principio de su historia hasta el año 2003, unos cinco exabytes de información, cinco mil millones de gigabytes. El año pasado, generamos aproximadamente ese mismo volumen de información cada dos días. El próximo año, lo generaremos aproximadamente cada diez minutos.

Localizaciones de GPS de teléfonos móviles, Likes de Facebook, transacciones de comercio electrónico, imágenes de cámaras de vigilancia, mensajería instantánea… Un claro ejemplo de hasta qué punto la tecnología puede superar nuestra capacidad para utilizarla.

(adaptado de Big data or too much information, un artículo muy recomendable de Smithsonian.com)

 

Estamos todavía aprendiendo cómo capturar estos datos, dónde se generan, qué forma tienen y qué posibilidades nos ofrecen. Nos queda muchísimo que aprender sobre cómo analizarlos, una disciplina en la que veremos muchísima innovación a todos los niveles. Las empresas que sean capaces de interpretar todos esos datos de una manera que tenga sentido y, sobre todo, con la actitud adecuada, serán capaces de generar una gran ventaja competitiva. Las que no lo hagan, o peor, las que se dediquen a perseguir y acosar a sus clientes mediante un mal uso de estos datos, desaparecerán.

Hablando sobre Holanda y la neutralidad de la red, en mi columna de Expansión

Escrito a las 9:01 am
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Mi columna de Expansión de esta semana se titula “El ejemplo holandés” (pdf), al hilo de la reciente aprobación en Holanda de una ley que garantiza la aplicación del principio de neutralidad de la red.

La noticia, que acompaña a la también reciente reglamentación del tema en Chile (la ley chilena referida a este mismo tema proviene de agosto de 2010, pero su reglamento no fue publicado hasta el pasado mes de marzo), me sirve para repasar los pasos dados en ese sentido en nuestro país, que tuve ocasión de contar detalladamente en esta página entre los meses de noviembre y diciembre de 2010. Pudimos haber sido pioneros en Europa, pero el que el Senado instase urgentemente al gobierno a garantizar por ley el principio de neutralidad de la red solo ha servido para que, casi dos años después (interesante concepto de “urgencia”), el lobby de las operadoras siga demostrando su poder y el gobierno, ahora de diferente color, siga sin haber hecho nada, a pesar, paradójicamente, de estar formado por el mismo partido que instó la iniciativa en su momento en el Senado.

Es lo que hay. ¿Veremos en algún momento nuevas iniciativas en este sentido ahora que algunos países ya las han puesto en marcha, o tendremos que seguir viendo cómo el lobby de las operadoras, erigido en poder fáctico tremendamente consolidado, las sigue paralizando?

A continuación, el texto completo de la columna, al que he añadido algunos de los enlaces que utilicé para documentarla:

 

El ejemplo holandés

El pasado 8 de mayo, Holanda se convirtió en el primer país de la Unión Europea en el que la neutralidad de la red está garantizada por ley. El país se une a Chile, que dictó una ley similar en agosto de 2010 y la reglamentó finalmente el pasado mes de marzo.

En ambos países, los proveedores de acceso a internet no podrán bloquear, interferir o entorpecer el derecho de los usuarios a utilizar u ofrecer servicios y contenidos en Internet, ni podrán priorizar contenidos, servicios o aplicaciones. Tampoco podrán deteriorar la calidad de servicio contratada mediante medidas de gestión de tráfico, salvo en casos verdaderamente excepcionales y mediante criterios transparentes. Básicamente, serán ciegos con respecto al tráfico que transportan y lo tratarán, en consecuencia, de la misma manera. Una ley que protege a los consumidores – incluye provisiones anti-monitorización de cara a la garantía de la privacidad e ilegaliza el uso de técnicas como el deep packet inspection (DPI) sin una orden judicial expresa – y, sobre todo, que pone en valor la verdadera importancia de la red.

