En 1999, un estudiante de dieciocho años, Shawn Fanning, después de pasarse sesenta horas sin dormir, dio origen a Napster, un nombre mítico en la historia de la lucha contra el abusivo modelo del copyright. Hoy, seis años después, Napster es una caricatura de una empresa rayana en el absurdo, con pérdidas millonarias, y que demuestra día a día desconocer los más elementales principios de sensibilidad hacia sus clientes. Primero vino la campaña de la Super Bowl, calificada como la peor de la jornada, en la que un individuo disfrazado mostraba una pancarta en la que afirmaba que llenar un iPod de canciones costaba la friolera de diez mil dólares (como si alguien en su sano juicio fuese a llenar un iPod de canciones adquiridas legalmente como querría la industria discográfica). Después vino la experiencia de uso de su servicio de suscripción, un espantoso ridículo que pretende que las canciones que un usuario se baja estén disponibles para ser escuchadas sólo mientras el usuario siga pagando la suscripción, para desaparecer como por arte de magia cuando el pago se interrumpía. Por supuesto, como no podía ser de otra manera, el servicio fue hackeado inmediatamente, por un procedimiento sencillísimo que permitía guardar las canciones una vez liberadas de su absurdo DRM, con lo cual muchísimos usuarios pudieron obtener versiones no restringidas de las canciones que habían obtenido mediante la tarifa plana de suscripción. Pero Napster siguió su carrera hacia el absurdo, y empezó a incluír canciones que quedaban fuera de su modelo de suscripción mediante tarifa plana. Desafiando a la Ley de Murphy, Napster decidió que no pasaba nada porque un usuario que había pagado por el acceso plano a una colección de canciones, se encontrase con que ‘precisamente’ la que quería bajarse no estuviese incluida en el lote, y tuviese que pagarla aparte.
Y la cosa, como no, ha dado sus frutos: en una encuesta realizada en la Universidad de Rochester, ni un solo estudiante declaró haber pagado por ninguna canción de Napster, a pesar de ser uno de los servicios preferentes que la universidad ofrecía gratuitamente mediante un acuerdo con la empresa. Ni una. Sí pagaron por canciones en MusicMatch y, por supuesto, en el líder, iTunes, pero ni una de Napster. Y presumiblemente se bajarán canciones del burro, de la mula y de todo tipo de equinos gratuitos, aunque en este caso no desde conexiones provistas por la universidad.
Llama la atención el acuerdo de Napster con las universidades: que los estudiantes acceden gratuitamente es, en realidad, un decir. La universidad paga a Napster alrededor de 40.000 dólares (en parte esponsorizados) por permitir que sus estudiantes tengan acceso a la música en régimen de “alquiler”, y lo cobra a los estudiantes en cuotas de $220 anuales en concepto de SAF, Students Activities Fee. A pesar de este tipo de acuerdos, las pérdidas de Napster no paran de escalar.
No cabe duda. En Internet, como en la vida, acabas recogiendo en función de lo que siembras.






18.12.2007 a las 00:04 Permalink
[...] queÃ? ofrecían potencial para desarrollar el servicio que todos queremos, disfrutar de la música. Enrique Dans señalaba en julio elÃ? el fracaso de Napster tras un prometedor comienzo, por culpa de hacer la vida imposible al [...]
08.12.2009 a las 02:09 Permalink
[...] comprabas uno cada mucho tiempo? Bien, ahora recuerda cuando alguien te dijo: ¿No conoces Napster? Vas a ver… Y claro, el mundo, de una forma u otra, cambió. Pues Spotify es algo asÃ. Imagina un programa que [...]