Ayer, en un post del blog que mi hija tiene con unas amigas (entre once y doce años) en el que hablaban de su actriz favorita, apareció alguien que puso un comentario en el que decía algo así como “yo la conozco, tengo su messenger, es xxxx@hotmail.com“. Desconozco, por supuesto, la identidad del sujeto, no tengo ni idea de si sería un crío haciendo una broma o algo más grave, pero a las niñas, al verlo, les faltó tiempo para llevarse esa cuenta al messenger y se pusieron a hablar con esa persona como si efectivamente fuera la actriz. Obviamente no era la actriz, sino alguien haciéndose pasar por ella, con intenciones que, como digo, pueden ser simplemente de gastar una broma o tal vez de algo más serio. La cosa no fue más allá, borré el comentario, eliminé la dirección de esa persona del messenger de mi hija y la pasé a “no admitidos”. No quiero darle demasiada importancia al tema ni tengo demasiadas ganas de seguir investigando mucho más allá, la verdad. Como digo, es posible que fuese simplemente algún chaval queriendo gastar una broma, y casi prefiero pensar que era así.
En general, tiendo a no obsesionarme demasiado con este tipo de cosas, aunque obviamente intento darles la importancia que tienen, dado que se trata de mi hija. En principio, gracias a un evento que ha acabado siendo inofensivo, la niña ha sido instruida convenientemente en los peligros que puede traer hablar con desconocidos en Internet y además ha vivido un “caso práctico” relacionado con ello, lo que hace mucho más difícil que vuelva a caer en algo así. Obviamente, la niña ya sabía que las cosas en Internet no siempre son lo que parecen, pero el hecho de que una persona haya aprovechado la imagen de una actriz que le encanta para hacer algo así le da un atractivo difícil de resistir.
Ni mi hija va a dejar de bloguear, ni de entrar en Internet, ni yo quiero que deje de hacerlo. Desde ayer, simplemente, conoce lo que pulula por la red desde un poco más de cerca. Posiblemente más de cerca de lo que yo hubiese querido, y al menos hemos tenido la suerte de que al sujeto en cuestión no le ha dado por decir alguna barbaridad o intentar alguna cosa extraña como conseguir una dirección física o un teléfono. Conociendo a mi hija, sé que la cosa no habría llegado muy lejos, nunca habría ido a ningún sitio, ni dado un teléfono o una dirección física (aunque, siendo niña al fin y al cabo, se le escapó el detalle de que al dar de alta a la persona en su IM, esa persona pasaba a tener su dirección – error que por otro lado, no volverá a cometer), pero me da sudores fríos simplemente pensar en ese tipo de cosas.
Hace tiempo escribí un post sobre Internet y los niños, y mi posición al respecto no ha variado ni un ápice. No me arrepiento de que mi hija utilice Internet, a pesar de los peligros que pueda haber ahí fuera, y creo que es bueno que con once años ya haya tenido oportunidad de desarrollar su criterio al respecto. Lo de ayer, simplemente, fue un “caso práctico”, que afortunadamente se quedó en eso, y tengo cierta sensación positiva con respecto a que no podría haber llegado a mucho más allá que, puestos en plan mal, a unos cuantos comentarios de mal gusto a través de una ventana de MSN. Si ese sujeto hubiese intentado algo más, creo (aunque obviamente no se puede poner la mano en el fuego) que mi hija habría sabido reaccionar. Pero mi hija no está sola, no escribe sola en ese blog, siento obviamente cierta responsabilidad hacia lo que sus amiguitas puedan hacer al respecto, y estas cosas son, en definitiva, peligrosas. Hay que estar prevenido y preparado para ellas, y la vía para ello es la educación. Desde ayer, estoy un poco más prevenido y un poco más preparado. Y mi hija y sus amigas, creo que también.






08.04.2006 a las 11:58 Permalink
[...] Si dificultamos el acceso a Internet a nuestros hijos, tan sólo los estaremos dejando sin defensas. Lo que hay que hacer es justo lo contrario, estar con ellos, guiarles, ayudarles, enseñarles a manejarse por sí mismos. [...]