La neutralidad de la red es fundamental en la concepción de un país moderno y con prioridades claras. España pudo ser pionera a nivel europeo en este sentido: el pasado 1 de diciembre de 2010, el Senado de nuestro país aprobó por unanimidad, tras dura lucha con el lobby de las operadoras, instar al gobierno a garantizar por ley el principio de neutralidad de la red. Sin embargo, ese mismo lobby ha conseguido que  la petición unánime y “urgente” del Senado duerma el sueño de los justos, mientras los responsables gubernamentales cambian de nombre y hasta de color. Una lástima que nos lleva a preguntarnos quién gobierna de verdad aquí.

¿Conseguirá la luz del ejemplo de una Holanda vanguardista que entiende la importancia de la red de cara al futuro que nuestros gobernantes se despierten y huelan… los tulipanes?

Las cosas por su nombre

Escrito a las 8:34 pm
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Hemos acabado con las estafas que conocen todos los que han utilizado un teléfono móvil mientras están de viaje en el extranjero”

 

Estafa. Esa es la palabra. Es – ta- fa. Ni más ni menos. Léela bien, varias veces, hasta que pierda el sentido. Porque eso es lo que las compañías telefónicas han estado haciendo contigo. Conmigo. Con todos los que hemos utilizado nuestras tarifas de datos en el extranjero.

Han estado timándonos, pagando la exigua cantidad que les pedía el operador del otro país, y muriéndose de risa con el palo alucinante y alucinógeno que nos metían por el roaming, ese concepto insostenible, artificial, completamente injustificado e injustificable. Estafa. No será porque no lo he dicho veces.

Y esta vez no lo digo yo: lo dice toda una vicepresidenta de la Unión Europea.

Google y la Primera Enmienda

Escrito a las 8:47 am
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Un estudio encargado por Google a Eugene Volokh, uno de los profesores de Derecho más prestigiosos de UCLA en temas relacionados con la libertad de expresión, ofrece unas conclusiones que están dando muchísimo que hablar: según el mismo, los resultados de un buscador deberían ser considerados como una opinión basada en lo que dicho buscador considera más relevante para sus usuarios, y por tanto, estarían protegidos por la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, que protege la libertad de expresión.

La interpretación resulta enormemente relevante: según ella, buscadores como Google, Bing o cualquier otro tendrían un papel similar al de un medio de comunicación, lo que llevaría a que sus resultados fuesen objeto de una protección especial. En un entorno en el que estas empresas son, de hecho, cada vez más productoras de contenido – además de diseminadoras de contenido de terceros, como cualquier cadena de televisión o medio de comunicación en general – y en el que Google se ve bajo la presión inminente de quienes pretenden controlar las reglas por las que decide destacar o no determinadas informaciones en su página principal, una interpretación así brindaría a la compañía la oportunidad de desvincularse completamente del tema diciendo algo tan simple como “es mi criterio, está protegido por la libertad de expresión, es mi buscador y hago con sus resultados lo que quiero”.

Obviamente, la cuestión tiene su contrapartida: hace muchos años, los buscadores no solo destacaban en su primera página lo que buenamente les venía en gana, sino que además, cobraban por ello, haciendo de la hoy sacrosanta relevancia un criterio transaccional que podía ser comprado y vendido. La situación no era extraña, sino que suponía una continuación de la mentalidad de la publicidad clásica: ¿quién consigue el mejor momento del mejor corte publicitario del prime time televisivo? ¿Quién se anuncia en página impar, o en las secciones más leídas de un periódico o revista? ¿Quién consigue la valla que está en el lugar más transitado de la ciudad? La respuesta era inequívoca: aquel que estaba dispuesto a pagar más por ella.

