Es un tema que me llama la atención como supongo que lo hará a cualquiera que lleve un cierto tiempo en contacto con la tecnología: las actualizaciones de todo lo que usamos. Hubo un tiempo en que un sistema operativo, un programa o un dispositivo eran como eran, como habían salido de la fábrica: lo adquirías, lo sacabas de la caja, y lo usabas, sin más. En el caso de un sistema operativo o un programa, la actualización venía generalmente cuando lo sustituías por otra caja a la que le quitabas el celofán, y procedías de nuevo al proceso de instalación. La cuestión otorgaba a los fabricantes un buen nivel de control sobre el mercado: la decisión de lanzar la nueva versión no dependía habitualmente de la disponibilidad de la misma, sino de factores de mercado tales como la evolución de las ventas o las acciones de la competencia.
Hace mucho tiempo que las cosas ya no son así. A estas alturas, las empresas tecnológicas compiten en tiempo real: si tienes una actualización, tienes que sacarla lo antes posible. Puedes hacerlo obligado por problemas de seguridad, para diferenciarte con nuevas prestaciones, para hacer frente a movimientos competitivos o por otros factores, pero lo que es indudable es que todo producto tecnológico precisa de un ritmo de actualización constante para mantener el ritmo de progreso que sus usuarios se han acostumbrado a demandar.
En el sistema que utilizo la mayor parte del tiempo, Apple OS X, las actualizaciones simplemente “aparecen”. Emerge una ventanita, y te dice que las actualizaciones se han descargado, y que cuando quieras, lances el proceso, que en algunas ocasiones conlleva el reinicio de la máquina y en otras no. Realmente, ha llegado un momento en que mi máquina únicamente se reinicia cuando alguna actualización lo demanda: nunca reinicio de motu proprio… ¿para qué iba a hacerlo? Cierro la tapa, y hasta que la vuelvo a abrir: par de segundos, y trabajando de nuevo. Los diferentes programas, en este sentido, varían en su comportamiento: los hay que se comportan como el sistema operativo, lanzando una ventana emergente que te invita a actualizar. Algunos se autochequean en cada ejecución, otros simplemente poseen una opción en un menú que permite que el usuario lance la comprobación por sí mismo cuando se entera, habitualmente a través de blogs y otros medios sociales, de que existe una nueva actualización disponible. En general, los programas y dispositivos suelen informar de sus actualizaciones, aunque en algunos casos ya ni siquiera es así: ayer me enteré de que existía una nueva actualización para mi Kindle, y me interesé por ella inútilmente: a la hora que la busqué, las diez de la noche, no estaba todavía disponible para mí. Hoy por la mañana recibí un correo de Amazon informándome de que la nueva actualización estaba ya disponible, y que podía hacerla de manera manual descargando un fichero y copiándolo en el dispositivo, o simplemente esperar a que la actualización se hiciese automáticamente. Cuando fui a conectar el dispositivo para actualizar de manera manual, comprobé que a lo largo de la noche, el Kindle había decidido que, dado que estaba conectado (otro dispositivo que no apago jamás) y tenía conexión 3G disponible, se iba a actualizar él solito. Y allá fue, se actualizó, y desde entonces, tengo disponibles opciones en algunos de los menús que antes, simplemente, no estaban ahí.
Aparatos que cambian su funcionamiento o se actualizan sin intervención del usuario: para quien se incorpora hoy al mundo tecnológico, me imagino que será ya algo natural. Pero para quien lleva cierto tiempo en la tecnología, no deja de ser una sensación rara y ambivalente, y que requiere un cierto nivel de confianza en quien la hace. ¿Qué pasaría si la actualización no fuese de mi agrado? ¿Si plantease un comportamiento diferente que no me convence? ¿Si recortase de alguna manera derechos que tenía antes de la misma? ¿Nos dirigimos hacia un mundo en el que, de repente, la lavadora actualiza su firmware y pasa a ofrecer programas de lavado a medida para determinados tejidos, y el coche de repente se autochequea y se niega a arrancar si el GPS no detecta que estás yendo al concesionario para que le cambien el aceite? El balance entre conveniencia y confianza es delicado, y su gestión de cara al cliente puede que se convierta en un factor competitivo muy interesante en los próximos tiempos.






25.11.2009 a las 16:42 Permalink
[...] que no deja de ser curioso es que la actualización se realiza de forma automática sin preguntarle nada al dueño del Kindle, lo que en este caso no supone ningún problema porque [...]
25.11.2009 a las 18:52 Permalink
[...] Actualizando… [...]
25.11.2009 a las 21:49 Permalink
[...] clipped from http://www.enriquedans.com [...]
30.11.2009 a las 13:07 Permalink
[...] Enrique Dans considera que vivimos en tiempos en que las empresas de tecnología compiten en “tiempo real”, sacando actualizaciones lo antes posible para agregar prestaciones, o arreglar problemas. Pero también creo que estamos pasando por épocas en que nuestros dispositivos son menos nuestros y más de las empresas que nos las venden, impulsado por una neceidad de mantener el control que va en aumento. Esta necesidad se hace palpable especialmente con los contenidos (música, películas, libros, aplicaciones): cómo los usamos, cúando los pagamos y cuándo las copiamos (o cuando no las copiamos porque hay un candado impuesto por el fabricante que no lo permite). Esa pérdida de control, aunque es mínima es mala, hasta peligrosa, y creo que a largo plazo no le da beneficio alguno al consumidor. [...]