Google rompió este tipo de esquemas en sus resultados naturales (al principio, los únicos que mostraba), y combinó esta norma con un alejamiento de los criterios de relevancia de las manos de los propietarios de las páginas para entregárselos a un algoritmo con base social. En virtud de este cambio, Google se convirtió rápidamente en la mejor opción de búsqueda en términos de relevancia, en nuestra primera opción para buscar lo que necesitábamos en cada momento. A partir de aquí, Google ha ido combinando ese criterio con restricciones progresivas: primero el margen derecho, y posteriormente la parte superior, se dedican a publicidad pagada: moderada con criterios de relevancia, pero comprada al fin y al cabo, lo que supone el porcentaje más sustancioso de los ingresos de Google (todo ello siguiendo un esquema que, no olvidemos, copió a un tercero con el que tuvo que saldar cuentas mediante un acuerdo extrajudicial). Después, comenzó a destacar, en la parte superior de los resultados naturales, determinados resultados basados en sus propios productos o en la organización de información en función de sus criterios. Ahora, con el desarrollo de Google Plus, parece ser que la tendencia se intensifica, y que resultados como los perfiles personales o las páginas corporativas en dicha red son privilegiadas en su visibilidad, convirtiendo a Google+ en un actor capaz de jugar un papel radicalmente fundamental en la economía de la atención.

Empresas como Yelp, que se dedica a proporcionar resultados de búsqueda en restaurantes y locales comerciales, o la misma Twitter, que se beneficiaba de una visibilidad importante en el buscador por su relevancia instantánea (“que está pasando ahora mismo”) ya han levantado la voz de alarma. Si Google consigue que sus resultados y la organización que hace de los mismos estén protegidos por la Primera Enmienda de la Constitución y sean, por tanto, prácticamente intocables, obtendrá con ello una carta blanca que le permita hacer lo que quiera, pero todo tiene sus problemas: si se aleja de lo que sus usuarios consideran relevante, volverá, en un curioso capricho de la historia, a caer precisamente en los mismos errores en que los buscadores anteriores a Google  incurrían, y cuya corrección permitió a la compañía alcanzar la privilegiada posición que ostenta hoy. Todo gran poder conlleva una gran responsabilidad. Para Google, la responsabilidad consiste en seguir dando a sus usuarios la información más relevante, al margen de otros criterios. Si su derecho a organizar sus resultados como mejor le convenga es consagrado como tal, y por tanto es exclusivamente el criterio y el control del mercado, no otro tipo de cuestiones externas, el que decida si los resultados de Google son los mejores o no lo son… ¿será algo esencialmente bueno o malo para la compañía en el futuro?

Twitter, política y populismo

Escrito a las 8:21 am
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¿Qué pensarías de una persona que crease cientos de cuentas de Twitter para mantener conversaciones entre ellas? Indudablemente, pensarías que tiene algún síndrome esquizofrénico, una patología de personalidad múltiple. ¿Y un directivo de empresa que ordenase la creación de múltiples cuentas para jalearle en sus decisiones? El calificativo, además de manipulador, sería el de megalómano, y si la compañía estuviese cotizada en bolsa, sería además un delito grave en cualquier país con una legislación de protección al inversor mínimamente seria.

¿Qué pasa cuando comportamientos calificables en determinados contextos como esquizofrénicos, megalómanos, manipuladores o directamente delictivos aparecen en un político, en un presidente o en todo un gobierno? Cuando algo así ocurre, los ciudadanos de ese país tienen un problema serio. Muy serio. Cuando en la política introducimos conceptos como la esquizofrenia, la megalomanía, la manipulación o el fraude, los resultados son siempre explosivos. ¿Cuál es la distancia conceptual entre manipular creando cientos de cuentas de Twitter falsas y manipular, por ejemplo, a la prensa? O, ya puestos, ¿por qué no manipular los resultados de unas elecciones? ¿O la contabilidad del Estado? ¿O todo a la vez? Una vez que empiezas a manipular y a mentir, a montar premeditadas y orquestadas pantomimas a los ciudadanos a los que supuestamente tenías que representar, lo siguiente es que pases a pensar que todo te está permitido, que estás en el poder por algún tipo de mandato divino, o que es dios o alguno de sus profetas el que te ilumina desde las alturas. Simplemente, has perdido el concepto del bien y el mal, de lo correcto y lo incorrecto, de lo legítimo y lo ilegítimo. El populismo es uno de los peores cánceres de la democracia precisamente por ese tipo de cosas.

La manipulación viene en múltiples sabores: puedes contratar un ejército de tuiteadores, puedes pedir a tus militantes que te cedan sus cuentas para controlarlas coordinadamente, o puedes poner a tus militantes o a personas contratadas para que tuiteen todos a la vez a una hora determinada un hashtag preacordado. Todo eso es manipulación, es pantomima, es falsedad. Nada justifica algo así. Ni el que tus adversarios lo estén haciendo. Si tus asesores te recomiendan hacer eso, echa a tus asesores. A patadas. Son malos. Y además, muy peligrosos.

En el momento en que sientes que tienes que adoptar estrategias que serían indudablemente clasificadas de esquizofrénicas, megalómanas, manipuladoras o directamente delictivas para manejar o encauzar un asunto político, significa que tienes tras de ti un problema muy, muy serio. Y sin duda, significa que debes dejar la política, antes de que te saquen de ella con toda la razón del mundo. Aunque esta noción se nos quede tristemente cada día más lejos, los políticos son teóricamente los representantes de los ciudadanos, no los encargados de mentirles y manipularlos mediante burdas escenografías, por muy “dospuntocero” que sean. Incluso en la más complicada de las crisis, la respuesta de un gobierno decente debería ser clara, única, confiable y legítima. Nunca un falso y patético corifeo de cientos de voces inventadas.

“Rico al instante” y el spam: cuando la ley funciona

Escrito a las 9:04 am
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La noticia es de hace unos días, pero no me podía resistir a comentarla: en enero del año pasado, un programa de Antena 3, “Rico al instante”, utilizó los servicios de una agencia, Club ZED (hoy Ocio Factory Time, S.L.) para enviar mensajes comerciales al teléfono de nada menos que cuarenta millones de españoles, sin mediar ningún tipo de consentimiento.

Mi reacción al recibir uno de ellos fue ese tweet que tenéis a la izquierda. Dos días después de su publicación, recibí este correo electrónico de Club ZED, acompañado por este documento aclaratorio en pdf en el que se me aseguraba que el envío se había hecho dentro de la más estricta legalidad y se me advertía que la empresa “se reservaba el derecho a emprender cuantas acciones legales fueran oportunas para garantizar su reputación e imagen”.

La reacción de Samuel Parrablogger especializado en la protección de datos personales, fue mucho mejor que mi pequeña “pataleta twittera”: publicar dos entradas en su blog, que tuvieron amplia difusión vía Menéame, una constatando la presunta vulneración de la ley, y otra instando a su denuncia. Como consecuencia de dicha denuncia, formulada por algo más de trescientos ciudadanos, la empresa ha sido condenada al pago de una multa de doscientos mil euros por remitir mensajes de contenido comercial (spam) sin consentimiento a miles de ciudadanos.

La lección es clara: si te parece que algo vulnera la ley, busca asesoramiento especializado. No te quedes con las aclaraciones, solicitadas o no, que la empresa tenga a bien darte, porque pueden ser tan falsas como lo eran las de este caso. Generalmente, cuando algo parece spam, molesta como el spam y huele a spam, es porque es spam, aunque la casuística pueda ser variada. Pero si todos nos limitamos al simple pataleo o lo dejamos pasar para no meternos en líos, las cosas no cambian.

Gracias a Samuel y los que se tomaron la molestia de formular esa denuncia, por conseguir que vulnerar la ley y utilizar la tecnología para molestar y acosar a los ciudadanos salga un poco más caro. Son gestos como estos los que en ocasiones consiguen que las leyes funcionen y que se consolide el necesario consenso social que debe sostenerlas.

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